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El Libro de las Tierras Vírgenes |
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Prólogo del autor Numerosas son las consultas a especialistas generosos que exige una obra como la presente, y el autor faltaría, a todas luces, al deber que le impone el modo como aquéllas han sido contestadas, si dejara aquí de hacer constar su gratitud para que tenga la mayor publicidad posible. Debo dar gracias, en primer término, al sabio y distinguido Bahadur Shah, elefante destinado a la conducción de bagajes, que lleva el número 174 en el libro de registro oficial de la India, el cual, junto con su amable hermana Pudmini, suministró con la mayor galantería la historia de "Toomai el de los elefantes" y buena parte de la información contenida en "Los servidores de Su Majestad". Las aventuras de Mowgli fueron recogidas, en varias épocas y lugares, de multitud de fuentes, sobre las cuales desean los interesados que se guarde el más estricto incógnito. Sin embargo, a tanta distancia, el autor se considera en libertad para dar las gracias, también, a un caballero indio de los de vieja cepa, a un apreciable habitante de las más altas lomas de Jakko, por su persuasiva aunque algo mordaz crítica de los rasgos típicos de su raza: los presbipitecos (Género de mamíferos cuadrúmanos cuya especie típica vive en Sumatra -N. del T.-), Sahi, sabio diligentísimo y hábil, miembro de una disuelta manada que vagaba por las tierras de Seeonee, y un artista conocidísimo en la mayor parte de las ferias locales de la India meridional donde atrae a toda la juventud y a cuanto hay de bello y culto en muchas aldeas, bailando, puesto el bozal, con su amo, han contribuido también a este libro con valiosísimos datos acerca de diversas gentes, maneras y costumbres. De éstos se ha usado abundantemente en las narraciones tituladas: "¡Al tigre! ¡Al tigre!", "La caza de Kaa" y "Los hermanos de Mowgli". Deber de gratitud es igualmente para el autor el confesar que el cuento "'Rikki-tikki-tavi" es, en sus líneas generales, el mismo que le relató uno de los principales erpetólogos de la India septentrional, atrevido e independiente investigador que, resuelto "no a vivir, sino a saber", sacrificó su vida al estudio incesante de la Thanatofidia oriental. Una feliz casualidad permitió al autor, viajando a bordo del Emperatriz de la India, ser útil a uno de sus compañeros de viaje. Quienes leyeren el cuento "La foca blanca" podrán juzgar por sí mismos si no es éste un espléndido pago a sus pobres servicios. |
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Los Hermanos de Mowgli |
En
las colinas de Seeonee daban las siete en aquella bochornosa tarde.
Papá Lobo despertóse de su sueño diurno; se rascó, bostezó, alargó
las patas, primero una y luego la otra para sacudirse la pesadez que
todavía sentía en ellas. Mamá Loba continuaba echada, apoyado el
grande hocico de color gris sobre sus cuatro lobatos, vacilantes y
chillones, en tanto que la luna hacía brillar la entrada de la caverna
donde todos ellos habitaban.
-¡Augr.! .-masculló el lobo padre-. Ya es hora de
ir de caza de nuevo. Iba a lanzarse por la ladera cuando una sombra, no
muy corpulenta y provista de espesa cola, cruzó el umbral y dijo con
lastimera voz: -¡Buena suerte, jefe de los lobos, y que la de tus
nobles hijos no sea peor! ¡Que les crezcan fuertes dientes y que nunca,
en este mundo, se les olvide tener hambre! El chacal Tabaqui, el lameplatos, era quien así
hablaba. Los lobos, en la India, desprecian a Tabaqui porque siempre
anda metiendo cizaña de un lado para otro, sembrando chismes, comiendo
desperdicios y pedazos de cuero que busca entre los montones de basura
que hay en las calles de los pueblos. Le temen, sin embargo, aunque lo
desprecian, por que Tabaqui, más que nadie en toda la selva, tiende a
perder la cabeza y entonces olvida lo que es tener miedo, corre por la
espesura y muerde a cuanto se le pone enfrente. Cuando Tabaqui pierde la
cabeza, hasta el tigre se esconde, porque lo más deshonroso que puede
ocurrirle a un animal salvaje, es la locura. Los hombres le damos el
nombre de hidrofobia, pero ellos la llaman dewanee (la locura) y huyen
al mencionarla. -Bueno; entra y busca -dijo papá Lobo-. Sin embargo,
te advierto que aquí no hay comida. -No para un lobo -respondió Tabaqui-, pero para un
infeliz como yo, un hueso constituye un exquisito banquete. ¿Quiénes
somos los Gidurg-log (el pueblo chacal) para andar escogiendo? Y a toda prisa se dirigió al fondo de la caverna;
allí encontró un hueso de gamo con algo de carne aún adherida a él y
se puso a comerlo alegremente. -Muchas, muchas gracias por tan excelente comida
-dijo luego relamiéndose-. ¡Ah! ¡Qué hermosos son tus nobles hijos!
¡Qué ojos tan grandes tienen! ¡Y a pesar de ser tan jóvenes!. . .
