Como de animal ponzoñoso, apártase instintivamente la multitud de la cercanía de aquellos hombres que carecen de la pasión de lo bueno. Fórmales círculo amplio, tal como a fieras adiestradas en habilidad impropia de racionales. Les aplaude y les arroja pedazos de pan; pero no se les aproxima sin temblor de carnes, ni les ama, con aquel cariño ingénito con que ama perros y palomas.
Acontece igual con los talentos protervos que con las sabandijas de estirpes malignas; atraen los ojos al mismo tiempo que alborotan los nervios y ponen de punta los cabellos: no despiertan simpatía, producen asombro. Parece que lo perverso estuviera de otro lado de la ley de solidaridad universal o que girara, así como los planetas más apartados del eje del sistema, allá por los frígidos límites del fluido de amor que envuelve a los seres en guisa de manto, y se mete en los intersticios de la naturaleza, a fuerza de impalpable y sutil. El mal es el vacío, la nada oscura e infecunda. Allí donde impera la sombra es que no ha llegado la luz. El sentimiento moral es la característica humana. El hombre que carece de él carece de su distintivo: es un pájaro sin alas.
No conserva la mujer verdadera, la mujer-sentimiento; no conserva la piocha de rubíes como la florecilla esa que puso en su seno precipitadamente y en la tiniebla olorosa de la sala, aquel a quien ama. Porque la piocha es anzuelo que se echa en el charco hediondo de su interés, y el ramillete es imán que se pone al corazón para que vuelque a la superficie sus bellezas. La piedra la solicita por el lado innoble y la ataca por el apetito, mientras que las violetas y las margaritas no pretenden conquistarla, sino rendir adoración a sus atributos de ser amante. La piocha es moneda, las flores incienso. La piedra es comercio, la flor es culto. Las alhajas se convierten en bolsa de esterlinas y las flores en frasco de perfume. ¡Guarda para unas rencor que ella misma no se da cuenta, puesto que son testigo y comprobante de su sordidez, y siente por las otras esa gratitud que nos puso en la circunstancia de ser almas!.
La evolución de las especies hacia el humanizamiento, constituye la evolución universal hacia el amor angélico; el éxodo hacia la realización completa de lo justo, lo bello y lo inofensivo; el viaje de ese lírico que palpita dentro del lodo de las necesidades físicas, hacia un imperio de luz; el despertamiento y la materialización de móviles que no son ni hombres ni sexo, en medio de las groseras manifestaciones de la vida y a pesar de todas ellas; la lucha eterna es algo incorpóreo que quiere triunfar de lo evidente y brutal. El ser humano, cabeza de columna de semejante evolución, quiere ser bueno y quiere parecer bueno, quiere ser alma y quiere parecer alma, quiere ser ángel y quiere parecer ángel, quiere despojarse de lo tangible y contingente y quiere parecer espíritu intangible y perdurable. ¡Por eso la mujer ama tan entrañablemente aquellas flores que le dieron ocasión de serlo y parecerlo, que la sacaron por un momento de la ominosa condición de hembra!
Digo, pues, que es contra natura negar y renegar de cosas tan hermosas que vemos en las flores y sentimos en el pecho, a manera de instinto superior a la reflexión. Todo a nuestro lado conviértese a lo lírico y lo ideal, lo mismo que esa flor de los campos que sigue con sus hojas amarillas la carrera del sol. No habremos, pues, de empeñarnos en retroceder ¡cuando vamos delante del universo, camino de lo bello y de lo impalpable! No habremos de detenernos de repente en mitad de la marcha para decir: ¡atrás!, ¡atrás! ¡mejor es una sarta de chorizos que un verso de Homero! |