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CARTA LIMPIA A MI BURRO
Pensativo en el cerro te levantas, bostezas;
tu rebuzno estirado penetra en la mañana;
inocente y sencillo, zambulles la cabeza
en el mar sin espuma de la verde sabana.
Mas, de pronto, en tu día de tropical franqueza,
ruborizas lo blanco de la paz aldeana.
Pero el río te lava tu pecado y tu lana.
Ya ves, querido amigo de Juan Ramón y mío,
cada vez que se sube por tu cuerpo el verano
tu aventura la lavan golpecitos de río.
En tanto que el pecado del hombre, que es el mío,
se lava con el plomo que se queda decente
en el cuerpo enterrado, como semilla ardiente.
Qué bien estás, peludo, con tu noche de paja!.
Ya ves, querido amigo de Juan Ramón y mío,
dos hombres con dos duelos que en sólo un dolor cuaja:
Ante ti, que bien puedes lavar todo en el río.
Ante ti que no sabes ni decir: esto es mío.
Qué bien, tú sin Pitágoras, junto al cielo entre alambres,
comiendo florecillas como un ángel con hambre...
CARTA A FUERZA DE BLANCO
La sonrisa del campo es tan sólo azucenas.
A trapos celestiales el duende que hace el día
les exprime allá arriba labradoras sus venas,
y va la tierra al cielo por húmeda ambrosía.
La brisa es la amazona que monta azul los ciervos.
Y no mancha el vestido de la ingenua mañana
ni la Historia del luto que se roban los cuervos.
Porque el buey aquí limpia. Lo haragán aquí sueña.
Se despierta el enano, infantil caserío.
Paulatino el arado la llanura desgreña.
Y el sol es lo más joven que se baña en el río.
Ya ves, pequeño amigo, todo aquí lo estás viendo.
Dios está del tamaño de este indito bebiendo
en el hueco de agua de su mano que es misa.
Quédate quieto ahora. Cuando el sudor huyendo
del fondo de tu cráneo, en tu frente se para,
es que a pensar se pone la gota de agua clara.
CARTA A PEDRO
Cuando tú conversabas con el agua que pasa,
siempre el río era un hombre. Pedro, tú me comprendes,
tu palabra era un poco de escoba de la casa.
Pero tu voz, ahora, tiene voz de moneda...
Ensucia muchas manos y en ninguna se queda...
Entre libros de ciencia sé que vives ahora.
¿Sabes tú que la ciencia sueña igual que nosotros?
Va repleta de ríos, de montañas, de aurora.
El Derecho es tan manso como la Geografía,
tiene el alma de santo, y la voz como el día;
las Leyes son tan buenas, gran amigo, tan buenas,
que me cuesta decirte que son Leyes apenas...
Pero Pedro, tú sabes
que esto sólo es un chisme entre tu voz y el ave.
Tu divorcio del canto sé que al fin te desvela,
va sé que volverás, marinero, a tu vela.
Pues tú que roto en sol te diste al trino,
que sobre las maldades, casi no pisas, vuelas
vendrás a dar al viento tu corazón de pino.
Tu corazón, ¿me entiendes?
Mira todas las cosas que se ven a través
de tu ventana abierta, se despiertan, ¿las ves?
Rizan el sol las barbas del maizal temprano,
y bajo un cielo parlanchín de loros
jinete un Pancho devorando el llano
despereza con voces el alba de los toros.
Su piel azul el día moja en el agua clara.
Una novia inclinada roba un poco de río,
y el barranco se empina para verle la cara.
Ya ves, Pedro, que aún.
UNA CARTA A CACÁN COLOR DE AGUA
Hoy un vaho me lleva a un lugar de mi infancia.
Mas no recuerdo nada de mi pueblo.
Ni siquiera a mi perro que les lamía el ombligo
pegajoso de dulce a los muchachos;
o aquel silencio mío frente a los guitarreros
que se llenaban (le recuerdos los dedos
cuando apretaban la tarde en su guitarra.