Pero esto no debiera causarme asombro, es verdad, pues basta recordar
que los hijos de los reyes son ya hombres desde su nacimiento. Es inútil decir que, como otro cualquiera, Tabaqui
sabía que no hay nada tan fuera de lugar como elogiar a los niños
estando ellos presentes, y que le divertía por extremo ver en
situación embarazosa a mamá Loba y a papá Lobo. Tabaqui permaneció inmóvil, gozando con el daño
causado, y añadió luego, despechado: -Shere Khan el Grande ha cambiado de cazadero. Según
me han dicho, cazará en estas colinas durante la próxima luna. Shere Khan era el tigre que vivía cerca del río
Waingunga, a cinco leguas de distancia. -Ningún derecho le asiste para ello -protestó
enojado papá Lobo-. De acuerdo con la ley de la selva, debe advertirlo
debidamente antes de cambiar de lugar. Asustará a toda la caza en dos
leguas y media a la redonda; y, en este caso, yo... yo he de trabajar el
doble. -Por algo su madre le puso por nombre Lungri (el
Cojo) -musitó mamá Loba-. Es cojo de nacimiento, y por eso nunca pudo
matar más que ganado. Ahora lo persiguen los campesinos de Waingunga, y
se viene aquí a molestar a los nuestros. Ellos revolverán toda la
selva buscándolo cuando ya esté lejos, y nosotros y nuestros hijos
tendremos que huir cuando peguen fuego a la maleza. ¡Te digo que le
estaremos muy agradecidos a Shere Khan! -¿Quieren que se lo diga? -preguntó Tabaqui. -¡Fuera! -replicó papá Lobo, enfadado-. ¡Fuera de
aquí y vete a cazar con tu amo! ¡Ya hiciste bastante daño esta noche! -Me voy -dijo suavemente Tabaqui-. Desde aquí puede
oírse a Shere Khan allá abajo, en la espesura. Pude haberme ahorrado
traerles esta noticia. Escuchó atentamente papá Lobo, y allá, en el valle
que descendía hasta el río, oyó el seco, colérico, pérfido lamento
del tigre cuando no ha podido cobrar ni una sola pieza, y poco le
importa entonces que toda la selva lo sepa. -¡Imbécil! -exclamó papá Lobo. ¡Vaya una manera
de empezar el trabajo metiendo semejante ruido! ¿Creerá acaso que
nuestros gamos son como sus cebados bueyes de Waingunga? -¡Chitón! No son bueyes ni gamos lo que caza esta
noche -respondió mamá Loba-. Lo que hoy busca es al hombre. El plañidero grito se había convertido ya en algo
como un zumbante ronquido que parecía llegar de todo el ámbito de la
comarca. Era aquel rumor especial que turba a los leñadores y a toda la
gente errante que duerme al raso, y que a veces los hace correr tan
desatinados que se arrojan en las mismas fauces del tigre. -¡Al hombre!... -dijo papá Lobo mostrando la doble
hilera de blanquísimos dientes. ¡Jaug! ¿No hay acaso suficientes
escarabajos y ranas en los pozos, para que ahora se le ocurra comer
carne humana. ¡Y de añadidura en terreno nuestro!. La ley de la selva -que nunca ordena algo sin tener
motivo para ello- prohíbe a toda fiera que coma hombre, excepto en el
caso de que ésta mate para enseñar a sus pequeñuelos a matar; pero,
aun en este caso, es necesario que cace fuera del cazadero de su manada
o tribu. La verdadera causa de esta disposición, es que toda humana
matanza trae consigo, tarde o temprano, los hombres blancos montados en
elefantes y armados de fusiles, acompañados de algunos centenares de
hombres de color con batintines, cohetes y antorchas. Y entonces a todo
el mundo en la selva le toca sufrir. Por lo que toca a la razón que
entre sí se dan las fieras, es que alegan que el hombre es el más
débil e indefenso de todos los seres vivientes, y que no es digno de un
cazador poner la mano sobre él. Alegan también -y es cierto- que los
devoradores de hombres se vuelven sarnosos y pierden los dientes. El ronquido se hizo más intenso y finalmente
terminó con el ¡Aaar! que lanza el tigre a plena voz en el momento de
atacar. Se oyó entonces un aullido -impropio de un tigre-,
lanzado por Shere Khan. -Erró el golpe -dijo mamá Loba-. ¿Qué sucede? Salió papá Lobo y corrió la distancia de unos
cuantos pasos, y oyó a Shere Khan murmurando y gruñendo furiosamente,
en tanto se revolcaba en la maleza. -A ese necio se le ocurrió nada menos que saltar por
encima del fuego encendido por unos leñadores, y se le quemaron las
patas -dijo papá Lobo, con mal humor, gruñendo-. Tabaqui está allí,
con él. -Alguien sube por la colina -observó mamá Loba
enderezando una oreja. Prepárate. Crujieron levemente las hierbas en la espesura; papá
Lobo se agachó, pronto a dar el salto, con los cuartos traseros junto a
la tierra. De haber estado allí en acecho, hubieran podido ver ustedes
la cosa más maravillosa del mundo: en el preciso momento de estar
saltando, se detuvo el lobo. Brincó antes de haber visto contra qué se
lanzaba, y, repentinamente, trató de detenerse. El resultado fue que
salió disparado hacia arriba, verticalmente, hasta un metro o metro y
medio de altura, y luego cayó de nuevo en el mismo lugar. -¡Un hombre! -exclamó disgustado. Un cachorro
humano. ¡Mira! Frente a él, apoyado en una rama baja, se erguía,
enteramente desnudo, un niño moreno que apenas sabía andar: una cosa,
la más simpática y pequeña, la más fina y gordinflona que jamás se
había presentado de noche ante la caverna de un lobo. Miró a éste
cara a cara y se rió. -¿Es eso un cachorro de hombre? -dijo mamá Loba-.
Nunca vi ninguno. Tráelo. Un lobo, si es preciso, puede llevar un huevo en el
hocico sin romperlo, pues está acostumbrado a mover de un lado al otro
a sus propios pequeñuelos; de esta manera, aunque se juntaron las
quijadas de papá Lobo sobre la espalda del niño, ni un solo diente le
arañó la piel, la que apareció intacta al colocarlo aquel entre los
lobatos. -¡Qué pequeño! ¡Qué desnudo! Y... ¡qué
atrevido! -dijo dulcemente mamá Loba. El niño se abría paso entre los
cachorros para arrimarse al calor de la piel-. ¡Vaya! Ahora come con
los demás. De manera que éste es un cachorro de hombre, ¿eh? ¡A ver
si hubo nunca un lobo que pudiera jactarse de contar con uno que
estuviera entre sus hijos!... -De eso oí hablar algunas veces, pero nunca respecto
de nuestra manada o que hubiera ocurrido en mis tiempos -contestó papá
Lobo-. Carece completamente de pelo y bastaría que yo lo tocara con el
pie para matarlo. Pero, mira: nos ve y ni siquiera tiene miedo. De pronto, el resplandor de la luna que penetraba por
la boca de la caverna quedó interceptado por la enorme cabeza cuadrada
y por una parte del pecho de Shere Khan que se asomaba a la entrada.
Tabaqui, detrás de él, le decía con voz aguda: -¡Señor, señor, se metió aquí! -Shere Khan nos honra por extremo con su visita -dijo
papá Lobo, pero sus iracundos ojos desmentían sus palabras-. ¿Qué
desea Shere Khan? -Mi presa. Un cachorro humano pasó por aquí. Sus
padres huyeron. Dámelo. Como dijo papá Lobo, Shere Khan había saltado por
encima de un fuego encendido por los leñadores, y se sentía furioso
por el dolor de las quemaduras que tenía en las patas. Sin embargo,
papá Lobo sabía muy bien que la boca de la caverna era suficientemente
estrecha como para que no pudiera pasar por ella el tigre. Aun en el
sitio donde se encontraba Shere Khan, tenía que encoger penosamente sus
patas y la parte superior de su pecho, como le sucedería a un hombre
que intentara pelear con otro dentro de una cuba. -Los lobos son un pueblo libre -le respondió papá
Lobo-. Sólo obedecen las órdenes del jefe de su manada y no las de un
pintarrajeado cazador de reses como tú. El cachorro de hombre es
nuestro... para matarlo, si nos place. -¡Si nos place! ¡Si nos place! ¿Qué significa eso
de si nos place o no? ¡Por el toro que maté! ¡Es cosa de preguntarse
hasta cuándo debo estar oliendo esta perruna guarida, para que se me
entregue lo que en justicia se me debe! ¡Soy yo, Shere Khan, el que les
habla! Por todos los rincones de la caverna resonó el
rugido del tigre. Separándose de los lobatos mamá Loba se adelantó,
fijando sus ojos en los ojos llameantes de Shere Khan; y los ojos de la
loba parecían dos verdes lunas brillando en la oscuridad. -Y yo soy Raksha (el demonio), quien te contesta. El
cachorro humano es mío, Lungri, mío y muy mío. No se le matará.
