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La carne chamuscada |
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El primer ómnibus, cargado con padres y madres, llegó a las diez de la mañana. La ceremonia de iniciación tendría lugar exactamente a las doce. A la una de la tarde el señor Mármolo les ofrecería un almuerzo a los visitantes; después harían un recorrido por las distintas dependencias de la escuela, incluyendo los famosos pisos 'de abajo'.La iniciación se cumpliría en lo que llamaba Cochón 'la iglesia del cuerpo humano', un gran salón del tercer piso situado justamente en el centro mismo del edificio. Iba allí dos veces por semana el predicador a exponer la filosofía del cuerpo sufriente. Lo hacía desde un púlpito y frente a un gran Cristo con cara de pascuas. Sí, Cochón era un verdadero sacerdote, no importa de qué culto, pero uno en toda la línea. Investido con un ropón blanco, subía las gradas del púlpito, unía las manos con devoción fervorosa, miraba fijamente el Cristo y empezaba a enunciar los sufrimientos de la carne. Cochón les llevaba un punto de ventaja a los sacerdotes del alma. En tanto éstos debían predicar o insistir sobre la salvación del alma, Cochón se limitaba a cuestiones tan concretas como brazos, piernas, huesos, sangre... El individuo no tendría que operar con esa cosa huidiza, incorpórea y problemática que es el alma, ni tampoco preocuparse por su salvación. Por el contrario, es en el cuerpo donde se encierra todo el secreto de la vida humana; en verdad, un secreto muy simple: todo termina cuando el cuerpo detiene su maquinaria. La oportunidad para el hombre sólo cuenta para el período de tiempo de su vida corporal; en cuanto a la otra vida, a la de un más allá, no existe. Esta encantadora verdad ofrecía una gran ventaja: como no había ni salvación ni condenación eternas, nadie vacilaría en 'cerrar' contra otro cuerpo o contra el suyo propio. La carne es un medio más para resolver cualesquiera de los problemas que la vida nos plantea. Si, por ejemplo, hay que tender un puente sobre un abismo, lo lógico es echar mano a la carne especializada en este género de construcciones. Que en el curso de los trabajos se fracturen diez brazos, veinte cabezas se aplasten, siete pechos se compriman o quince ojos se vacíen, no importa. Una vez más se le plantea un problema a la carne y ésta debe resolverlo. Entonces, si el tendido de un puente o el trabajo en las minas o la fabricación de explosivos (para no hablar más que de tareas peligrosas) comporta un riesgo mortal para la carne, por qué asombrarse de que un grupo de hombres echa mano a la suya en pro de una idea, sea por propia convicción o porque alguien les paga sus servicios? El eterno montón de los casuistas alega que no es lo mismo exponer la carne en el tendido de un puente que sobre un potro de la cámara de tortura. El argumento que esgrimen es el siguiente: cualquier carne que trabaje en el tendido de un puente no está forzosamente condenada al trucidamiento. Por el contrario, la carne de la cámara de tortura sí lo está; como las cajas de seguridad, ella tiene un secreto que es preciso romper para abrirla. La carne constructora de puentes no tiene necesariamente que ser destrozada para que el puente quede tendido, es decir, que es una carne que evita el sufrimiento a toda costa: el obrero trepa con infinitas precauciones por esa viga, en las piernas lleva gruesas botas que lo protegerán de la dureza del acero, las manos están recubiertas con guantes... Un inmenso terror lo posee cuando, habiendo dado un paso en falso, se aferra con angustias mortales a un estribo del puente. No es acaso una carne que pugna por conservarse intacta? Pero esa carne que se tiende sobre el potro, esa carne para la que el azar de un accidente es letra muerta (puesto que su fin último es ser trucidada), en una palabra, esa carne apta para el servicio del dolor, no es un insano desafío al instinto de conservación? No constituye una peligrosa invitación al suicidio colectivo? No es locura que por guardar un secreto un hombre ofrezca su carne, y que por arrancárselo, otro hombre acepte sacrificarla? Llegado a este punto, Cochón se revolvía carnalmente en el púlpito chillando como el buitre sobre la carroña: "Puras patrañas!", decía. En el degolladero nuestra sangre se empareja con la de las reses, le sirve de alimento al hombre, le resuelve al hombre un problema de subsistencia. Si de pronto nos negáramos a inmolar nuestra carne, la vida humana se detendría y el mundo se convertiría en un osario. No, amadísimos, es la carne lo que mueve al mundo, y los problemas surgidos de la carne total del género humano pueden más que la carne individual de cada hombre. Y a esta altura de su sermón (sí, era un sermón pro-carne) la reducida carnalidad de Cochón se agigantaba; cual grito de abordaje profería: "Viva la carne perecedera!" Un modo de hacerla florecer, de darle el rango que su dignidad.
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