Novelas

 

Damián Ríos

 

Habrá que poner la Luz

 

CAPITULO 1 

Mi casa estaba en la mitad de la cuadra y tenía dos entradas: la de la abuela y la de nosotros. Nosotros: Mamá, Papá y Yo. Yo soy el que cuenta, el que sabe esta historia. La entrada de la casa de la abuela, la que estaba más cerca del bajo, era apenas un corte en el alambrado que nos separaba de la vereda. La de nosotros en cambio era un portón celeste, despintado. Estaba la calle de ripio, la vereda casi siempre sin carpir, el alambrado, las dos entradas y entre la casa de la abuela y la parra, el patio: ahí jugábamos a las bolitas con mis primos todas las tardes y Mamá y Papá se sentaban a tomar mate: Ella, sentada en un sillón de tela azul; él, en una banqueta. Cuando venía la abuela a charlar un rato, Mamá le dejaba el sillón y se metía en casa para sacar una silla de madera con respaldar de paja. En verano se quedaban bajo la parra y en invierno al lado mío, al solcito, mirándome jugar a las bolitas. 

Nunca fui bueno a las bolitas, siempre me ganaban casi todos en el barrio. Los mismo a las figuritas. En realidad casi no me destacaba en nada. A veces jugaba al fútbol, era buen arquero. Yo quiero que el Damián ataje para nosotros, decía el Taco o el Marco o alguno decía: el Damián ataja bien, tendría que probarse en Gimnasia. Pero a mí jugar al fútbol mucho no me gustaba y nadie nunca me acusó de maricón en el barrio, es raro eso. Igual jugaba, igual iba con todos a la canchita de los Comparada, a tres cuadras de casa, cada vez que jugábamos los barrio contra barrio. Los Comparada eran dos hermanos, la Pepa y el Gordo. Vivían frente a un baldío al que le habían puesto dos palos de un lado y ese era un arco y el otro lo marcábamos con bollos de ropa. Ellos jugaban para el otro barrio, el de los putitos y, nosotros, ahí: visitantes. Nosotros: los Sandoval, los Aguirre, los Cáceres, los Ríos. Los que vivíamos al lado de la zanja, del bajo. Pero nada que ver con el niño proletario, ése cuento está bueno pero por otra cosa, no es verdad. Nosotros: los que salíamos a bardear cada vez que paraba de llover, a meternos en los charcos, a ver correr con fuerza el agua parda de la zanja. Los que nos metíamos en la zanja, en verano, a pescar y pescábamos mojarras, palometas. 

Estaban el José y el Johny Aguirre y el más chico, el Pedri. Y los primos de ellos, Chichí y Comegato. El José, el Johny, el Pedri: los hijos del Guapo Aguirre, que muy guapo no era porque cada vez que venía mamado, y eso pasaba seguido, lo cagaba a palos la Teresa, la mujer. Además de cuernearlo con todo el barrio, según se comentaba en el boliche del Lito Ruiz. Tu mamá es puta, puta, le decíamos al Pedri y el hijo de puta se iba corriendo y le contaba al José y estaba todo mal, había que aguantar. Aguantábamos, seguimos aguantando, eso creo yo, el José hace seis años está en naca, el Yoni (así queda mejor) perdió tres dedos de la mano derecha hace un par de años en la compactadora de basura, el Pedri está lleno de hijos, hay dos o tres sidosos y más de uno está muerto, aguantamos, es la de uno, que más se puede hacer, aguantar, mierda. Nada, al Marco lo dejó la mujer pero tiene un hijo precioso, mismo el Pedri lleno de hijos y todo se sigue cagando de risa, qué hace Damián, nada, estoy contando la historia de todos nosotros, de lo que hacíamos. Y para qué sirve contar, para entender cómo somos, para entretenernos entre nosotros, para narrarnos, para que no venga un gil y nos mande cualquiera, para que no nos narre un empleado Tinelli o de Ernestina Herrera De Noble. Para sabernos. 

 

CAPITULO 2 

La abuela, la abuela era una vieja hermosa que murió rodeada de todos nosotros cómo 10 años después. 86, creo. Yo ya trabajaba en el reparto. La abuela todas las tardes me invitaba a tomar mate, a escuchar radio. Tenía una radio carina, negra. Escuchábamos música, a ella le gustaban el folclore, los tangos no, los tangos le gustaban a Papá. Qué dice abuelaaaaaa, decía yo y le golpeaba las piernas, va a hacer el mate, vieja, estás vieja, hacéte el mate. Y ella hacía y me contaba de cuando era chica, de una vez que nevó en Concepción, ella estaba embarazada o había parido, no me acuerdo, ni ella creo se acordaba, nevó, decía, la única vez que vió nevar en su vida, desde la ventana del hospitalito vió la cosa blanca esa en la calle. Y de cuando iba a lavar ropa al río, más allá de lo que ahora es el balneario. Iba con su abuela y tenían un latón ahí; había un montón de lavanderas y cada una tenía su latón, sus jabones. Lavaban para las familias del centro, para los milicos del batallón. Y me cebaba un mate dulce con café. Y se arreglaba el pelo. Felipa seguí contando. Una vez me dolía la muela y me fuí con todos los gurises a la rastra hasta el hospital. Le dije que quiero que me la saquen. Abrí la boca y le mostré. Me la sacaron así, sin anestesia; antes m´hijo, no te ponían anestesia. Los gurises lloraban. Y me paró el dolor. Y así, que cuando llegué a casa me dí cuenta que me habían sacado una muela sana, pero como me salió sangre paró el dolor. O paró porque tenía tantas ganas de que parase, tanto lloraban los gurises ahí en la sala del hospital, tan lejos el hospital. Y la Felipa seguía contando, a veces de cuando viajaba a Bs. As., de los carnavales de antes, de los Darraguiera que de chicos eran buenitos y ahora se hicieron comunistas.

Un día se enfermó. En realidad se vino enferma de Bs. As., que había ido a pasar las fiestas con la Doro, la menor de las hijas. Le dolían todos los huesos. La internaron en la cooperativa médica, un reducto de delincuentes que hay en mi pueblo. Yo la fuí a visitar

y ella cuando me vió entrar me dijo m´hijo, que anda haciendo, ella me trataba de usted, que le pasa abuela, yo la trataba de usted cuando no me sentía bien. Nada, cosas de vieja, me dijo y me acarició. Tenía las manos gruesas, pardas, del color del agua de la zanja cuando llovía. Yo ya sabía que se estaba muriendo, así que puse mi cabeza en el pecho de ella y le pedí que me acaricie de nuevo. Creo que estaban la Maruca, el Mariano, alguno más. Después la sacaron de la cooperativa y la llevaron para lo de la Alicia, que quedaba a un par de cuadras de casa. Seguí yendo todas las tardes a tomar mate pero nunca más volvió a ser lo mismo. Es que siempre había un montón de parientes y no me daban ganas, no había clima, de pedirle que me vuelva a contar cosas, de cuando nevó, o habrá sido una helada fuerte, de cuando le sacaron la muela sana, de las veces que iba a lavar ropa al río con su abuela Paula.

