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POEMA 14
Si cuchillos aquí no te redimen.
Siempre duele tu voz cuando se calla
por estas tierras de callado crimen.
Ni el silencio del ojo con su maña,
ni los niños que miran y no saben
a qué precio tu mano en la montaña.
Ni la lucha del río que tan recio
acorrala de cielo los barrancos,
son ya tan criollos como tu desprecio.
Ni tu caballo, que sentí la gana
de hablar con él, porque a tus venas puso
del tamaño del campo y la mañana.
Ni el silencio de carne de los jueces,
peligroso silencio de candado,
que le tira ya anzuelos a tus peces.
Sólo te pones blando y sólo fijo...
cuando tal vez para lavar tus manos
hablan tus dedos con el Crucifijo.
Compadre Mon, es que quizá te vuela
lo que en otro camina.., porque miro
todo el campo metido ya en tu espuela.
Y no busco la tierra... tú presente.
Para saber a qué me sabe el monte
ya no huelo tu piel... huelo tu diente.
POEMA 15
Como si te pusiera charretera,
el sol baja a tus hombros, y parece
condecorar tu cicatriz primera.
Hasta el viento lo sabe y madrugando
se siente alumno de tu potro y viene
el gallardete de su cola izando.
Compadre Mon, la tierra se te sale
por la rendija de tu voz que lleva
la patria fresca como luna nueva.
Pero sube tu risa, dura y clara,
viene de tanta piedra y cielo recio,
que es más triste ya riéndose tu cara.
Se fertiliza en tu mirada el llano,
ya que en tus ojos lentamente nacen
los ríos de la patria, pero en vano...
Vienen tan hondos... que ni tú los viste...
los ocultos sudores de tus ojos
que no gotearon ni cuando naciste.
Cuando también veranos primitivos
dejan caer tu vida gota a gota
casi cayendo en puntos suspensivos.
Oigo tal vez la vena que te habita,
la voz de la trinchera de. tu mano,
la tierra que te sube y que te grita.
Y allá, dice aquel viento, no me paro.
-yo soy un agua desbocada y quiero
ponerme oscuro para ser más claro--.
Fabrica de repente flechas roncas;
y acriollando rabiosos nubarrones
se roba el cielo tus revoluciones...
Pero sabrás, Compadre Mon, que a veces,
sube la tierra en trigo, cuando siempre
más que oyendo tu voz, oye los meses.
Es carne ya, Compadre Mon, la fuga
de este viento de agua con que lavas
la patria que te sale en cada arruga.
POEMA 16
Ni las leguas del ojo que no para,
ni aquel pintor que te ha robado el campo,
tienen más tierra que la de tu cara.
Trae el ángel del aire dura prosa:
-Yo sin caballo, ya no soy un hombre,
Compadre Mon a pie, ya es una cosa...
Tu mirada tal vez me lo decía:
-Qué dura está para vender la patria,
si mi caballo es ya la geografía-.
Pero qué grande se te ha puesto y dura.
Hoy que te meten en un juez el campo,
hoy que en tus pies no cabe la llanura.
Compadre Mon, y no te sale poca...
la tierra que te sale por la boca.
Por la boca... ya ves, que ya se ve
lo cerca de la tierra que anda ahora...
¡anda tan sucio el pensamiento a pie!
POEMA 17
Allá, Compadre Mon, cuando trepando
ya andaba el aire por entre los cerros
con un olor de macho madrugando.
Por esas tierras donde la pisada
de tu potro fabrica ventarrones...
Por esas tierras donde tu mirada
era una soga que tirada al viento
enlazaba al novillo del instinto.
Por esas tierras de cuchillo lento...
Más que en la voz del agua que no para,
yo vi más campo, yo leí más campo
en el libro salvaje de tu cara.
Cara para aprender a oler la loma,
cuando el tabaco de tus ojos arde
con la criolla candela de la tarde.
Y las uñas hundidas en el día,
y tu gran barba de maíz en contra
del cadáver de un grito de sequía.
