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Educar no es convencer: educar es vencer.
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Convencidos de los peligros del ajenjo, van los alcoholistas a su copa de ajenjo.
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Todos estamos medianamente organizados para entenderlo todo; pero mientras las ideas no se posesionan de nosotros hasta resolverse en móviles de conducta, puede decirse que aquella facultad de entender no nos sirve de nada, o tan discutiblemente como un apéndice sin función concreta.
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Los hombres muy razonadores suelen ser los menos razonables, como las gallinas que más cacarean, no siempre anuncian la deposición de un huevo.
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Los conocimientos que no contribuyen a modificarnos, que no terminan por crearnos inconsciencias irresistibles, son como los ungüentos, que ni quitan ni ponen rey en la curación de los pacientes.
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El niño es a la manera del retazo de tela que está aguardando las tijeras y las agujas para convertirse, o en una pieza de abrigo o en una pieza de lujo: cada hombre debe tener su destino, como las chaquetas y las camisas, aunque pierda algo, para servir de algo.
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La ilustración que nos obliga, está de más y hasta es un peligro social.
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Torturar la naturaleza humana para darle una forma exclusiva, no es ni con mucho, un crimen de lesa humanidad; porque siempre vale más un campo sembrado, aunque sea de alfalfa, que un terreno baldío aguardando producir robles a través de la eternidad.
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El buen juicio no debe estacionarse en el cerebro como una congestión: debe circular como sangre de una persona sana, desde la coronilla hasta la punta de los pies, y determinar actos juiciosos, encadenados y sucesivos.
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Apártate, como del demonio, de aquellos que conocen por lectura la técnica de todas las profesiones: vale más el que sabe hacer marcos para los cuadros que el que sólo sabe criticarlos.
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Que tus hijos sepan hacer, aunque no sepan disertar, ni siquiera diez minutos, sobre la bondad de sus propias obras.
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Antes de enseñarse a leer, debe crearse en el sujeto la necesidad de la lectura, el hambre del libro; para proceder como la naturaleza, que primero crea la necesidad de la función y después el órgano: en este caso, el órgano es el alfabeto.
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Los inventores de algo no se preocupan, ni poco ni mucho, de los perjuicios inmediatos que producen todos los inventos; y los grandes hombres de la talla de los Rivadavia, de los Alberdi y de los Roosevelt, jamás se cuidaron de su popularidad: si tu hijo pequeño ha de negarte un beso, que te lo niegue…¡ya lo estampará mil veces, lleno de gratitud, sobre el fantasma de tu recuerdo, cuando él sea padre.
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El hogar y la escuela deben ser campos de maniobras, tan parecidos a la vida como la vida misma.
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