El velorio estuvo divertido: se juntaron todos los Tíos y se pusieron a contar cuentos. Al otro día la enterramos y esa fue la última vez que vi llorar a Papá. Antes de que el cura diera el responso, en la entrada del cementerio, en una sala que hay frente a la administración. Papá había contado cuentos toda la noche y cuando llegó el cajón se fue atrás de unas columnas y estuvo un ratito ahí. Cuando volvió tenía los ojos rojos y me dijo ya cumplí. Y me preguntó si tenía cigarrillos. 

 

CAPITULO 3

La parte de la herencia que nos correspondió a papá y a mí: un par de anteojos recetados y la radio carina. Año 86, dije, yo tenía 16, hacía 9 que había muerto Mamá. Pero eso te lo voy a contar más adelante. Ahora tengo que hablar de porqué te estoy contando esta historia, ahora tengo que averiguarlo. Hablar, averiguar, saber. Conversar, conservar. Me duelen los pulmones, mucho; tengo que parar con el cigarro. Anoche, cuando salí del laburo, fuí para lo de Daniel y estuvimos hablando del encantamiento. Del placer de encantar y ser encantado. De los buenos poetas, Saer, Juanele, que a veces logran marearte, quiero decir que el lector no tiene conciencia plena de dónde está y ni para donde lo llevan pero se deja llevar y eso es virtud de un tono que logra el que escribe, narra o sabe, sobre la lengua. Además, de donde salió que tener conciencia plena es mejor que estar encantado. Narra el que sabe y se escribe para saber. Eso. Que uno narre y el otro atienda indica que hay un encantamiento, pero quién es el encantado? De chico me decían que yo sabía escuchar, creo que tenían razón y ahora me gustaría que de mí dijesen que además se mirar. Daniel dice que sentir demasiado acota la capacidad de percepción, pero anoche aceptó que tal vez pasado un punto en el sentir, un punto de inflexión, tal vez la percepción vuelve potenciada. El problema es llegar sano a ese punto. Uno la puede quedar, como se dice. Y ahora que lo pienso, creo que no es que la percepción vuelva sino que el potenciado es uno y a partir de ahí uno es capaz de percibir cualquier cosa. Sólo ahí se empieza a escribir, para mí: lo demás es un tanteo. 

 

CAPITULO 4

Papá me enseñó a contar y a leer antes incluso de que entrara en el jardín de infantes. Me mandaba a la calle para que juntara piedritas parecidas y después se tiraba en el suelo conmigo en el medio del patio. Mamá a veces le traía el mate. Una vez que aprendí a sumar y restar, se puso en el trabajo de enseñarme a multiplicar. Me acuerdo que reunía piedritas en grupos de dos y tres y empezaba transpirar porque yo no entendía. Me acuerdo de sus bigotes bien negros y del pelo crespo y que decía Damián atendeme. La escena se desarrollaba en el sendero de portland que unía la casa de la Abuela con nuestra casa. Había varios grupos de piedras de dos y tres, hasta ahí estaba todo claro. Acá hay dos, acá hay tres. Bien. De esto pasaron 25 años y no logro entender cómo quería explicarme, no logro captar cual era su método. Porque él tenía un método. Fracasó, es cierto, pero sabía perfectamente lo que quería y cómo. Ahí está en definitiva su victoria, vamos a llamarla así. Es el recuerdo más lejano que tengo de alguien que quisiera ayudarme a pensar. Es el día de hoy, que al darme cuenta de que estoy metido en bardos de los que creo no puedo salir, digo: acá hay dos, acá hay tres. Bien.

 

CAPITULO 5

Tengo la cabeza limpia. Puedo contarte de la vez que me vine, la terminal de un pueblo a las once y pico de la mañana. Que el colectivo salía a las doce y yo un rato antes cambié el pasaje para que nadie me fuera a despedir. Eso ya está escrito. El colectivo tiene el motor en marcha y uno está esperando que se lo lleven de ahí de una buena vez. Se escucha el silbido de las puertas al cerrarse y el desinflarse del aire de los frenos. Lenta marcha atrás hacia la derecha y después el chofer que encara para la calle principal y al llegar vuelve a doblar, pero además hay un desnivel en el terraplén, de manera que el colectivo se sacude un poco, doblando, los que vamos adentro nos sacudimos un poco también, alguien se enchastra con café. Al llegar al bulevar lo para el semáforo y uno puede mirar para el lado de casa, nada, los árboles, eucaliptos viejísimos, a las dos cuadras el bulevar que se hace de ripio, allá atrás el batallón, alguna nube contra el cielo celeste, boludeces. 

Eso, contar eso. Porque uno se va sabiendo que al volver no va ser lo mismo. No sé si lo sabe, lo percibe. Capta algo que anda en el ambiente artificial, equilibrado de ese colectivo. Sí, sin duda eso ayuda a que uno lo piense así. Acá algo se terminó, loco, piensa. Y tiene miedo. O yo tuve miedo, no sé si será así para todos.

Cuatro horas de viaje hasta el Talar de Pacheco. Me bajé y tomé el 365, días del año había memorizado, hasta la casa de mi abuela. Materna. Bien, mi abuela materna, que decir de mi abuela materna que en el 86 le extirparon un tumor de la cabeza, una operación de doce horas en el hospital militar, para que aguante 6 meses, con suerte un año y todavía está viva y hasta, me han dicho, le causo pena. Pero ojo que aquella vez se portó. Me aguantó un mes en su casa y una tarde, al volver de mi trabajo, del primer trabajo que conseguí en Bs. As., me dice Damián ahí tiene el bolso preparado con la ropa limpia. Planchadita. 

A veces la llamo por teléfono y si reconozco su voz le corto. Si me atiende otra persona, pido por ella y al decirme que ya va, corto también. 