Vivirá y correrá junto con nuestra manada y cazará con ella; y,
finalmente, y atienda bien su merced, señor cazador de desnudos
cachorrillos.., devorador de ranas... matador de pocos..., finalmente,
él será quien, a su vez, lo cace a usted. Así que, ahora,
¡lárguese!, o por el sambliur que maté -pues yo no como ganado
hambriento-, le aseguro, fiera chamuscada de las selvas, que volverá su
merced al regazo de su madre más coja aún que al venir al mundo.
¡Lárguese! Papá Lobo la miró con aire estupefacto. . . Ya casi
había olvidado aquellos tiempos en que ganó a mamá Loba en fiero
combate con cinco lobos, cuando ella tomaba parte en las correrías de
la manada; llamarla Demonio no era un mero cumplido. Quizás Shere Khan hubiera desafiado a papá Lobo,
pero no podía resistirse contra mamá Loba; sabía que, en el lugar en
que se encontraban, todas las ventajas eran para ella y lucharía hasta
morir. Se retiró, pues, rezongando, de la boca dc la caverna, y, cuando
se vio libre, gritó: -¡Cada lobo aúlla en su caverna! Veremos qué dice
la manada acerca de eso de criar cachorros humanos. El cachorro es mío,
y finalmente vendrá a parar a mis dientes!. ¡Rabiosos! ¡ Ladrones! Jadeante se echó de nuevo mamá Loba entre sus
lobatos, y papá Lobo díjole gravemente: -Mucho hay de verdad en lo que dijo Shere Khan. Es
necesario enseñar el cachorro a la manada. ¿Persistes en guardártelo,
mamá? -¡Guardarlo! -respondió ella suspirando-. Desnudo
vino, de noche, hambriento y solo, y, con todo, no tenía miedo. Mira:
ya echó a un lado a uno de mis hijos. ¡Y ese carnicero cojo quería
matarlo y escaparse después al Waingunga, en tanto que los campesinos,
en venganza, venían aquí al ojeo en nuestros cubiles! ¡Guardarlo!
¡Por supuesto que lo guardaré! Acuéstate quietecito, renacuajo.
Vendrá el tiempo, Mowgli -porque en adelante llamaré a su merced
Mowgli, la rana- en que no sea usted el cazado por Shere Khan, sino
quien le cace a él. -Pero, ¿qué dirá nuestra manada? -dijo papá Lobo. La ley de la selva ordena terminantemente que
cualquier lobo, al casarse, puede retirarse de la manada a que
pertenece; pero también que, tan pronto como los cachorros tengan edad
suficiente para sostenerse en pie, deberá llevarlos al Consejo de la
manada con el fin de que los otros lobos puedan identificarlos; el
Consejo se celebra una vez al mes, al resplandor de la luna llena.
Después de la inspección, quedan en libertad los lobatos para correr
por donde les plazca; hasta que no hayan matado al primer gamo, no se
admite ninguna excusa en favor del lobo de la manada que sea ya mayor y
mate a alguno de los lobatos. Al asesino se le impone como castigo la
pena de muerte, donde pueda encontrársele; si se piensa durante un
momento sobre esto, se verá que es realmente lo justo. Papá Lobo esperó un poco hasta que sus cachorros
pudieran corretear un poco, y luego, la noche de la reunión de toda la
manada, los cogió, junto con Mowgli y con mamá Loba, y llevó a todos
a la Peña del Consejo, que era una cima cubierta de piedras y guijarros
en donde podían ocultarse un centenar de lobos. Echado cuan largo era sobre su peña, estaba Akela,
el enorme y gris Lobo Solitario que había llegado a ser jefe de la
manada gracias a su fuerza y habilidad. Más abajo se sentaban unos
cuarenta lobos de todos tamaños y colores: había veteranos de color de
tejón que podían enfrentarse a solas con un gamo, y había también
lobos de tres años de edad que sólo presumían que habían de poder.
Desde hacía un año, el Lobo Solitario los guiaba a todos. Allá en su
juventud había caído dos veces en una trampa; en otra ocasión había
sido apaleado hasta darlo por muerto. Sabía muy bien, pues, los usos y
costumbres de los hombres. Se habló muy poco en la reunión de la Peña. Caían
y tropezaban unos contra otros los lobatos en el centro del círculo
donde se sentaban sus respectivos padres y madres. De cuando en cuando,
un lobo anciano se dirigía en silencio hacia uno de los cachorros, lo
miraba atentamente y se volvía a su sitio sin producir el menor ruido.
De pronto, una madre empujaba a su lobato hacia la luz de la luna para
estar segura de que no había pasado inadvertido. Akela, desde su peña,
gritaba: -Ya saben lo que dice la ley; ya lo saben. ¡Miren
bien, lobos! Y las madres, ansiosas, repetían: -¡Miren! ¡Miren bien, lobos! Al cabo, llegó el momento -y a mamá Loba se le
erizaron todos los pelos del cuello- en que papá empujó a
"Mowgli, la rana", corno lo llamaban, hacia el centro. Mowgli
se sentó allí, riendo y jugando con algunos guijarros a los que hacía
brillar la luz de la luna. Sin levantar la cabeza, que hacía descansar sobre
sus patas, Akela continuaba profiriendo su monótono grito: -¡Miren bien! Se elevó un sordo rugido detrás de las rocas. Era
la voz de Shere Khan que gritaba a su vez: -Ese cachorro es mío; debéis dármelo. ¿Qué tiene
que ver el Pueblo Libre con un cachorro humano? Akela ni siquiera movió las orejas. Se limitó a
decir: -¡Miren bien, lobos! ¿Qué le importan al Pueblo
Libre los mandatos de cualquiera que no sea el mismo pueblo? ¡Miren
bien! Se elevó un coro de gruñidos. Un lobo joven, de
unos cuatro años, recogió la pregunta de Shere Khan, y se dirigió de
nuevo a Akela: -¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con un cachorro
humano? Ahora bien: la ley de la selva ordena que, en caso de
ponerse en tela de juicio el derecho que un cachorro tiene a ser
admitido por la manada, deberán defenderlo, a lo menos, dos miembros de
ésta, que no sean su padre o su madre. -¿Quién alza la voz en favor de este cachorro?