Yo tenía muchos nombres y gritos
escritos con carbón en las paredes de mi casa
y en otras paredes que me olvido, porque siempre
me come la memoria este Santiago...
el Santiago de Guaco el campanero
que me metía él alba en todo el cuerpo;
o aquel de Mister Palmer, el avaro, el que siempre
con un ojo en el corazón
y el otro entre los números,
se enterraba en las nieblas para alumbrar con oro.
Mas yo no digo esto por decir estas cosas...
Son piedras
que se caen en mi sangre.
Pero no, yo no recuerdo nada de mi pueblo.
Ni aún a mi primer placer
que todavía en mi porción de niño tonto
se me agarra de cosas bien lavadas porque allí,
está tal vez intacto todo aquello
que no ha ido en el viaje...
Lo sabe Petronila la cocinera negra
que me mataba duendes a las dos de la noche;
¡la pobre "Petro" que peinaba escobas
para cuidar las crines de mi caballo de palo!
No, yo no recuerdo nada de mi pueblo.
Ni al haitiano que un día husmeando mis tres años.
vino a buscarme el alma para espantarle
un terco "mal de ojo";
-me la quería meter en un huesito...
la quería curar en su amuleto.
No, yo no recuerdo nada...
Solo veo paisajes muertos entre dos párpados...
Voy a hablar de una ciega,
a la que con mis aguas sonámbulas de niño
le pintaba en la falda garabatos de ámbar;
hablo de aquella voz que envuelta en su franela
me caminaba el cuerpo lo mismo que un ungüento.
Yo casi ya no quiero decirle que soy hombre...
Me vio tan indefenso, tan sencillo, tan simple,
que podría asustarse... Yo hablo de Cacán:
la que con carne y huesos, siempre me lavó el alma;
la que conoce mis intestinos de cuatro meses;
la que en mi habitación
me puso una pacífica ubre de burra
para que no muriera mi grito de dos días.
No, yo no hablo de otra cosa.
Yo no tengo otra cosa...
Yo no recuerdo nada de mi pueblo.
Hay sólo allí una cosa:
la que mató la muerte de mi nacimiento...
La que conoce mi primera muerte...
Hablo de esta Cacán. Sólo yo puedo hablar.
Yo que ensucié sus manos de siempre niña,
con mis asuntos de varón naciendo.
Yo que aprendí en su carne casi a no ser de carne;
yo que vi en sus arrugas mi primer alfabeto;
yo que tengo la edad de una aldaba de casa,
aquella aldaba flaca que siempre nos cuidaba
de las revoluciones.., como también -y siempre-
de robos cibaeños...
No, yo no recuerdo nada de mi pueblo
Tal vez allí no hay nada...
Mas yo hablo de un patio
y de una piedra grande pulida por la siesta
de Cacán y la lluvia.
Tal vez allí no hay nada...
Pero hay un niño triste.
¡Qué más que un niño triste!
Alguien conoce mi primera muerte...
TEMA PARA Ml INSTINTO
Tal vez allí la abuela
con su cutis pegado al esqueleto,
desempolva palabras con su remota lengua,
y más allá mis años en el país del patio;
porque yo casi siempre fui un niño de ventana,
un niño junto a cosas que me quedaban lejos;
pero fui siempre triste desde que tuve ojos..
desde que ví las cosas y las metí en la letra.
Yo que estaba tranquilo,
yo que estaba tan simple como la vaca y la azucena;
yo que estaba manuable lo mismo que la yerba;
yo que tenía tranquilidad de almohada;
yo que dormía y siempre
me despertaba el mismo...
Yo que tal vez sin comprenderlo,
estas cosas guardaba,
y en mi cuerpo,
y en mí
las usaba con la misma sencillez
que la muchacha sin uso
lleva el alba en su falda...
Pero no... no estoy tan triste...
El agua no está triste,
el aire no está triste;
yo debo estar allí...
porque alguien me busca.
Alguien me está tocando
en el agua y el aire.