 

CAPITULO 6

La voz de Mamá, para que mierda habré nacido si no puedo acordarme cómo era la voz de Mamá. Tengo imágenes. Irás olfateando que está por venir la segunda muerte de la novela. A propósito, no puedo encontrarle un título. Podría llamarla La Pasión, solamente. No sé. Bueno, hablaba de la voz de Mamá. No la recuerdo. Me acuerdo de una vez que me regaló un juego de ingenio, muy berreta, parece, porque al rato se había roto. Me parece que le dolió. A mí, no tanto. De otra vez que me hice un tajo en la pierna con un vidrio roto y que ella se reía. De ella cortando el pelo, porque era la única peluquera del barrio, y eso lo llenaba, lo sigue llenando de orgullo a Papá. Y después creo que nada más, bueno, una vez me pegó y yo le dí un patada y todavía veo cambiarle la expresión en el rostro. Y otra vez, que Papá venía de viaje, era invierno, de tardecita, y Papá entró a la cocina y dijo hola y estuvo la palabra amor entre los dos, un segundo, ahí, y le dió un beso en los labios y yo me puse muy celoso. Y me subí arriba de su falda. Pero de la voz, nada. Tiene que existir una combinación de sonidos que de algún modo restauren la voz de ella, para que yo pueda oírla.

Entonces todo lo escrito por mí es nostalgia de su voz. Puede ser, no puedo responderlo. Nadie pide que respondas, sólo es una pregunta. No me interesa, yo no estoy para escuchar ni para responder preguntas, yo estoy para pensar, narrar.

Pero ella se murió. Lo supe una vez que lo vi cruzar a Papá frente a la casa de la Abuela Carmen, ya hablaremos de la Abuela Carmen y porqué le digo abuela siendo que es mi Tía, frente a la casa de la Abuela Carmen, decía, Papá pasó por ahí y habló con la Abuela y esa vez me llevaron a pasear más lejos, me compraron helados, todo eso. Del velorio me acuerdo todo, así que no vale la pena contarlo. Y del entierro: una cruz de no se qué y de que estuvieron mis compañeros de escuela, con los guardapolvos. 

Después, cuando iba a la zanja a bardear, los más grandes me defendían porque decían que yo no tenía Mamá. 

 

CAPITULO 7

Ah, de la abuela Carmen. Ella está casada, es la segunda mujer de mi tío Pepe, que fue camionero treinta años. Con ellos me fuí a vivir una vez que Papá se vino laburar a Bs. As. En realidad ni bien falleció Mamá. Qué rara la palabra falleció, no? Las maestras de la escuela le hablaban a mis compañeros refiriéndose a mí con esa palabra. Año 77, abril del año 77, me fuí con ellos, un tiempo, me dijeron. Papá me trajo la ropa, una noche; la ropa y las cosas de la escuela. Y después venía todas las noches y hablaban con el tío de política. Sabés, Pepe, que yo pienso... y yo lo escuchaba. Y después de cenar, porque en la casa de ellos se cenaba y se miraba tele, Papá se iba y me decía que me porte bien y que le haga caso a la abuela Carmen. Yo lo veía irse entre los pinos del bulevar y él se daba vuelta dos o tres veces para saludarme. Yo me quedaba subido al tapial. La última vez que anduve por allá pasé por esa casa y me pareció tan pequeño todo. Ah, la abuela Carmen. Ella firmaba mi boletín de calificaciones, dibujaba las letras, hacía fuerza con la boca, escribía Carmen y descansaba y después Generosa Urbani de y volvía a descansar y al final Muñoz. Después iba hasta la heladera para tomar un vaso de agua fresca. Y tenía una letra bellísima, la mejor letra que ví en mi vida: armoniosa, elegante sin caer en la caligrafía, que después de todo es puro artificio. Y después hacíamos los deberes, juntos. En realidad, medio que yo le enseñaba pero total esto ella no lo va a leer. Y no le salía retarme, pero me retaba. Yo extrañaba mucho a mis primos, que habían quedado del otro lado de la ciudad y alguna vez me escapaba a la siesta para jugar con ellos. Pero ya no era lo mismo, yo andaba mejor vestido, más limpito. Quiero decir que me miraban de otra manera y no me daban la misma confianza al jugar. Aparte que yo no podía, por ejemplo, cruzar la zanja para ir a cazar ranas.

En casa de la abuela Carmen había dos diccionarios enciclopédicos de tres tomos cada uno. En el más viejo los datos de los países estaban desactualizados pero era más gordo y, aún desactualizados, tenían más información. Por ejemplo a Concepción del Uruguay le dedicaba un párrafo bastante largo y estaba ilustrado con una toma aérea de los galpones del puerto, en blanco negro. El más nuevo traía fotos en colores y a ese le debo mis primeras pajas gracias a la Maja Desnuda. Una reproducción chiquitita, al costado de la palabra Velázquez, pintor español. Las sábanas blancas medio arrugadas, la cara de ella como pegada con plasticola, la piel, me parecía que estaba transpirando, los pendejos, la concha, qué increíble. Todavía me gusta, qué querés que te diga.

Entonces mientras vivía con la abuela cambié de colegio. Me fuí a uno mejor, y de ser uno de los mejores alumnos pasé a ser, lejos, y hasta que terminé la secundaria, el ejemplo de lo que no hay que hacer. Por otra parte Papá se fue, primero a Bs. As. y después a Yaciretá, en Corrientes. Desde allá me escribía cartas y yo le contestaba. Generalmente hacía dos o tres cartas y le mandaba la que mejor me parecía, acompañada de una fotocopia del boletín de calificaciones. Con las cartas de él venía un giro que la abuela Carmen iba a cambiar al correo y que no alcanzaba más que para algún par de zapatillas, alguna camisa.

Sigo con la abuela Carmen porque es la mujer más importante que tuve en mi vida. Es muy rubia, con una cara muy linda, ojos celestes. De ascencia italiana, Urbani de apellido y nacida en un pueblito pegado a la costa del río Uruguay, cerca de Concordia, que se llama Puerto Yeruá. Cumple años un día antes que yo, el primero de agosto. Nació en el 28 y llegó a primer grado inferior de una escuela de campo. Tiene dos hijas, la mayor andará alrededor de los cuarenta años, o más, se llama Estela y la tuvo con su primer marido, uno de cuyo nombre no puedo acordarme y eso tiene que ver con que cada vez que se lo mencionaba había como un silencio en la conversación, no por que fuera un tema prohibido sino porque tenía que ver con el sufrimiento. Un recuerdo que hace mal y por eso se lo calla, se lo espanta. A esta mina hace, fácil, más de 25 años que no la ve ni sabe nada de ella. 