-interrogó Akela-. ¿Quién, de los que pertenecen al Pueblo Libre,
habla en favor suyo? Nadie respondía, y mamá Loba se preparó para lo
que ya sabía ella que sería su última pelea, si era preciso llegar al
terreno de la lucha. Pero entonces, Baloo, único animal de otra especie a
quien se le permite tomar parte en el Consejo de la manada; Baloo, el
soñoliento oso pardo que alecciona a los lobatos la ley de la selva; el
viejo Baloo, que va y viene por donde quiere porque su alimento se
compone sólo de nueces, raíces y miel, se levantó en dos patas y
gruño: -¿El cachorro humano?... ¡Yo hablo en favor del
cachorro! No puede hacernos ningún mal. No soy elocuente, pero digo la
verdad. Que corra con la manada y que se le cuente como uno de tantos.
Yo seré su maestro. -Ahora necesitamos que hable otro en su favor -dijo
Akela-. Ya habló Baloo, el cual es maestro de nuestros lobatos.
¿Quién quiere hablar además de él? Se movió hacia el círculo una sombra negra. Era
Bagheera, la pantera, toda ella de un color negro de tinta, pero
ostentaba marcas en su piel, propias de su especie, las cuales, según
como incidiera en ellas la luz, parecían las aguas de ciertas telas de
seda. Todo el mundo conocía a Bagheera; nadie osaba atravesarse en su
camino, porque era tan astuta como Tabaqui, tan audaz como el búfalo
salvaje y tan sin freno como un elefante herido. Con todo, su voz era
suave como la miel silvestre que se desprende gota a gota de un árbol y
su piel era más fina que el plumón. -¡Akela -dijo en un susurro-, y ustedes, Pueblo
Libre! Yo no tengo derecho, cierto, de mezclarme en esta asamblea. Mas
la ley de la selva dice que si surge alguna duda, no relacionada con
alguna muerte, tocante a un nuevo cachorro, la vida de éste puede
comprarse por un precio estipulado. La ley, por último, no dice quién
puede o quién no puede pagar ese precio. ¿Es cierto lo que digo? -¡Muy bien! ¡Muy bien! -dijeron a coro los lobos
más jóvenes, hambrientos siempre-. ¡Que hable Bagheera! El cachorro
puede comprarse mediante un precio estipulado. Así lo dice la ley. -Como sé que no me asiste el derecho de hablar
aquí, pido el permiso de ustedes para hacerlo. -¡Bueno! ¡Habla! -gritaron a la vez veinte voces. -Es una vergüenza matar a un cachorro desnudo. Por
lo demás, puede ser muy útil para ustedes en la caza, cuando sea
mayor. Ya Baloo habló en su defensa. Pues bien: a lo que él dijo,
añadiré yo la oferta de un toro cebado, acabado de matar a poca
distancia de aquí, si aceptan al cachorro humano de acuerdo con lo que
dice la ley. ¿Hay algo qué objetar? Elevóse un clamor de docenas de voces que decían: -¡Qué importa! Ya morirá cuando lleguen las
lluvias del invierno; ya le abrasarán vivo los rayos del sol. Una rana
desnuda como ésta, ¿en qué puede perjudicarnos? Dejémosle que se
junte a la manada. ¿Dónde está el toro, Bagheera? ¡Aceptémoslo!. Y se escuchó entonces el profundo ladrido de Akela
que advertía: -¡Mírenlo bien, mírenlo bien, lobos! Estaba Mowgli tan entretenido jugando con los
guijarros, que no observó que aquellos se le acercaban uno a uno y lo
miraban atentamente. Descendieron al cabo todos de la colina en busca del
toro muerto, exceptuando sólo a Akela, Bagheera, Baloo y los lobos de
Mowgli. Entre las sombras de la noche, rugía aún Shere
Khan, furioso por no haber logrado que le entregaran a Mowgli. -¡Ea! ¡Ruge, ruge cuanto quieras! -díjole Bagheera
en sus propias barbas-, O yo no conozco nada a los hombres, o llegará
el día en que esa cosa que está allí tan desnuda le hará a su merced
rugir en muy distinto tono. -Hicimos bien -observó Akela-. Los hombres y sus
cachorros saben mucho. Con el tiempo, podrá ayudarnos. -Ciertamente... Puede ser nuestro apoyo, en caso
necesario, porque nadie debe forjarse la ilusión de ser siempre
director de la manada -respondió Bagheera. Akela permaneció mudo... Pensaba en aquel tiempo que
fatalmente llega para todo jefe de manada, cuando sus fuerzas lo
abandonan, cuando se siente más débil cada día, hasta que, al fin,
los otros lobos lo matan y viene un nuevo jefe a ocupar su puesto...
para que a su vez lo maten también, cuando le llegue el turno. -Llévatelo -le dijo a papá Lobo y adiéstralo en
todo aquello que debe saber quien pertenece al Pueblo Libre. Así fue como Mowgli entró a formar parte de la
manada de lobos de Seeonee, y el rescate por su vida fue un toro, y
Baloo fue su defensor. Ahora debemos contentarnos con saltar diez u once
años y con adivinar la maravillosa vida que Mowgli llevó entre los
lobos; si tuviéramos que escribirla, sólo Dios sabe los libros que
llenaría. Creció junto con los lobatos, aunque, por supuesto,
antes de que él hubiera salido de la primera infancia, ellos ya eran
lobos hechos y derechos. Papá Lobo le enseñó su oficio y el
significado de todo lo que en la selva había, hasta que cada ruido bajo
la hierba, cada tibio soplo del vientecillo de la noche, cada nota
lanzada por el búho sobre su cabeza, cada rumor que producen los
murciélagos al arañar cuando descansan durante un momento en un
árbol, y cada ruidillo que causa el pez al saltar en una balsa
significaron para él tanto como significa el trabajo en la oficina para
el hombre de negocios. Cuando no estaba aprendiendo algo, se sentaba a
tomar el sol o dormía; luego, a comer y a dormir de nuevo. Cuando
sentía necesidad de lavarse o le molestaba el calor, íbase a nadar en
las lagunas del bosque. Finalmente, cuando necesitaba miel -pues Baloo
le había dicho que la miel con nueces era una comida tan delicada como
la carne cruda-, trepaba a los árboles para buscarla, y esto último se
lo enseñó Bagheera. Tendíase la pantera sobre una rama y lo llamaba
diciendo: -Sube acá, hermanito. Al principio, Mowgli se agarraba torpemente, como el
animal llamado perezoso; pero ya después saltaba entre las ramas, de la
una a la otra, con toda la maestría de un mono gris. Ocupó asimismo su
lugar en el Consejo de la Peña al reunirse con la manada, y allí
descubrió que, mirando fijamente a un lobo, lo obligaba a bajar los
ojos. y esto fue motivo para que lo hiciera a menudo por mera
diversión. En otras ocasiones arrancaba de la piel de sus amigos las
largas espinas que se les habían clavado en ella, pues los lobos sufren
muchísimo con las espinas y cardos que se les quedan entre las lanas.