Ya quien recuerda es la nariz que andando
por esas tierras, en el aire encuentra
tu viejo olor de macho madrugando.
Y allá, Compadre Mon, tú me decías:
-Yo quiero que me entierren-
(Pero al hombre no te lo pueden enterrar los días).
POEMA 18
Qué bien, Compadre Mon, tu voz de mito
se me ensanchaba, cuando me decías:
--en aquel vientre me madura un grito-.
Y como si apedreara al tiempo humano,
sale otra vez tu voz llena de pájaros,
sube otra vez como entenado grano.
Tú que no vuelves imitando al río.
Mas por el vientre aquel que hundió tu goce,
ove tu voz de nuevo el caserío:
-Nueve lunas lo van desenterrando.
Es aquel grito que enterré dormido.
Hoy está Dios más criollo trabajando-.
-Tendrá un caballo grande y siete novias,
y no verá la mar, ¿para qué verla?
¿Para qué, con un potro, conocerla?
- Tu grito es corto, pero no es estrecho.
La tierra es ancha, pero siempre cabe
en lo que te golpea dentro el pecho.
POEMA 19
Esta es la tierra, viejo Mon, tu tierra,
la que con la mirada pisotearon
los hombres de otro idioma, los que siempre
a enterrar carne humana te enseñaron.
Mas no sé si tus ojos, ya tan viejos,
aunque los llena el cielo, están vacíos
como cuando están llenos los espejos.
POEMA 20
Ahora que me sabe a palo en bruto
tu primitivo olor, bajo la cáscara
de tu párpado el ojo ya es un fruto.
Esta es la tierra, la que se te mete
más allá del puñal que pequeñito
siempre termina donde empieza el grito.
POEMA 21
Entre párpados tuyos se amontona
el campo seco que el dolor en gotas
riega mejor que el agua cimarrona.
Ya veo un poco del azul que baja.
Casi ya bebo en tu mirada un poco
del agua que cosecha la tinaja.
Allá el río sin tregua, ¡ pasa tanto!
Sin embargo, no lava tus raíces...
(Nada lava mejor que agua de llanto).
POEMA 22
Pero Don Mon, la Primavera es cierto,
sale por tu sudor: agua de brío,
como si adelantándose a la tierra
se apareciera en tu animal rocío.
POEMA 23
Frente, tal vez, a los alegres lutos
de los ojos, allá, de las muchachas;
tus silencios también eran tus hachas...
Por tu silencio labrador, sencilla
la voz te sale de la carne y trae
el oficio que tiene la semilla.
POEMA 24
Anda descalza por aquí, la luna.
-Que no la ensucien, me dijiste, espero,
ni con el humo de los caballeros-.
Mas hay un humo, que sin ser del cielo,
el tiempo te lo pone más de luna,
¡qué triste es aquel humo de tu pelo!
POEMA 25
Y enterrándome velas, se quedaron
tus ojos en mi carne, me caminan
como un poco de monte; me enseñaron
a oír con el olfato tus raíces.
Oigo también, ahora, con los ajos,
oigo el discurso de tus cicatrices.
POEMA 26
Y aquí, donde era siempre una palada
de loma fresca y de llanura andando
tu furioso diamante: tu mirada.
Aquí también yo sé que hay algo mío.
(En el fondo del río, si está el cielo,
siempre se queda el cielo y pasa el río)
POEMA 27
Compadre Mon, pero por estas tierras,
qué hermosamente quieto
te pone en el peligro tu amuleto!
Tu amuleto ya ves, siempre tan útil
en tus manos aquello tan inútil...
Es que Compadre Mon, al caballito
de palo de tu infancia, todavía
lo montas como ayer, en su huesito.
POEMA 28
Trópico rabioso,
complicado y sencillo,
hay que enlazarte como a los novillos.
Yo seré corazón en tu baraja,
y me daré tan limpio como el agua
de tu rural nevera: la tinaja.