La menor se llama Lucía, es gorda y, como yo, negra. Si yo tengo 29 entonces ella tiene 34. Un día apareció el Fabián por la casa: flaco, alto, de ojos claros, llegó a atajar para la cuarta de Gimnasia. La Lucía preguntó si se podía quedar a comer y el Tío dijo que por él no había problemas. Dijo eso mirando fijo el televisor. Después se hicieron amigos y mucho después al Fabián lo mató un zuncho, que es como una cinta de acero, flexible, con la que envuelven quince o veinte troncos de eucaliptos jóvenes. Laburando en el puerto, él estibaba los rollos y el zuncho al cortarse, zac, lo degolló. Toda esta gente ha sido como mi familia adoptiva. Lo loco de la abuela Carmen es que también había criado a Mamá porque ella se llevaba muy mal con su Madre, la de las llamadas telefónicas. Entonces parece que cuando yo era muy bebito, Mamá me decía que ella era mi abuela y a mí me quedó. 

 

CAPITULO 9

Las muertes, las muertes parecen que fueran punteando el relato, no? Qué puede decir uno de la muerte, nada. Más bien pareciera que es la muerte la que irrumpe cada tanto para decir justamente que de ella nada se puede decir. Yo siempre tengo miedo de que se vayan muriendo todos y de quedarme solo. Débora decía que al revés, es a su propia muerte a la que ella le teme, porque los que quedan vivos siempre se la terminan arreglando. Mirá yo, decía, el padre de mi hija está muerto y ahora estoy con vos y bien. Además creo que ella tiene la certeza que no sólo nada existe después esto, sino que en esa nada tampoco se pueden vender libros. 

Estaba pensando en abuela Carmen, en Débora, en la claridad de sus miradas.

 

CAPITULO 10

Fueron los meses que siguieron al entierro de Mamá. Yo iba todos los domingos a comer los guisos que él hacía para mí y todos los primos y me quedaba toda la tarde. Los guisos le salían muy ricos pero lo mejor eran los cuentos que nos contaba después, mientras lavábamos los platos. De los cuentos, nada, quiero decir las ganas de narrar. El tipo nos contaba como había sido el barrio treinta años atrás, es decir el mundo. La abuela Felipa, la madre de él, ya se había ido a Bs. As. y después de los cuentos nos quedábamos solos y yo veía como iba desarmando la casa que había sido nuestra. Le regalaba las cosas que servían al uruguayo Pacheco, uno que vivía cerca del bajo y que tenía una mujer bellísima, alemana -de una colonia alemana que está perdida en Entre Ríos y en dónde conversan en alemán o en el recuerdo del alemán que le queda a esa gente-, y una hija de meses a la que la madre le iba enseñando una palabra en alemán y una en castellano. El uruguayo había tenido el gesto de donar sangre para mi Mamá cuando estaba internada, y si bien después bardeó, en el sentido de que le hizo como siete hijas a la mina esta, y la maltrató, y la sigue maltratando, y las hijas ahora medio que andan por algunos saunas de allá, bueno, yo pienso que el gesto de donar sangre vale, y esta bien que yo lo escriba. 

También Papá escribía su poema. Había conseguido un pedazo mármol y con un cortafierro tallaba un epitafio que después puso en la tumba de su mujer. Esa escritura hablaba de las cosas que se dan, de las que se reciben y de las que se pierden, que con el tiempo yo después leí muchos libros y que realmente los mejores se limitan a hablar de eso, a veces para olvidarlo, pero siempre de eso.

Yo pasé, una vez que Papá se fue, tardes de domingos enteras en el cementerio. De esa época me queda el olor de las flores, de los pinos, el silencio o en todo caso el ruido que es como que pidiera permiso para entrar en el silencio del cementerio. Conocía todos los sectores y me gustaba ir hasta las tumbas más antiguas para comprobar que nadie se acordaba de ellas. Es raro porque conservo imágenes muy coloridas: los distintos tonos de gris mezclado con el verde oscuro en la tumbas, el verde opaco, como apagado o sucio de los pinos, la tierra negra de las sepulturas más nuevas, y en el caso de las directamente recientes, olor a flores descompuestas y las coronas que se van destruyendo. 

Algunas veces iba hasta la casa de la Tía Maruca antes de ir para el cementerio. Ella me juntaba flores toda la semana y me encargaba que además le lleve a la tumba de su marido, que medio me quedaba a trasmano pero igual iba, y que le limpie un poco las placas. 

 

CAPITULO 11

Ahora me pregunto si contarte mi historia sirve para algo, si esta bien que sirva o que yo me lo pregunte. Dicen que T.S.E. escribía para olvidarse de que sentía, eso es muy anglosajón. O al menos uno se hace la idea de que lo anglosajón es así, frío. Está la anécdota de T.S.E. y su mujer, Vivienne. Viste que la pobre mina menstruaba cada tres días o algo así, bueno la chabona entró a descontrolar y el bueno de Tom se separó y nunca más la quiso ver. Yo no sé, pero creo que a la mina incluso la internaron, bueno, la internaron y la mina en un momento salió y lo entro a perseguir por todo el mundo. T.S. había ordenado a los amigos comunes que estaba absolutamente prohibido darle a ella información acerca de dónde vivía o cosas así. Tal vez estaba muy preocupado por terminar los Cuartetos. Si es así, yo se lo agradezco, perdón Vivienne. Pero lo cierto es que la mina un día lo encuentra, en una conferencia. Se entera y lo va a buscar, no sé donde. Termina la conferencia y ella lo encara, Oh, Tom, le dice, y abre los brazos y él estira su mano y responde, encantado de conocerla, Thomas Stearns Eliot.

 

CAPITULO 12

El año 79 se pareció al 88 que a su vez se pareció al 91 que se parece al 99. Pasaron nueve, tres y ocho años en el medio. En el 79 volvió Papá de Corrientes, en el 88 empecé a trabajar en el frigorífico, en el 91 me vine a vivir a Bs. As., me pareció que yo tenía que ser escritor. En el 99 no sé que mierda me pasa pero creo que es algo importante. 

En la navidad, en el mediodía del 24 de diciembre del 79. Yo vivía con la abuela Carmen en una calle que se llama Lorenzo Sartorio. Me acuerdo del nombre de la calle y de la altura, 1220. Lorenzo Sartorio doce veinte, a cuadra y media del club Rivadavia como quien va para el lado del puerto. Era una casa inmensa, tipo casa inmensa con un patio trasero grandísimo. En ese patio la Abuela tenía gallinas y algunas plantas y también tomates. 