También, en plena noche, descendía por la ladera de la colina y se
llegaba hasta las tierras de cultivo y miraba curiosamente a los
campesinos en sus chozas. Desconfiaba de ellos, sin embargo, pues Bagheera le
había señalado una caja cuadrada con puerta que se hundía al pisarla,
colocada con tanta habilidad entre la maleza, que casi cayó él dentro.
Bagheera le dijo que era una trampa. Pero nada fue tan de su gusto como perderse con la
pantera en las tibias profundidades del bosque, dormir durante todo el
pesado día y contemplar por la noche cómo Bagheera se entregaba a la
caza. Mataba ella sin discreción ni miramiento, según su apetito, y lo
mismo Mowgli, con una sola excepción: en cuanto tuvo edad suficiente
para comprender las cosas, Bagheera le enseñó que se abstuviera de
matar ninguna cabeza de ganado porque la propia vida de él había sido
rescatada mediante la entrega de un toro. -Cuanto hay en la selva es tuyo -le dijo Bagheera-
puedes matar todo lo que tus fuerzas te permitan. Pero, en memoria del
toro que sirvió para salvar tu vida, no pondrás nunca la mano en res
alguna, ni siquiera para comerla, sea joven o vieja. La ley de la selva
prescribe esto. Mowgli obedeció estrictamente lo que se le ordenaba. Y creció, creció tan robusto como es forzoso que
crezca un niño que no tiene que preocuparse por estudiar las lecciones
que aprende por modo natural, y para quien no existen más cuidados que
el de conseguir la comida. Una o dos veces le intimó mamá Loba que desconfiara
de Shere Khan, y asimismo le dijo que tendría que matarlo un día u
otro. Pero, aunque un lobato hubiera recordado este consejo a cada
momento, Mowgli lo olvidó por completo, como niño que era, por más
que él mismo, indudablemente, se hubiera calificado a sí mismo de lobo
a haber podido hablar en alguna lengua de las que usan los hombres. Shere Khan salíale continuamente al paso, porque
como Akela se hacía ya viejo y cada día disminuían sus fuerzas, el
tigre cojo había llegado a tener estrecha amistad con los lobos más
jóvenes de la manada que le seguían para recoger sus sobras; nunca
hubiera tolerado esto Akela, de haberse atrevido a ejercer su autoridad
llevándola al extremo. En estas ocasiones los halagaba Shere Khan
mostrándose sorprendido de que tales cazadores, tan jóvenes y
excelentes, se dejaran guiar por un lobo que ya estaba medio muerto y
por un cachorro humano. -Me dicen -afirmábales Shere Khan- que no se atreve
nadie de ustedes a mirar en los ojos al hombrecito cuando se reúnen en
consejo. Y los lobos le contestaban gruñendo, erizado el
pelo. Algo de esto llegó a oídos de Bagheera, que
parecía estar en todas partes viéndolo y oyéndolo todo, y en más de
una ocasión le explicó a Mowgli en pocas palabras que Shere Khan lo
mataría algún día. A esto respondía Mowgli, riéndose: -Cuento con la manada y contigo. E inclusive Baloo,
con toda su pereza, no dejaría de dar algunos golpes en mi defensa.
¿Por qué, pues, inquietarme? Un día en que el calor era excesivo, se le ocurrió
una idea a Bagheera, idea nacida de algo que había oído. Probablemente
debía la noticia a Ikki, el puerco espín. Ello fue que le dijo a
Mowgli, cuando se encontraban ambos en lo más profundo de la selva, y
en tanto que el muchacho reclinaba la cabeza sobre la hermosa y negra
piel de Bagheera: -¿Cuántas veces te he dicho, hermanito, que Shere
Khan es enemigo tuyo? -Tantas veces cuantos frutos tiene esa palmera
-respondió Mowgli que, por supuesto, no sabía contar-. ¡Bueno! ¿Y qué? Tengo sueño, Bagheera, y Shere
Khan no tiene sino mucha cola y muchas palabras. . . como Mao, el pavo
real. -No es hora de dormir. Baloo sabe que es verdad; lo
sabe toda la manada, y hasta los infelices y simplicísimos ciervos lo
saben. Además, a ti mismo te lo ha dicho Tabaqui. -¡Oh! -respondió Mowgli-. El otro día llegóse a
mí con impertinencias de que si yo era un desnudo cachorro de hombre y
que no servía ni para desenterrar raíces. Pero lo cogí de la cola y
le di contra una palmera dos veces para enseñarle a tener mejores
modales. -¡Vaya tontería! Aunque Tabaqui es un chismoso, te
hubiera dicho algo que te interesa mucho. ¡Abre esos ojos, hermanito!
Shere Khan no se atreve a matarte en la selva; acuérdate, sin embargo,
de que Akela es ya muy viejo, y que no tardará en llegar el día en que
le será imposible cazar un solo gamo. Ese día dejará de ser jefe. Son
ya viejos también muchos de los lobos que te admitieron cuando que los
son jóvenes creen, porque así fuiste presentado al consejo, y se lo
enseñó Shere Khan, que un cachorro humano no tiene derecho a estar en
la manada. En poco tiempo serás ya un hombre. -¿Qué es, pues, un hombre, para que no pueda
juntarse con sus hermanos? -dijo Mowgli-. Nací en la selva; he
obedecido su ley, y no hay un solo lobo entre los nuestros de cuyas
patas no haya yo arrancado alguna espina. ¿Cómo dudar de que son mis
hermanos? Se tendió Bagheera cuan larga era, y, con los ojos
entrecerrados, dijo: -Toca aquí, hermanito, bajo mi quijada. Levantó Mowgli su áspera y tostada mano, y,
precisamente debajo de la sedosa barbilla de Bagheera, donde los enormes
y movibles músculos quedaban ocultos por el luciente pelo, encontró un
espacio raído. -Nadie, en toda la extensión de la selva sabe que
yo, Bagheera, tengo esta marca, la marca que deja el collar. Y, con
todo, hermanito, yo nací entre los hombres, y entre ellos murió mi
madre. .. en las jaulas del Palacio Real, en Oodeypore. Tal fue el
motivo que me impulsó a pagar por ti el precio convenido en el consejo,
cuando no eras más que un desnudo cachorrillo. Sí; también yo nací
entre los hombres. Desconocía yo la selva. Me alimentaban en artesas de
hierro tras los barrotes de la jaula, hasta que una noche despertó
dentro de mi ser el sentimiento de que yo era Bagheera, la pantera, y no
un juguete para la diversión de los hombres, y entonces, de un zarpazo,
rompí la estúpida cerradura y escapé. Y precisamente porque aprendí
las costumbres de los hombres, infundí en la selva más terror que
Shere Khan. ¿No es cierto? -Así es -dijo Mowgli-. Todos en la selva temen a
Bagheera... todos, excepto Mowgli. -¡Oh!... Tú eres un cachorro humano -dijo con gran
ternura la pantera negra-, y de la misma manera que yo volví a mi
selva, así tú deberás volver, finalmente, a donde están los
hombres.., los hombres que son tus hermanos. Pero esto, si no te matan
antes en el Consejo. -¿Por qué ha de querer alguien matarme? ¿Por qué?