NIÑO MUERTO EN UN PATIO
Tal vez no diga nada, ni siquiera del patio.
Todo está en aquel sitio.
Su caída levanta todas mis cualidades,
porque sé que estas cosas
son las que bien me obligan a no desperdiciarme.
Tal vez no hable con nadie sobre este niño muerto.
Yo llegaré a mi casa como todos los días;
me sentaré a la mesa, tomaré mi jengibre,
quizá acaricie el pelo de seda de mi gato,
y tal vez dos palabras conmigo o con mi hermano
sobre la lluvia o sobre la cosecha.
Tal vez no hable con nadie...
¿Qué puede hacer la edad de la palabra
donde la eternidad parece un niño?
TIEMPO DE LA TIERRA
Acostumbraba yo mi cara a la ventana
porque de ese lado daba un patio, daba
un poco de patria abierta, un poco
de patria que crecía en unos niños,
y también en un perro...
Pero, la emoción, es una muchacha simple,
tan sencilla, tan pura,
que su pudor es estar desnuda...
y hoy me llega a los brazos quitándose
golondrinas, cisnes, pelucas, y hasta
lo de todos los días:
su trago de vinagre para ponerse la piel
color de tecla usada;
y tener (con permiso de Bécquer)
una tísica voz para sus rimas...
Cómo puedo a esta hora
mirar al burro y adornar su infancia...
si así con su inocencia me llega y me desnuda
a sílaba precisa donde me cabe el alma,
y todo lo que tenga que ver con esas cosas
que nos manda el ingenuo carpintero
que está clavando algo delicado
dentro de nuestra jaula de costillas.
¿Pero aún estoy yo fuera de época?
¿No se me cae aún esta epidermis?
He despertado todo lo que llevo en mi cuerpo;
porque todo también me recuerda la muerte;
hasta la patria que se vuela y pone
una arista de luto en cada uña;
yo me preparo ahora para el tiempo que tenga
su medida de hombre.
¿Con quién lucho a esta hora que no sea la tierra?"
¿A quién puedo yo darle mi canción como trigo?
¿Quién puede alimentarse con mi grito?
¡Cómo pesa en la frente el cadáver de un sueño?
AIRE DE CARNE
Bruto como el relámpago y el árbol,
yo no comprendo nada todavía. Sólo traigo
algo de la caída de la lluvia, porque siempre
hasta el llanto me viste de agua boba las manos.
Es que desde muy niño
se me quedó en el cuerpo tanto cielo,.
tanto la cosa libre,
que me pregunto a veces si he crecido en el hombre,
porque en mi propia casa nadie entiende
porqué me pongo a ratos a hablar solo,
yo que no tengo edad para esas cosas...
Pero comprendo que algo me reparte;
esto lo sabe el buey madrugador que hamaca
en su hilo de baba sagrada a la mañana.
A veces me parece que me están expatriando
mis propias explicaciones...
Es que quiero decir
que yo nací en un pueblo, junto a dos campanarios
y a tres cuadras del río. Pero esto...
¿qué quiere ésto decir?
Yo simplemente enumero,
no canto, no explico.
Es que ahora
le tengo tanto miedo a la palabra,
le temo tanto al sueño que se quiere vestir...
dudo que si le pongo lo medido, lo justo,
se me quede en el sueño...
No..No quiero hablar de cosas que me rodean.
La letra y el sonido son pequeños sirvientes...
¿Qué puede hacer aquello que en lo mudo se oye;
qué puede hacer si siempre
se nos muere en la sílaba?
Lo que yo puedo ahora
es sentarme en la piedra, y en un silencio
parecido a los ojos donde no duerme el grito.
Mi pobre grasa, mi pobre cuerpo
se mantiene de físico.., pero a su lado yo..
le preparo mi insomnio,
lo educo en el desvelo,
en mi seguro y puro sacrificio...