Ahí se hacían todas las fiestas. Ahí hicimos la fiesta de casamiento de mi prima Cristina, que se casó con el Reynaldo. Eso fue en octubre del 80. Pero el mediodía del 24 de diciembre del 79, Papá golpeó las manos en la puerta de Sartorio y yo lo ví al final del corredor, un corredor que me parecía que era muy largo, y él estaba recortado en la luz de la mañana y yo corrí y lo abracé y entendí que estaba gordo y él todavía me miraba de arriba y le pareció que estaba crecido, me lo dijo, estás crecido, y escondió los labios adentro de la boca, aprentándolos con los dientes. Los bigotes que ya tenían alguna cana le resaltaron en la cara. Así escondió los labios, como estoy haciendo ahora, me sale igualito. Me gustaría tener un espejo en este momento sólo para comprobarlo. 

Se que algunas cosas heredé de él, que en la medida en que crezco me voy pareciendo más a él. Odio no saber todas las cosas que heredé de Mamá. La cara sí, la cara heredé de Mamá. Lo sé por algunas fotos que he visto en la casa de algún pariente, la cara y el pelo, me dicen, y la fascinación por el pelo de los demás, ella era peluquera. Y a mí la palabra pelo me gusta. No tengo pelos en la lengua, pero en mi lengua la palabra pelo tiene un lugar especial. El pelo tiene peso y levedad, la pe y la ele. El pelo sigue creciendo incluso después de la muerte, algo así como una inercia, como un resto de energía, como el último empujón de eso que llamamos vida. El pelo es tipo la última trinchera que se levanta en esa nada. Después del pelo, nada. De pelos, dije, por la Mariana, claro, mejor ni hablar, dijo uno que hablaba poco pero mejor que muchos. Algunos no opinan así, que se jodan.

Me trajo regalos, una campera, un piloto. Revistas, me preguntó por que no le había escrito más seguido. Me dijo que se iba a quedar. Iba a buscar trabajo, iba a poner un aviso en el diario para ofrecerse como oficial albañil, pintor, también como antenista. Los antenistas, cuando yo era chico, eran unos que salían a buscar antenas volteadas por las tormentas. Miraban para arriba, eso era lo que tenían que hacer. Mirar para arriba después de las tormentas, el cielo muy celeste, limpito, a lo sumo alguna nube pelotuda perdida por ahí. Eso es lo que hacía yo, le buscaba trabajo a él. Después, cuando venía a visitarme, le contaba: cerca de la escuela, enfrente a la capilla, a tres cuadras de la plaza, en la casa de un amigo. Papá seguía viniendo todas las noches y miraba tele y opinaba de política con el Tío. A la abuela le decía Carmencita como se porta Damián. Se porta bien el negrito, decía la Abuela, mintiendo.

 

CAPITULO 13 

Claudia, la primera perra de la que me enamoré. Íbamos a primer grado de la escuela Bessi, la 76. La decían la escuela Bessi porque durante un tiempo, un tiempo que a la gente del barrio le pareció mucho, las hermanas Bessi habían sido las únicas maestras. La abuela Felipa y el Tío Ignacio, el mayor, todavía le decían la escuela "de" Bessi pero ya mi Papá le decía solamente Bessi. La última vez que anduve por allá le pregunté a una de las hijas del Marcos a que escuela iba; a la 93, me contestó. 

Lo de las hermanas habrá sido antes del primer gobierno de Perón, porque después la escuela resultó demasiado grande para que la puedan atender nada más dos maestras. Mamá me llevaba hasta la puerta, al principio; por el bulevar, íbamos, hasta que empecé a ir solo y entonces cortaba por el bajo, cruzaba la zanja pisando unas piedras que todo el tiempo estábamos corriendo de lugar y de ahí me quedaban solamente dos cuadras.

Entrábamos a la una de la tarde, así que ir a la escuela me daba pereza, me abombaba. Un día festivo, un 26 de abril, ponele, un día en que se conmemoraba una fecha importante para todos los entrerrianos, iba a haber un acto en el patio de adentro. Nosotros pasábamos los recreos en el patio de los chicos, que daba al este, lo que quiere decir que a la tarde el patio entero era pura sombra. Estaban los toboganes, los subibaja, el arenero y yo pasé varias tardes buscando que Claudia juegue conmigo. Muy pocas veces lo conseguí. Contra el edificio de la escuela había unos bancos de madera, largos y pintados de todos colores. Así que los días de actos, lo que hacíamos era entrar esos bancos entre todos los chicos, en parejas. Claudia tenía el pelo lacio, negro y largo; vivía para el lado del club Sarmiento, a unas cuatro cuadras de casa, del otro lado del bulevar. Eran varias hermanas y ella era no sólo la más linda, también la menor. Cuando estábamos en segundo, el Marcelo López, que con el tiempo fue muy amigo mío y ahora se hizo milico de la provincia, me dijo que Claudia había sido novia de él. Mentira. Y si es verdad, seguro que jamás lo miró de la manera en que me miró a mí la tarde aquella del 26 de abril, cuando le dije que si quería la ayudaba a llevar el banco largo y después nos sentábamos juntos en el acto. No me dijo nada, sólo se agachó un poco y agarró el banco de una de las puntas. 

Después a ella la cambiaron al turno mañana y a mí me cambiaron de escuela. En el 90 habrá sido que me reencontré con Claudia. Estaba casada con un compañero de trabajo de mi mejor amigo, tenía dos o tres hijos. Incluso en una ciudad chica, dos pueden pasarse años sin verse, incluso pueden no verse más y hasta puede decirse que sólo por casualidad sus vidas se cruzaron alguna vez. Yo caí por su casa buscando a mi amigo y al golpear las manos en la vereda, después que salieron los gurisitos, mientras no se cansaban de torearme dos o tres perros desde el fondo, salió ella, secándose el pelo con un peine grande. Se paró en porche de la prefabricada, levantó la mano izquierda para proteger sus ojos del sol y me preguntó que quería. Le dije y me contestó que mi amigo había estado ahí hasta un rato antes y que después se había ido con su marido. Tenía puesto un pulóver rojo y un vaquero azul. Con la mano izquierda se seguía protegiendo del sol, era más o menos la misma hora en que catorce años atrás habíamos jugado en el patio de la sombra; la derecha sujetaba el pelo negro y húmedo y el peine, que era uno de esos marrones con manchas oscuras. Me preguntó si le quería dejar algo dicho y le dije que no era nada. Me subí a la bicicleta y muchas gracias. De nada, dijo ella, Damián. 

 

CAPITULO 14

Qué mierda es acordarse. Tengo que escribir lo primero que me venga a la cabeza, si me tocó llegar hasta acá no le puedo errar. Tengo que ser preciso, jugar bien.