Voy a buscarme, tierra nacional,
tú me robaste, desde tus llanuras,
hasta la loma que preñó tu altura.
Pego la oreja, como el indio, en tierra...
Y ya, como un remoto chorrito de agua clara,
baja un canto de sierra:
Que no me diga
la geografía
que es un puntito
la tierra mía.
Voy a gritar:
que es pequeñito
también el mar.
Pero, don Mon, también estoy oyendo
aquello que te sangra todavía, diciendo:
A la puerta se queja una guitarra
La calle es una historia que camina.
Mientras queriendo comentar, amarra
la luna su barquita en una esquina.
Acostando a las cinco las estrellas,
se bebían los guapos el país:
iba de boca en boca la botella
como la boca de la meretriz.
En la puerta la emoción
desgranaba esta canción:
mañana vendré por ti,
y si no quieres venir,
lo mismo que a la moneda
te habrá de pasar a ti:
de mano en mano rodando
llegarás después a mí.
Era un aire varón.., no se callaba.
Saltó un cuchillo y se clavó en la voz.
Y a poco tiempo el cancionero estaba
caminito hacia Dios.
Trasnochadora como las estrellas,
pulpería color de los caminos,
llena el aire de cuentos como el trino,
la muerte que hay caliente en tus botellas.
Y la canción todavía
se oye así:
lo mismo que a la moneda
te habrá de pasar a ti,
de mano en mano rodando
llegarás después a mi.
Esta es la tierra, Mon, la que se sube
hasta tus manos, donde se convierte
¡en tanta vida... que nos da la muerte!
Pero cuando al peligro te regalas
hay algo tuyo que no está en peligro.
¡Vas más allá de donde dan tus balas!
Mira la tierra, sí, sube de nuevo
hasta tu pantalón de voz tan sola...
¡Aquí el mito otra vez de tu pistola!
SOL GALLERO
POEMA 29
Lugareñas chancletas, más tempranas que el trino,
cuchicheando le cuentan su domingo al camino.
De pronto,
como si a chispazos
tachuelas de oro clavaran al paso,
despiertan la tierra cuatro carpinteros:
cuatro cascos pasan llevando en la grupa
una madrugada: la de su gallero.
En su blusa de añil se arruga el cielo.
Al vuelo
-vena abierta en las manos del viento-
su vasto pañuelo de rojo violento,
sobre las ancas desde tempranito,
lleva en potro al domingo, nuevecito.
Y a poco los ojos abrió la mañana,
cruzó sin pisar la sabana;
una estrella fugaz cada espuela,
y la crin, una alegre candela.
Con dos espolazos,
la bestia liviana
poniéndole el pelo revuelto al sendero,
al ágil montero
lo puso en la hirviente gallera lejana.
Y en tanto se quita
la espuela que siempre le sangra en la cita...
jinete el día tropical le arranca
diamantes al bruto que llora en las ancas.
Mas como queriendo defender su gallo,
apenas se apeó del caballo,
rezó un poco, pero.., pero siempre el pillo,
cuando en una mano lleva el Cristo, lleva
la otra el cuchillo.
Y con voz entera
entró en la gallera,
y al entrar, gritó:
-Hoy ya, como quiera,
ganarán aquí
mi kikirikí
o mi pantalón...
Se abre las venas el día caliente
con picos de gallos,
pero se las beben los papagayos
del aguardiente.
El trópico sube por un aire y va
como si ascendiera por un asta ya.
Rabiosa la tierra se trepa a una
del kikirikí.
Y Bolo y Colú:
medio sonso el blanco,
varón el betún,
ponen quieto el ojo y allí ponen fina
la quietud que a veces tiene el ojo
sólo de la carabina.
Y Bolo y Colú:
ya el uno la rumba, y el otro el vudú. Ni el bongó de Haití
tan caliente el aire pone por aquí...
-Habla, bembú.
-¿Cuánto va tú?
-Tu bolsillo al mío..-Habla, bembú.