-dijo Mowgli. -¡Mírame! -contestó Bagheera. Mowgli la miró fijamente en los ojos. Al cabo de
algunos momentos, la enorme pantera volvió la cabeza. -Por esto -dijo cambiando de posición una de sus
patas, que colocó sobre un lecho de hojas-. Aun para mí es imposible
mirarte a los ojos, a pesar de que yo nací entre los hombres y de que
te quiero, hermanito. Pero los otros te odian porque no pueden resistir
el choque de tu mirada; porque eres sabio; porque en muchas ocasiones
arrancaste espinas de sus patas. . ¡ Porque eres un hombre! -Ignoraba todo eso -respondió rudamente Mowgli, y
arrugó las negras y pobladas cejas. -¿Cuál es la ley de la selva? Esta: pega primero y
avisa después. Conocen que eres un hombre hasta por el descuido con que
te conduces. Pero sé prudente. El corazón me avisa que en cuanto Akela
no pueda cobrar el primer gamo sobre el que se arroje (y cada día es
más difícil para él apoderarse de los gamos que persigue), la manada
se pondrá en contra de él y de ti. Tendrá lugar un consejo de la
selva en la Peña, y entonces.., y entonces. . ¡Ya tengo una idea!
-prosiguió Bagheera levantándose de un salto-. Dirígete de inmediato
a las chozas de los hombres, allá en el valle y coge una parte de la
Flor Roja que allí cultivan; con esto podrás contar en el momento
oportuno con un apoyo más fuerte que yo, o que Baloo, o que el de los
que bien te quieren en la manada. ¡Anda! ¡Ve a buscar la Flor Roja! Con la expresión "Flor Roja", Bagheera
quería significar el fuego; pero así hablaba porque en toda la selva
no hay ser viviente que desee llamar el fuego por su nombre. Un miedo
mortal se apodera de todas las fieras ante él, y para describir lo que
tal pavor les causa inventan cien modos distintos. -¿La Flor Roja? -dijo Mowgli-. Es la que crece fuera
de las chozas en la hora del crepúsculo. Me apoderaré de ella. -Así es como deben hablar los cachorros de los
hombres -dijo Bagheera con orgullo-. Deberás recordar que esa flor
crece en unas macetas pequeñas. Arrebata una y guárdala para cuando
llegue la hora en que podrás necesitarla. -¡Bueno! -respondió Mowgli-. Voy allá. -Le deslizó un brazo en torno del
espléndido cuello y la miró profundamente en los grandes ojos, y
continuó-: Pero, ¿estás segura, ¡Bagheera mía!, de que todo esto es
obra de Shere Khan? -Por la cerradura que me dio la libertad, te aseguro
que sí, hermanito. -Pues si así es, ¡por el toro que sirvió como
rescate de mi vida!, te prometo que saldaré mis cuentas con Shere Khan,
y hasta es posible que le pague inclusive algo más de lo que le debo. Y al decir esto, salió rápidamente. -este es un hombre.., todo un hombre -se dijo
Bagheera, tendiéndose de nuevo en el suelo-. ¡Ah, Shere Khan! ¡Nunca
emprendiste más funesta cacería que la de esta rana, diez años hace! Mowgli se alejó por el interior del bosque a todo
correr, y sentía como si el corazón le ardiera en el pecho. A la hora en que empezaba a elevarse la niebla
vespertina, llegó a la cueva; se detuvo para tomar aliento y miró
hacia el fondo del valle. Los lobatos estaban ausentes. pero mamá Loba,
desde la profundidad de la caverna, conoció que algo le pasaba a su
rana, por el modo de respirar de ésta. -¿Qué sucede, hijo? -preguntó. -Habladurías propias de murciélagos, de ese Shere
Khan -le respondió Mowgli-. Esta noche cazo en terreno labrantío. Hundióse luego entre los arbustos y se dirigió al
sitio por donde corrían las aguas en el fondo del valle. Oyó los
salvajes alaridos de la cacería en que se hallaba la manada, y se
detuvo: el mugido del sambhur perseguido; el resoplar del gamo cuando se
ve acorralado. Resonó entonces el coro de perversos e insultantes
aullidos de los lobos más jóvenes: -¡Akela! ¡Akela! ¡Que el Lobo Solitario muestre su
fuerza! ¡Paso al jefe de la manada! ¡Salta, Akela! Debió saltar el Lobo Solitario, marrando el golpe,
porque Mowgli oyó el chasquido de los dientes y luego una especie de
ladrido cuando el sambhur lo hizo rodar al suelo al empujarlo con las
patas delanteras. No quiso esperar más para ver lo que sucedía.
Siguió adelante y los gritos se oyeron cada vez más débiles a medida
que se alejaba en dirección de las tierras de labor, donde vivían los
campesinos. -Bagheera tenía razón -se dijo, jadeando
fuertemente en tanto se arrellanaba sobre unos forrajes que encontró
bajo la ventana de la choza-, Mañana será un día muy importante para
Akela y para mi. Pegando luego la cara a la ventana, miró el fuego
que ardía en el suelo. Durante la noche vio a la mujer del labriego
levantarse y arrojar sobre las llamas unos trozos de algo negro. Y por
la mañana, cuando aún estaba todo envuelto en blanca y fría neblina,
vio a un pequeño, hijo del campesino, coger algo como una maceta de
mimbres, enjalbegada por dentro con tierra, llenarla de enrojecidas
brasas, colocarla bajo una manta y salir para cuidar las vacas en el
establo. -¿Es esto todo? -dijo Mowgli-. Si un cachorro como
ése puede hacerlo, entonces nada debo temer. Dobló la esquina de la casa, corrió hacia el
muchacho, le arrebató aquella como maceta y desapareció con ella entre
la niebla en tanto que el chico chillaba, atemorizado. Se parecen mucho a mí -dijo Mowgli soplando en la
maceta, pues así había visto que la mujer hacía-. Esto se me morirá
si no lo alimento añadió. Y púsose a arrojar ramitas de árbol y
cortezas secas sobre aquella materia de un color rojo tan vivo. A mitad de la colina se encontró con Bagheera, cuya
piel, por el rocío matinal, parecía salpicada de piedras preciosas. -Akela erró el golpe -dijo la pantera-. A no ser
porque te necesitaban también a ti, lo hubieran matado anoche. Fueron
en busca tuya a la colina. -Yo andaba por las tierras de labor. Estoy listo.