 

CAPITULO 15

Papá iba todas las madrugas a despertarme, a las 2. Prendía el calentador, un Brametal número 2, de los más chicos. Al principio largaba una llama amarilla y un humo negro, la pieza se llenaba de un olor parecido al caucho quemado. Cuando se le ponía encima el quemador de metal, que eran tres cilindros concéntricos, la llama disminuía en parte y empezaba a girar sobre la mecha. Era el momento de ir levantando con mucha paciencia la mecha y esperar que la llama virara al azul y se tranquilizara, dejarla que suba un poco y recién entonces se le podía poner la pava encima. El colectivo que me llevaba al frigorífico pasaba por la esquina de Suipacha y el Bulevar a las tres menos veinticinco. Yo me quedaba remoloneando un rato y con los mates me iba despertando. Entonces me ponía los pantalones, la camisa y las botas de goma blancas y le preguntaba si hacía mucho frío. Siempre hacía mucho frío, siempre Papá me decía que estaba un poco fresco, nada más. Entonces salía a lavarme la cara, a echar una meada en el fondo. Si estaba helando y había luna llena, ya a esa hora empezaban a resplandecer apenas los pastos, algo parecido al brillo tenue que sigue emitiendo la pantalla del televisor cuando recién se lo apaga. Ahora, cuando de verdad la helada era fuerte, eso se sabía por la serenidad con que se quemaba la vela, la llama como dibujada. 

A las y veinte tenían que empezar a torear los perros de enfrente al campito Monge, a las y veinticinco tenían que torear los perros de los Cáceres. Si eso no pasaba quería decir que Chichí, o bien se había dormido o bien se iría en bicicleta y no en el colectivo. Igual, antes de encarar para el Bulevar miraba un ratito para el lado de la escuelita cuatro y trataba de divisar una silueta blanca que viniera corriendo. Hablábamos, mientras tomábamos esos mates, de los peones nuevos, de los que se habían ido, de los que habían echado. Desde la esquina de casa, que no era aquella de las dos entradas y el portón despintado sino otra, que había ocupado la tía Maruca cuando Mamá vivía y cuando el marido de ella también vivía, que sí es la misma en que ahora vive el Marco, desde la esquina de casa, me seguís?, veía hasta el Bulevar y Suipacha, tres cuadras más allá. Peones vestidos de blanco que se empezaban a juntar bajo el cono amarillo de la luz de la calle. Ahí subíamos seis o siete, dos mujeres. Mariana y Andrea, soñábamos cogerlas, esos guardapolvos blancos, esos piecitos adentro de las botas. De aquel lado de la Suipacha, el polígono de tiro del batallón y después puro campo. El colectivo era uno naranja que a esa altura venía del oeste bordeando toda la ciudad.

A la Mariana la conocía de Sarao. Usaba siempre una pollera verde que le quedaba bárbaro. Había terminado un par de años atrás la secundaria en la profesional. Tenía el pelo muy oscuro y la manera en que se lo arreglaba me hacía pensar que era una chica madura, tal vez porque era el mismo peinado que usó Mamá en la única foto que conservé un tiempo. Las fotos de los muertos, la ropa que las ex novias te dejan en tu pieza, no hablan de nada, peor que eso, existen. Trabajaba, Mariana, en viscerado y salía al refrigerio veinticinco minutos antes que yo, así que nos cruzábamos en el patio

cinco minutos por día. Cuando yo veía que la noria venía vacía de la playa, quería decir que faltaban diez minutos para que Mariana saliera, treinta y cinco minutos exactos para que nos dijéramos hola en la puerta del kiosco mientras ella descargaba la yerba usada en el tacho de basura. Era al único rato que podía usar el pelo suelto en las nueve horas que estaba ahí adentro. La piel de la cara muy cuidada, muy blanca. Los dedos largos y finos, lo que todavía me sigue dando idea de delicado, de distinto. El capataz de ella, en cambio, era un viejo de apellido Fajardo, que tenía las manos tan grandes que le decían manojo de bergas. Había cazado pollos durante años, medía más de un metro noventa. Chichí planeaba cogerle la mujer, veinte años menor que su marido, una de las veces que el viejo se fuera a pescar con los otros capataces. Con Mariana trabajaban otras siete minas pero ella era de lejos la más linda. Aunque a mí también me gustaba su mejor amiga, Andrea. Eran muy parecidas, sólo que Andrea estaba de novia con Heredia, uno que jugaba de suplente en Atlético. Pero de novia nada más por no animarse a quedarse un tiempo sola, y eso la afeaba. Así que el día aquel que se cortó la luz me fuí a tomar mate con ellas. 

Estábamos sentados al borde de la balanza de los camiones, la sombra de los vestuarios se iba arrimando despacio hasta nosotros. La luz vendría en una hora. Mariana, era extraño, tenía uñas largas y bien cuidadas. Jugaba con unas piedras, Andrea cebaba, yo había comprado facturas. En Sarao la había visto bailando montones de veces, siempre con el mismo flaco. Me gustaba pensar que la tela de su pollera le acariciaba las piernas, que no usaba medias. Le pregunté si estaba de novia, le quise preguntar si estaba de novia pero en realidad le pregunté si seguía yendo a Sarao. Ella se puso a decirme que me conocía de la Industrial, que un primo suyo iba a la Industrial, a cuarto año, y que le había dicho que me conocía. Andrea se paró y fue a cambiarle la yerba al mate, a averiguar si finalmente vendría la luz, a buscarlo a Heredia que se había juntado con los de mantenimiento, a dar una vuelta.

No, no pasó nada, Andrea volvió hablando de que faltaba no se qué, no se dónde. Pero a ella todavía la estoy viendo: el cielo bien limpito, luminoso, sin que nos moleste el olor de los pollos que esperaban cagando que vuelva la luz, de las tetas para arriba el sol pegándole de lleno, la parte de abajo ya en la sombra fría. 

 

CAPITULO 16

El tío Pepe leía los nombres de los pueblitos a los que había viajado durante treinta años y decía ahí hay un molino arrocero, allá un boliche en que una vez un viejo le cambió la menor de sus hijas a un amigo por una escopeta, toda esa ruta que en el mapa está señalizada como si fuera de pavimento, en verdad es de tierra negra. El me contaba su vida ayudándose con el mapa, lo extendía en la mesa de la cocina y su dedo índice, grueso, se deslizaba sobre el papel de colores. 