AMISTAD CON EL DIA
Nosotros, los que siempre
hablábamos con lengua parecida a la rosa,
los que con la palabra del color de la lluvia
juntábamos los niños,
y dábamos un poco de hombre distraído,
nosotros, a los que nos limpiaban estas cosas,
se nos cayó de pronto la amistad con el día.
Veo que no teníamos los ojos, nosotros
que queremos ahora saber lo que es el hierro...
hablamos con las manos que lo guardan;
hablamos con las manos que encallecieron
de tanto hacer fusiles.
Yo no comprendo nada.
No sé nada.
La infancia de mis manos no conoce otra cosa:
-carabinas de palo, cañones vegetales,
y aún después...
Se me viene de súbito a mi oreja de niño:
el orador del pueblo que me obliga
a ver una moneda en cada lágrima,
porque a aquel resonante bigotudo,
que húmedo despedía los entierros,
Pitágoras del llanto, no podía
ni el ataúd quitarle la careta.
Pero hablar como debo... es más que una aventura
Todavía
hablo con el cochero de mi pueblo,
le saco muchos duendes...
me le meto en su coche -ya sin tiempo-
y no sé porqué huelo las gomas de sus ruedas
calientes y macizas como senos de quince...
como senos de quince derritiendo azucenas.
Más oigo todavía mi casa hecha palabra,
la familia por todas las rendijas saliéndome,
mordiéndome con sílabas:
queriendo que yo siempre tenga en mis manos pan...
poniendo en mi epidermis una palabra: hombre.
Pero, ¿quién, quién ahora,
puso a pensar mi silla,
mis zapatos,
mi catre?
¿Quién le quitó a estas cosas su sitio de cadáver?
CARTA A MANUEL
Enséñame, viejo puente,
a dejar pasar el río.
Compadre Mon.
Qué pesado, qué difícil se me hace este "yo soy".
Esta afirmación se me echó al hombro una vez, una sola.
Se me echó, desde luego, cuando no la pensaba
sino que la decía.
Aun no había crecido,
era el momento preciso
en que iba a comenzar ese pecado.
¿Quién me puso a crecer?
Todavía lo ignoro,
pero el hecho tan solo de saber que yo pienso
es ya bastante triste.
Pues mira, Manuel, la cosa no es tan simple:
un poco de crecimiento es un poco de sangre,
es decirle ya al hombre que sacrifique sus huesos
por el tamaño de la palabra,
por el temblor de algo que no se comercia,
por aquel "ven a verme",
"fíjate aquí dentro",
"mira que aquí no hay nada que no lo haya hecho
la responsabilidad de lo no transitorio,
de lo que un día te dirá:
por qué no me tomaste (le la mano
yo que soy una cosa tan sencilla,
y no se te ocurrió ni siquiera pensar
que la nada vive en tu cuerpo,
vive de ti, se alimenta de tus virutas,
vive de tus pequeñeces.
En tus muebles barnizados,
en el brillo de tus zapatos,
en el resplandor de tu espada sin duelo,
en el sonido (le tus monedas,
en la blancura de lujo de tus clientes,
en fin,
en todo lo que para ti tiene una sonrisa
de abundancia y bienestar con fecha,
¡qué bien está allí la nada,
qué justa,
qué verdadera,
nunca la vi tan perfecta!
Ya ves, Manuel,
qué difícil que es ahora decir "yo soy".
Mi físico, mi boca,
esa cosa simplemente fabricada
con lengua, con dientes, con labios, con paladar,
con sonido, con la piel de mi acento,
toda esa materia puede decir palabras,
las que quiera,
pero qué dura es y cómo dura la que no me sale.
Ya ves, Manuel, qué poco estoy...
Voy a acercarme hoy a los que no han llegado.
Que no me toque ahora lo maduro.
Que no me toque ahora el pensamiento,
que ya estoy junto a los niños que juegan
con su "yo soy".
¡ Qué bien estoy junto al principio...
Qué bien estoy donde no estoy.
Oh, tiempo sin mí, nunca te vi tan inútil!