¡Mira! Y Mowgli le mostró aquella especie de maceta llena
de fuego. -¡Bueno! Falta aún otra cosa. Yo he visto a los
hombres arrojar una rama seca sobre esto, y al poco rato se abría la
Flor Roja al extremo de la rama. ¿No tienes miedo de hacer lo mismo? -No. ¿Por qué he de tener miedo? Recuerdo ahora (si
no es esto un sueño) que, antes de ser lobo me acosté junto a la Flor
Roja, y la sentía caliente y agradable. Todo aquel día lo pasó Mowgli en la caverna
cuidando su maceta y echando dentro de ella ramas secas para ver el
efecto que producían después. Halló una rama a su gusto. Al
anochecer, cuando Tabaqui llegó a la cueva y le dijo muy rudamente que
lo necesitaban en el Consejo de la Peña, se estuvo riendo hasta que
Tabaqui echó a correr. Se dirigió entonces al Consejo, pero riendo
aún. Junto a la roca, como signo de que la jefatura de la
manada se hallaba vacante, estaba echado Akela, el Lobo Solitario. Shere
Khan, con su cohorte de lobos ahítos de sus sobras, paseaba de un lado
a otro con aire resuelto y satisfecho. Bagheera estaba echada junto a
Mowgli éste tenía, entre sus piernas, la maceta del fuego. Cuando estuvieron todos reunidos. Shere Khan empezó
a hablar, cosa que jamás hubiera osado hacer en los buenos tiempos de
Akela. -No tiene derecho a hablar -murmuré Bagheera-. Díselo. Es de casta de perro;
verás cómo se atemoriza. Mowgli se puso en pie. -¡Pueblo Libre! -gritó--. ¿Dirige acaso la manada
Shere Khan? ¿Qué tiene que ver un tigre con nuestra jefatura? -Al ver que el puesto estaba vacante y como se me
suplicó que hablara... -empezó a decir Shere Khan. -¿Quién lo ha suplicado? ¿Es que nos hemos
convertido todos en chacales para adular a este carnicero, matador de
reses? La jefatura de la manada pertenece en exclusiva a miembros de la
manada misma. Dejáronse oír feroces aullidos que significaban: -¡Silencio, cachorro de hombre! -¡Que hable! Observó fielmente nuestra ley. Al fin, los ancianos de la manada Gritaron con voz
tonante: -¡Dejad que hable el Lobo Muerto! Cuando un jefe de la manada yerra el golpe en la caza
y no mata a la pieza que perseguía, recibe el nombre de Lobo Muerto
durante el resto de su vida, que ya no es muy larga, por regla general. Akela levantó la cabeza con aire de fatiga, porque
en ella había ya impreso su sello la vejez. -¡Pueblo Libre, y vosotros también, chacales de
Shere Khan! -dijo-. Os dirigí en la caza durante doce estaciones, y
siempre os volví de ella sin que ninguno cayera en una trampa o quedara
inutilizado. Ahora erré el golpe. Sabéis bien que me hicisteis atacar
a un gamo que no había sido corrido previamente para que así resaltara
más vivamente mi debilidad. ¡Hábiles fueron vuestros manejos! Os
asiste el derecho de matarme aquí, ahora mismo, en el Consejo de la
Peña. Por tanto, me limito a preguntar esto: ¿quién le quitará la
vida al Lobo Solitario? Porque, según la ley de la selva, a mí me
asiste también otro derecho: exigir que os acerquéis a mí uno a uno. Se hizo entonces un prolongado silencio, porque no le
parecía muy agradable a ningún lobo tener un duelo a muerte con Akela. De pronto, Shere Khan rugió: -¡Bah! ¿Qué nos importa lo que masculle ese viejo
chocho y sin dientes? ¡Pronto morirá! Ese hombrecito es quien ya ha
vivido demasiado... ¡Pueblo Libre! Fue mi presa desde el primer día:
dádmelo. Ya me cansa ese loco empeño de querer hacer de él un hombre
lobo. Durante diez estaciones no hizo sino molestar a todo el mundo en
la selva. O me dais a ese hombrecito, o de lo contrario os prometo que
cazaré siempre aquí y no os daré ni un solo hueso. Él es un hombre,
un chiquillo de los que tienen los hombres, y yo lo odio hasta los
tuétanos. Y entonces, más de la mitad de los lobos que
formaban la manada, aulló: -¡Un hombre! ¡Un hombre! ¿Qué tiene que ver con
nosotros ningún hombre? ¡Que se vaya con los suyos! -¿Y que alce contra vosotros a toda la gente de los
pueblos? ¡No! Dádmelo a mí. Es un hombre, y ninguno de nosotros puede
mirarlo fijamente en los ojos. Levantó de nuevo Akela la cabeza y dijo: -Ha comido de lo nuestro; durmió con nosotros hasta
hoy; nos proporcionó caza; nada hizo que fuera contrario a la ley de la
selva... -Además, yo pagué por él un toro cuando se le
aceptó. Vale poco un toro, pero el honor de Bagheera es algo por lo que
acaso esté dispuesta a pelearse -dijo la pantera en un tono de voz que
suavizó cuanto pudo. -¡Un toro que fue pagado diez años atrás!
-gruñeron entre dientes los lobos de la manada-. ¡Qué nos importan
unos huesos roídos hace ya diez años! -Decid mejor: ¿qué nos importa una promesa?
-respondió Bagheera, enseñando sus blancos dientes por debajo del
labio-. ¡Bien os queda el nombre de Pueblo Libre! -No puede juntarse con el Pueblo de la selva un
cachorro humano -rugió Shere Khan-. ¡Deberéis entregármelo! -Por todo es hermano nuestro, excepto por la sangre
-continuó Akela-. ¡Y quisierais matarlo aquí! A la verdad, harto he
vivido. Algunos de vosotros comen ganado; de otros oí decir que, bajo
la dirección de Shere Khan, van de noche, amparados por las sombras, a
robar niños a las mismas puertas de las aldeas. Deduzco de esto que
sois cobardes y que hablo con cobardes. Ciertamente he de morir y mi
vida carece ya de valor, mas, a tenerlo, la ofrecería en lugar de la
del hombrecito. Pero prometo, por el honor de la manada (honor.. . una
bagatela que habéis olvidado desde que no tenéis jefe), os prometo
que, si permitís que ese hombre cachorro vuelva con los suyos, no he de
enseñaros los dientes cuando me llegue la hora de morir; esperaré la
muerte sin resistencia. De esta manera, se ahorrarán a lo menos tres
vidas. No puedo hacer mas. Si aceptáis lo que os digo, os ahorraréis
la vergüenza de matar a un hermano que no ha cometido ningún delito...