Yo le ayudaba a enganchar el acoplado. Agarraba la lanza y gritaba dele, dele, despacio, siga, dele, ahí. Clac. Después agarraba las cadenas, las calzaba en los ganchos que estaban empotrados en la parte de atrás del chasis. Era un once catorce totalmente pintado de rojo, medía 17 pasos de la cabina al acoplado. 17 pasos y medio. Antes había tenido un Fiat, la cabina era mucho más grande, más cómoda. Lo acompañaba los sábados a la mañana en los viajes cortos, hasta Mantero, Gualeguaychú, Colón. Una vez en Mantero tuvimos que ir hasta la telefónica y vi a la empleada darle rosca a la manivela del aparato para comunicarse con Concepción. Otra vez no conseguimos peones en Colonia Elía y tuve que ayudarlo a descargar el azúcar y él después me pagó. Una tarde, en un boliche del camino viejo a Colón, habló de una casa blanca con un patio adelante en la entrada a Paraná y después dijo no saber porqué hacía algunas cosas.

No quiero fumar, resulta que no quiero fumar más o al menos quiero parar un tiempo y recién acabo de romper y después tirar un atado de Marlboro. Le quedaban tres cigarrillos; había planeado que uno iba a fumarlo en la fundación Proa, en la exposición de pintores mexicanos, marxistas, comprometidos, liberales y finalmente corrompidos por el matrimonio Gelman; que otro lo iba a fumar esta noche, en la casa de Paz y Diego, que ahí hay una fiesta o va haber una fiesta y que el último lo iba a fumar antes de dormirme. Steffi Graff acaba de salir campeona en Roland Garros, tiene treinta años, la edad de nosotros. Cuando digo nosotros, pienso en un montón de gente y me doy cuenta que con ese montón de gente no tengo casi nada que ver. Pero yo voy parar por un tiempo con el cigarro y, pasado el pico de la crisis, voy a seguir escribiéndote esta novela, y pasándotela por debajo de la puerta y lo único que exijo es un silencio absoluto de tu parte. Ah, en la correspondencia íntima de Flaubert solamente hay alusiones al sexo y la más fuerte es: "te pido que pases esta carta por tus labios y también por ya sabes donde." No me mal entiendas, pero el otro día me lo preguntaste, histérica.

El tío Pepe se bajó del camión hace siete años y nunca más salió de su casa porque tiene una ciática que le impide moverse. La otra vez le pregunté si no le daban ganas de volver a manejar y me dijo que no, pero que hay noches que sueña que va manejando por una ruta larga y al otro día se despierta cansado, transpirando.

 

CAPITULO 17

Llegué a eso de la diez, prendí la computadora y entré en el WP. Abrí un archivo que llamé "LAMEJOR3". Escribí con imprenta mayúscula: SEGUNDA PARTE y abajo, entre comillas, unos versos de Pessoa. En la otra página, "CAPITULO 1", y en el extremo derecho, de nuevo, "segunda parte". En el renglón siguiente dejé cinco espacios y después tipeé: "Es la última vez que te escribo una novela." Me paré y empecé a revolver en la bolsa de basura buscando el paquete de Marlboro diez. Lo encontré y saqué uno de los tres que quedaban. Era la primera vez desde el lunes, desde la madrugada del lunes que estaba dudando acerca de lo que quería contar. En la pieza había demasiado olor a tabaco y pensé que el domingo a la mañana, antes de salir a trabajar, iba a dejar la ventana abierta para que se ventile un poco. El cigarrillo estaba un poco arrugado, lo que hacía más difícil saborearlo a pleno. Me senté de nuevo frente a la pantalla y releí los versos de Pessoa. Cómo cita, pensé, no está mal. Grabé, salí al directorio principal y me metí en los archivos que tenían la novela que estábamos escribiendo con Duránd. La historia del boludo de Caserito que estaba encerrado en la pieza después que lo dejó la novia. Qué hace ese idiota ahí, pensé. Le había dicho a Duránd que lo iba a sacar de la pieza y lo iba a poner a caminar para que se ventile un poco, como a la pieza. En ese momento estaba decidiendo que no, que lo iba a sacar de la pieza y lo iba a matar, o algo así. Ni bien termine de escribirle la novela a Cecilia lo mato al idiota ése, por mala onda. Pero ahora decido que no, que no voy a esperar a terminar esto para matarlo. Caserito sale de la pieza, cruza la avenida, corta por la plaza y se sube a la autopista. Le quedan unos pocos minutos, se acuerda de todos los poemas en que lo metí y de algunos cuentos en que tuvo salir a pelear; piensa que justo le tiene que tocar morirse en una novela que no es la de él, que su novela está en otra parte y que aquí no tiene ninguna culpa. A todos nos pasó alguna vez algo parecido, Caserito, dejá de llorar. Está arriba de la autopista, sobre la calle Ceballos, mirando para el lado de San Juan, más allá Independencia. Es la mañana del domingo, digamos las nueve menos cuarto del domingo 6 de junio de 1999. El chofer del 168 que viene acelerando por Ceballos, al darse cuenta que el semáforo se pone en verde y no hay pasaje en la parada, acelera todavía un poco más, y después de cruzar la avenida ve un tipo al borde de la autopista mirando para abajo y calcula que si se tirara ahora mismo, no alcanzaría a frenar. 

Un detalle: al lado del cuerpo de Caserito hay un libro bastante gordo, una novela: "El traductor", se titula. Eso se llama justicia poética: esa novela se tendría que haber suicidado junto con el autor, por enroscada. 

 

CAPITULO 18

A principios de año habíamos dejado la casa del patio grande para venirnos a una del centro, más grande pero con un patio mucho más chico. La abuela igual estaba contenta a pesar de que se tuvo que quedar sin gallinas. Para la mudanza alcanzaron tres viajes del camión del tío Pepe. Cualquiera sabe que hay pocas cosas más tristes que ir vaciando un lugar que ocupó durante un tiempo. Aparte está esa cosa de acomodar el elástico de la cama contra los cañitos de gas de la heladera, el ruido al correr los muebles. La nueva casa estaba en la esquina que formaban la calle España y otra que llevaba el nombre de uno que a principios de siglo había tenido la idea de cortar la isla que está frente al puerto para que puedan salir los barcos a lo que se dice el río río. Derecho por esa calle, después de que se terminaba el asfalto, venía el bajo, la zanja y entonces estaba la casa de mis primos, la Tía, en la otra cuadra Papá.

Al lado, en una casa moderna, blanca con lajas en la parte de abajo del frente, vivía Claudia, pero no aquella del pelo lacio y negro sino otra, que usaba ropa como más delicada y que tenía un papá que trabajaba en el banco nación. A la hora en que yo salía para la Industrial, la veía salir por la puerta del garage con una camisa blanca, corbata, una pollera gris. Alguna vez quise conversar un poco con ella. Siempre miraba no de costado, más bien "al" costado; al costado de mi oreja, en mi caso. Pero caminaba bien: erguida, siempre mirando adelante y arriba. Yo caminaba mirando para abajo y todo el tiempo me estaba dando vuelta o me paraba frente a alguna vidriera y leía precios en voz alta. La acompañaba cuatro o cinco cuadras, hasta la esquina del Nacional. 

