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En la memoria de los tontos, siempre se está mal; pero cuando los tontos nos rinden culto, se está peor.
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Nada más molesto, nada más cómico y desconcertador que los parabienes y laudatorias del modisto de la señora, pongo por caso; tienen todas las inflexiones de una invitación a la puntualidad.
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El vulgo quiere gestos, "paradas", ademanes trágicos; porque el vulgo tiene alma de esteta, aunque rudimentaria, y las actitudes de cuadro histórico y de estatua simbólica lo cautivan; las actitudes esas, buscan eso.
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Para la turbamulta -desde los porteros hasta los presidenciables-, un eximio cualquiera sin su gesto diario, es como una revista sin monos: no vale la pena.
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Como las posturas demasiado elocuentes y siempre al pelo nunca son espontáneas -puesto que requieren ensayo previo-, el vulgo sabe tanto de los hombres que aclama o vitupera, como la concurrencia del teatro infantil respecto de los cómicos que la hacen reír.
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No solamente bajo los golpes de la adversidad se quiebran los caracteres; se quiebran más ruidosamente bajo los dedazos imbecilizadores de una voluntad pública demasiado adhesiva.
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Muy contados son los famosos que se mantienen extraños a la presión centrípeta de la curiosidad que despertaron.
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Todo admirador es un amo, o pretende serlo; jamás te pongas al alcance de su adhesión.
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De cien admiradores que se acerquen, los ochenta -perdóneme Juan Pueblo-, son claques voluntarias que vienen a cobrar sus palmadas. Si pagas, se mofarán de ti; si no pagas, te pondrán como no te pondrían tus dueñas: tu elegirás.
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Hay gente que no se admira de nada y ejerce el oficio de cortejar a los admirables. También hay holgazanes que gustan de visitar al carpintero en su banco y al albañil en su andamio.
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Como en la casa de las solteronas millonarias, entre los habituales de los famosos no se encuentra un tonto ni para remedio.
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Los hombres superiores no ensayan posturas: obligan a las medianías que les siguen de cerca o de lejos, a bailar al son que ellos tocan.
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El alma de los pueblos es un misterio cuya dirección corresponde a la providencia: aquel que se vale de artificios protocolares y de perspectiva, para mantener la ilusión de una excelsitud de que realmente carece, no pasa de un prestidigitador.