un hermano cuya vida fue defendida y comprada cuando se le incorporó a
nuestra manada, de acuerdo con la ley de la selva. -¡Es un hombre.., un hombre. un hombre! -gruñeron
los lobos, y la mayor parte de ellos se agruparon en torno de Shere
Khan, que se azotaba los flancos con la cola. -En tus manos queda ahora todo el asunto -dijo
Bagheera a Mowgli-. No queda ya otra cosa para ti o para mí que luchar
ambos contra todos. Mowgli se puso en pie teniendo entre sus manos la
maceta de fuego. Estiró los brazos y bostezó mirando a los del
Consejo; pero se sentía loco de ira y de pena al ver que los lobos,
actuando como lo que eran, le habían ocultado siempre el odio que
sentían por él. -¡Escúchenme! -gritó-. No existe ninguna necesidad
de que estén aquí charlando como perros. Tantas veces me dijeron ya
esta noche que soy un hombre -y, a la verdad, por mi gusto hubiera sido
un lobo hasta el fin de mi vida-, que empiezo a comprender que están en
lo cierto. Ya, en adelante, no les llamaré hermanos míos, sino sag
(perros), como los llamaría un hombre. Ustedes no son quién para decir
lo que harán o dejarán de hacer. Este asunto me corresponde a mí. Y
para que puedan hacerse cargo más claramente de esto, yo, el hombre,
traje aquí una pequeña porción de la Flor Roja que tanto les
atemoriza, como perros que son. Arrojó al suelo la maceta de fuego; algunas de las
brasas prendieron en un montón de musgo seco, que ardió de inmediato,
en tanto que retrocedía aterrorizado todo el Consejo al ver elevarse
las llamas. Luego, lanzó Mowgli sobre el fuego la rama que
llevaba, y cuando se encendió chisporroteando, empezó a agitarla
rápidamente por encima de los acobardados lobos. -Ya no queda aquí más amo que tú -dijo Bagheera en
voz baja-. Salva la vida a Akela; fue siempre tu amigo. Akela, el serio y viejo lobo que jamás había pedido
misericordia a nadie, dirigió a Mowgli una triste mirada, en tanto que
éste se erguía completamente desnudo, la negra y larga cabellera
caída sobre los hombros, iluminado por las llamas de la encendida rama
que agitaba y hacía temblar a las sombras. -¡Bueno! -prosiguió Mowgli mirando pausadamente en
torno suyo-. Ya veo que no son sino unos perros. Los dejo, para irme con
mi gente... si es que hay en el mundo semejante cosa. Desde hoy la selva
será campo vedado para mí y debo olvidarme de su amistad. Pero me
mostraré más generoso que ustedes, por la sola razón de que, excepto
el ser hermano por la sangre, fui todo para ustedes, por esta sola
razón les prometo que, cuando sea un hombre entre los hombres, no les
haré traición, como ustedes me la hicieron a mi. Golpeó el fuego con el pie y el aire se llenó de
chispas. -Ninguna guerra habrá entre nosotros -prosiguió-.
Pero antes de dejarlos, he de saldar una deuda. Y a grandes pasos se dirigió hacia donde se hallaba
sentado Shere Khan sobre sus patas y parpadeando con aire confuso al
mirar las llamas, lo cogió por el puñado de pelo que tenía bajo la
barba. Bagheera lo siguió, en previsión de lo que pudiera suceder. -¡De pie, perro! -gritó Mowgli-. ¡ Levántate
cuando te habla un hombre, o si no, te abrasaré la piel! Shere Khan bajó las orejas hasta aplastarlas sobre
su cabeza y entornó los ojos, porque veía muy cerca de él la rama
ardiendo. -Este cazador de reses dijo que me mataría en el
Consejo, porque no pudo matarme cuando yo no era sino un cachorro. Así
pagamos nosotros a los perros cuando llegamos a ser hombres. ¡Si mueves
uno solo de tus bigotes, Lungri, te hundo la Flor Roja en el gaznate! Golpeó a Shere Khan en la cabeza con la rama y
gimoteó el tigre con voz plañidera, agonizante de terror. -¡Bah! ¡Lárgate ahora, chamuscado gato de la
selva! Pero deberás recordar lo que digo: cuando yo vuelva al Consejo
de la Peña, como es debido que todo hombre vuelva, lo haré con mi
cabeza cubierta con tu piel. Por lo demás, Akela queda en libertad de
seguir viviendo, del modo que mejor le cuadre. Nadie lo matará, porque
no es ésa mi voluntad. Ni creo, tampoco, que estarán aquí más tiempo
con la lengua colgando, como si fueran más que perros que yo arrojo de
este lugar. Por tanto, ¡andando! El extremo de la rama ardía furiosamente; Mowgli
empezó a vapulear con ella, a un lado y a otro, a todos los que
formaban el círculo. Echaron a correr los lobos aullando al sentir que
las chispas les quemaban el pelo. Y, al cabo, no quedaron sino Akela,
Bagheera, y unos diez lobos que se habían puesto del lado de Mowgli. Y entonces sintió éste en su interior un dolor como
jamás lo había experimentado, y, tomando aliento, sollozó, y las
lágrimas le corrieron por las mejillas. -¿Qué es esto?.. . ¿Qué es esto?... -exclamó-.
No quiero abandonar la selva y no sé qué me ocurre. ¿Estoy
muriéndome acaso, Bagheera? -No, hermanito. Eso no son sino lágrimas, como las
que derraman los hombres -le explicó Bagheera-. Ahora sí eres un
hombre, y no sólo un cachorro humano, como antes. A la verdad, la selva
se ha cerrado para ti desde hoy. Que corran, Mowgli; no son más que
lágrimas. Mowgli se sentó y lloró como si su corazón fuera a
rompérsele en pedazos. Era la primera vez que lloraba. -Ahora me iré con los hombres -dijo-; pero antes
debo despedirme de mi madre. Dicho esto, se dirigió a la cueva donde ella vivía
junto con papá Lobo, y sobre su piel derramo nuevas lágrimas en tanto
que los cuatro lobatos aullaban tristemente. -¿No me olvidarán? -les preguntó Mowgli. -Nunca, mientras podamos seguir una pista
-respondieron los cachorros-. Cuando seas un hombre, llégate hasta el
pie de la colina, para que hablemos contigo. iremos también nosotros,
de noche, a las tierras de cultivo y jugaremos juntos. -¡Vuelve pronto! -dijo papá Lobo-. ¡Vuelve pronto,
pequeña rana sabia, porque tu madre y yo somos ya viejos! -¡Vuelve pronto! -repitió mamá Loba-. ¡Vuelve
pronto, desnudito hijo mío! Porque... oye esto que voy a decirte...:
siempre te quise más a ti, aunque seas hijo de hombre. que a mis
cachorros. -Volveré sin duda -respondió Mowgli-. Y cuando lo
haga, será para extender sobre la Peña del Consejo la piel de Shere
Khan. ¡No me olviden! ¡Digan a todos en la selva que ellos tampoco me
olviden nunca!... Y apuntaba el día cuando Mowgli bajó de la colina,
completamente solo, para dirigirse en busca de esos seres misteriosos
que se llaman hombres. Canción de Caza de la Manada de Seeonee Ya el sambhur baló al amanecer |