Papá seguía viniendo casi todas las noches, para hablar de política con el tío Pepe. Cada vez que llegaba, todos se preparaban para hablar de temas serios. A la abuela Carmen, Papá la trataba de usted, al tío lo trataba de vos; pero en el usted hacia la abuela había más agradecimiento que distancia. Ya entonces me dejaban mirar la película de las diez en el canal uruguayo y a veces Papá se iba antes de que terminara y los demás se iban a dormir y yo me quedaba sólo con el tío y me tocaba contarle como iba la película cada vez que se despertaba. 

Así que una mañana, antes de que termine ese año, fuí hasta la cocina donde la Abuela estaba cortando un poco de lechuga, eran más o menos las once, creo que hacía un poco de calor, y le dije que quería volver a vivir con Papá, con mis primos. Ella me dijo que sí, que era eso lo que tenía que hacer y fue hasta mi pieza y me empezó a preparar un bolsito con la ropa y las cosas de la escuela y después me besó la frente y no me dió ningún consejo. 

Al mes, más o menos, la encontré en el balneario. Estaba con Cristina y con la Lucía y con los hijos de la Cristina jugando en la arena. Yo había ido con mis primos y con otros chicos del barrio. La Abuela estaba hermosísima, la piel un poco colorada por el sol, los ojos más celestes que nunca, el pelo entre rubio y canoso. Es seguro que había el olor a río, como a pescado y barro.

Me preguntó de quien era el pantalón de baño que tenía puesto y si había terminado bien la escuela. Me dijo que la vaya a visitar y que le mande saludos a la abuela Felipa. 

 

CAPITULO 19 

Es la última vez que te escribo una novela. Se me acabaron las ideas, por eso empecé la segunda parte. Esa es una de las cosas que hago siempre: cuando me falta algo, lo doy vuelta y lo trato como si fuera una virtud. Mi virtud, entonces, es que me falten tantas cosas. Un amigo estuvo leyendo esto y mucho no le gustó y me dijo que por ejemplo sería lindo que mi abuela cortara las tormentas. La vieja Quiroga, que vivía a la vuelta de casa, cada vez que venía una y ella estaba suficientemente en pedo, salía y hacía una cruz de sal en la vereda y, de frente a la tormenta, cortaba el aire con un machete y murmuraba no sé que cosas. No sé si alguna vez cortó de verdad alguna, tampoco si alguna vez falló. No me importa.

Otra de las cosas que hago siempre: avisar que estoy por hacer un truco, hacerlo y después aclarar que en realidad mentí y que el verdadero truco fue avisar que iba a hacerlo. Caserito está muerto, me quedé sin alter ego. Caserito era como yo, nada más que se había quedado un tiempo más en Entre Ríos y leía muy poco: algún libro que le recomendaba un compañero de trabajo, ese tipo de cosas. Pero fijate que no por eso era feliz: el pequeño escándalo que ocasionó el domingo pasado a la mañana, lo prueba. Fue su momento de gloria, en total le prestaron atención como cincuenta personas entre las nueve menos cuarto y las once y pico, hora en que se llevaron el cuerpo en una ambulancia medio destartalada del SAME. Había nacido una noche del 94, creo, en un 24 hs del once. Era el narrador de uno de mis primeros cuentos. El argumento era sencillo: cada noche, un pibe le cuenta a su compañero de pieza los avances en la seducción de la camarera del bar en donde ellos paraban dos o tres veces por semana. Caserito de a poco se empieza a calentar con la minita y más todavía con el relato del amigo y espera a que ella se aburra para finalmente ganársela. El cuento se titulaba Andá a Saber, porque a medida que avanzaba el cuento, Caserito entendía cada vez menos y también porque la última vez que se ve con su amigo, una noche que el chabón lo espera despierto para contarle que la mina le había cortado definitivamente el rostro, Caserito prende un cigarrillo, se lo pasa, después prende otro y al cabo de darle una pitada larga, le dice andá a saber lo que son las minas, hermano. La verdad es que tampoco ahora sé como son las minas y menos porqué hago ciertas cosas. 

El capítulo de cuando me volví a mi casa tenía que entrar en la primera parte, pero ahora ya no hay segunda parte ni versos de Pessoa. Uno siempre anda necesitando que haya primeras partes, segundas, finales, revanchas, aunque es todo más o menos lo mismo. En tu cuarto hay fotos, una persiana rota, una luna llena y de papel que brilla un poco al apagar la luz pegada en la pared, te juro que un martes a la mañana me pareció que el despertador tenía forma de gallinita y que no deja de asustarme la lagartija de goma que está sobre el bidet. La mejor foto es una en blanco y negro en que estás buscando algo en el piso y tal vez por el bolso que creo tenés colgando, tengo la sensación de que te vas de viaje. En otra, más inquietante, aparecés casi en primer plano, atrás tuyo hay un pibe. No se sabe qué mirás porque no es exactamente a la cámara, no se sabe si estás contenta, no se sabe porqué me pregunto si estás contenta. 

Hay un recurso de la prosa: ir cerrando artificialmente los problemas que ayudaron a que un texto se extienda durante unas cuantas páginas. Que los cierres parezcan naturales depende de la destreza del narrador. Pero para mí no hay destreza que valga, a mí me interesa la honestidad. Ser honesto es infinitamente más difícil que ser diestro. Por otra parte sé un poco más ahora que hace un par de semanas y lo bueno es que ese saber no me sirve para nada o para saber nomás, que ya es bastante lindo. Te conté mi historia, te conté mi historia? No sé, pero era una de las ideas; la otra podría resumirse así: te conté. 

Las pocas veces que escuché mi voz grabada, por ejemplo en tu contestador, no dejé de reconocerme pero al mismo tiempo me extrañé. Quiero decir que reconocía mi voz ahí y lo que había querido comunicar, pero hubiera necesitado un buen ecualizador y saber un poco de sonido para lograr que esa voz que en ese momento escuchaba sólo con los oídos, se pareciera un poco más a la que me escucho con todo el cuerpo cuando hablo. Un trabajo parecido me espera ahora: lograr que estos capítulos que te fui pasando por abajo de la puerta, y en los que reconozco mi voz, se parezcan más a la voz que me escuchaba con todo el cuerpo frente al teclado, la vista clavada en el viejo monitor Samsung.

Fin

 

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