Los bajos fragantes de roncos pilones
mucho más que al ojo, la nariz despierta
de los dormilones.
La gallera crece, crece en vocerío.
y en medio del humo de aroma
que envió en el café y el tabaco
la loma,
el oro del día no brilla más fuerte
que el oro sencillo
que sale de pronto del sucio bolsillo;
y oliendo a sudores y a vida y a muerte
los gallos se pican,
se corren, se agrandan, se achican;
y en tanto a la arena
de gordos calientes rubíes salpican.
Balín, el muchacho
que tiene la cara de caminos llena,
con sus pies borrachos
se mete en la arena,
y con el dedote puesto en el gatillo
de una gran pistola, esto grita el pillo:
-Hay aquí un gallero
que mi voz no traga
Y apenas el guapo con el arma amaga,
una bala vuela, y cae como un rayo
junto al gallo muerto, muerto el bandolero,
el que fue primero
más ladrón de faldas, que ladrón de gallos.
La gallera hirviendo se vuelca en la arena
y como si echara por la herida el grito,
se emborracha viendo como alcohol las venas.
En tanto, cantando, y al filo del día,
un recio jinete que a tiros crecía....
clavó sobre el llano
su potro que a poco era un punto lejano,
un punto con doble triunfal resplandor;
llevaba su gallo
el oro
sonoro
del juego
y en todas sus plumas el oro del sol..
POEMA 30
Ya ves, Compadre Mon, esta es la tierra
que despertaste. Todavía pierdo
más lo que vivo que lo que recuerdo.
Nunca vi negra, viejo Mon, aquella
tempestad de relámpagos: tu vida,
¡ siempre tan peligrosamente bella!
Tú la tierra parada
lo mismo que un cuchillo con la punta enterrada.
Por eso, aunque sencillo, tu gesto, todo encierra:
si a tu cuerpo lo oprimen, le dolerá a la tierra;
si a la tierra la pisan, lo sentirá el cuchillo.
POEMA 31
Bajo tu potro es un juguete el llano,
bajo tu potro tan dominicano
que le sirve de espuela la corneta,
y vuela más que la guinea inquieta
que en las plumas se pinta municiones
para robarle el blanco a la escopeta.
Mucho más me penetras y perduras
cuando desgranas tus aventuras
ante el espanto de la llanera
que puso al cuello de los soldados
el amuleto como trinchera.
¡Qué bien recuerdo tu apretón lejano:
un corazón se te volvió la mano
Se me quedó tu azúcar en la hiel,
como a los negros cuando cortan cañas
que se les queda en el machete, miel.
Y se agiganta mucho más tu historia
en la alcancía de mi memoria,
loro de los refranes, triunfo de las mujeres,
cuando volando las cabalgaduras,
eran sobre las lomas y las llanuras
un tiroteo los amaneceres.
Hoy lo que rueda, viejo Mon, es rueda;
asoma la vitrina en las vitrinas
de los ojazos de las campesinas,
y bajo la moneda, el alba de su falda se les queda...
Mira una cruz como se pierde al vuelo:
enredada en la hélice
se va la carretera por el cielo.
Mas hoy, Compadre Mon, también se va tu llano,
míralo en el bolsillo dcl norteamericano...
Pero no todo se te va... se queda
como el cielo en el río lo tuyo, lo sencillo.
Porque no todo cabe en el bolsillo...
Porque no tiene todo tamaño de moneda.
POEMA 32
Mira el gringo presente:
se ve aquí todavía la huella de su diente,
desde el hueco del fruto
que siempre sufre lo que no se avisa,
basta aquella sonrisa:
¡blanco tan triste que parece luto!
Mira el gringo sencillo,
el que sin botas, ni fusil, ni grillos,
entró en tu pecho ancho como en el mar el río:
el mismo aquél que disfrazando bríos...
ante el asombro azul de los muchachos,
iba sobre tu potro a los bohíos
con tu revólver: capitán de machos.