¿Podré decir ahora:
Manuel, hemos llegado,
toma este alimento para que estés fuerte
junto a las cosas del hombre,
y ante el espectáculo cierto de lo maravilloso,
porque desde que se llega se comienza a morir,
no ves que un poco de paisaje te va quitando materia:
las cosas innecesarias,
y acumula eternidades allí,
donde puedes defenderte de las caricias
de la pobre sensibilidad de la piel,
de la inocente comodidad de lo físico,
de esa medida exclamación: ¡carne mía!?
Quizá ya, para este límite,
la cáscara comprenderá tu responsabilidad,
tu sacrificio,
y no podrá decir "espérate",
mira que eres un buen padre de familia,
mira que tienes tantos años".
No. Ya no podrá decírtelo.
Mucho has tenido que callar,
mucho has tenido que gritar,
mucho has tenido que dejar de dormir,
mucho has tenido que dormir,
mucho has tenido que soportar esta absurda palabra:
-haragán-.
Pero, no obstante, te han dicho esta otra:
-niño--.
Y esta última palabra los hombres, a pesar de que la dicen,
no la comprenden,
te la tiran a la cara como una piedra de buena fe,
pero piedra al fin.
Ah, pero ellos no lo saben,
no comprenden la cantidad de hombre
que hay en tu niño,
no comprenden lo hombre que tú has tenido que ser
para salvar tu niño;
no comprenden lo mucho que el secreto ha luchado
para sacar de las nieblas:
agua pura,
aire puro,
y todas esas cosas de la infancia del mundo.
Ya ves, Manuel, qué inevitable estás:
en el agua,
en el aire...
Hoy, con la hilacha blanca de tu sonrisa de niño
le vas cosiendo al hombre las roturas del alma.
LA PALABRA COMIDA
Comida.
De niño -casi siempre-
oía esa palabra que venía como un poco de aire,
de aire maternal que por todos los rincones
pasaba suelto,
sin compromiso,
sin pensamiento,
sin malicia,
sin nudos:
lo traía mi madre o mi tía o cualquiera...
y a veces, y hasta el vecino honrado
lo echaba por el patio.
Después,
me puse grandecito,
y la palabra comida ya no la sentía
pasar como un aire limpio;
y como los oídos y los ojos
ya los tenía más abiertos,
veía que los que pronunciaban esa palabra
hacían un gran esfuerzo para decirla,
y sentía que caía en mis oídos
de una manera diferente,
era como un metal que venía de la sangre,
de algo que no pertenece al sonido, ni al aire,
es algo que era ya lo meditado.
Y crecí un poco más,
hasta llegar donde se mide el hombre.
¡Y he regresado a casa,
y he visto unos juguetes,
un cuchillo de juego,
un tenedor de juego,
un plato y otras cosas.
¿Y yo jugué con esto?
¡Ah, pero si debo regresar!
Y con mis manos llenas de callos que piensan,
llenas de cicatrices ajenas,
llenas de cerebro,
llenas de letras de arrugas,
llenas de historias de falsas caricias,
de apretones de mano hacia la noche,
pesadas de obligados, de protocolares adioses,
endurecidas, casi piedras
de sostener tantos siglos un minuto...
esa dura porción de nuestra vida,
esa inútil verdad,
esa asquerosa responsabilidad,
ese pesado duende que odiamos y queremos,
esos "no te me vayas", "quédate un poco más",
"tal vez hay algo, quédate corno un odio",
"quédate como un fuego sin reposo en el grito".
Y con esas,
con esas horribles,
con esas manos sencillamente horribles,
con esas manos mayores,
me he puesto a jugar con Chinchina,
y su voz de siete años grita:
"comida",
"comida".
Y yo le doy comida... ¡la que sabe a comida!
la que también a mí, a la edad de Chinchina,
me sabía a comida... sí, a comida...
¡Qué triste que te pones paladar cuando creces!
¡Sólo ya la palabra pantalón te sostiene!
Esto es llorar sin que lo sepa el ojo,
sin que lo sepa el agua... |