El mismo aquél que en donde puso el ala
de fiesta de su plomo,
creció la duda como yerba mala. Hablo ya del jinete
que con la tierra
quiso jugar como con un juguete.
Y a ti, ¡que ciego enlazas hasta la crin del viento!
enlazarte no pudo los pies del pensamiento.
Hallo de aquel jinete, de aquel instinto rubio:
(falsa aurora en las ancas de tu negro trotón).
Mas también hablo ahora, de una cosa muy tuya:
tu pantalón.
Y metiéndote el niño que sacaste del pecho,
con un tiro sin sobra, se despidió tu sangre
del sajón.
Ahora,
lava tu pensamiento la mañana
al compás soñoliento de la hamaca del rancho
donde siempre te sientes el corazón tan ancho
como tu casa grande: la sabana.
Ya sé, don Mon, que aquello que tú sabes,
te lo enseñó tu escuela: la llanura:
novia mayor de tu cabalgadura.
Por eso ya entre faldas o ya entre cosas graves,
alma de seda y fuerza de novillo,
bajo el azul de tu cantar sencillo,
alto de sueño y tibio de aguardiente,
con la guitarra y sobre tu caballo
libre como las brisas de tu cielo caliente,
tendrás siempre a tu tierra,
como la tiene a veces el viento de tu equino,
que una invisible sangre
le da a la vena seca del camino.
POEMA 33
Ya ves, tierra que asciendes por los graves
pantalones de Mon, su potro aún vuela:
hoy lo monta mi voz -ella es la espuela-
Mas como en busca de hacer luz lo frío,
tú saldrás por mi voz, como en su plomo
Mon volando besaba a ras tus ríos.
Isla que estás allí como una ñapa
de geografía. Pero tú no cabes
en la limosna que te ha dado el mapa.
Con tu tamaño nacional tirado
sobre el Caribe, como si tiraran
sobre la mano del ladrón un dado.
En la carta marina para escala
cuando te clavan una banderita,
siempre yo veo que te ponen ala...
Y aunque Dios con relámpagos te escribe,
también él mismo te cincela a golpes
de olas de viento y olas del Caribe.
Déjame ver así lo que te vuela,
-no lo que el gringo ve con la pupila.
¡Sé del tamaño que te vi en la escuela!
Yo te daré lavado el pensamiento
que fue de viaje por mi corazón.
Mi corazón es una alondra, al viento
que cantará bajo tus truenos locos,
con la frescura y con la transparencia
del agua prisionera de tus cocos.
Con tu cara de ingenua y de beata,
pisan tu voz Pitágoras del dólar,
se derrite tu terruño en plata.
Sobre tu piel de azúcar y de sol,
va el batallón de tus cañaverales .
hacia los puertos en un mar de alcohol.
Te das como la gracia y la verbena,
al calor de pascuales campanadas:
tu terruño está hecho en Nochebuena.
Con la epidermis siempre en Primavera,
tierra entre olas: gritaré en el viento,
que tú no cabes ni en el pensamiento...
Pero quédate aquí... que aquí tú cabes.
No te me vayas en los telegramas
vestida de West ludies y de claves...
Quédate con tu falda hasta los pies,
y sobre el chisme de tus chanclas chuecas
vuélvete a tu pilón y a tu café.
Por tu refrán de loma y tierra llana,
por el Nacimiento de tu caserío:
égloga de madera y de mañana.
Por tu hamaca: morfina de la siesta;
por el sudor de tu canción de pala,
tan tuyo como el vuelo de la bala.
Por el repique de tus madrugadas
hechas con misas y con griteríos,
quédate como el cielo de tus ríos.
Ya te me vas como quien va de viaje,
(yo que vuelo en el humo de tus pipas
y ruedo en la canción de tu lenguaje).
Oigo un yes polizón del comadreo:
te compra la sajona compañía
y en un cheque te manda por correo.
Tierra que te me vas por una herida,
en la carita de tu fiel centavo
te doy el beso de la despedida. |