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| Pedro Bonifacio Palacios "ALMAFUERTE" |
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El Drama del Calvario |
| Giró el genio en derredor después de pisar la cumbre; y una fantástica lumbre llenó a la sombra de horror: y un gemebundo clamor taladró la inmensidad, y se hundió la humanidad sobre su propio esqueleto; y reveló su secreto más hondo la eternidad. Siniestra, cárdena lumbre bañó la faz del calvario, cual un ardiente sudario flotando desde la cumbre: bajo la negra techumbre del éter vago y profundo, aquel surgir iracundo… brutal de la claridad… era quizás, ¡la verdad mirando una vez al mundo! Palmario, el Gólgota, frío, quedó en los aires desiertos, con sus dos brazos abiertos, predicando en el vacío… Y entonces, como en estío los insectos en los faros, innominables, ignaros, surgiendo del horizonte, rodeaban la cruz y el monte todos los muertos preclaros. De la honda, azul entraña llovían monstruos y santos: y eran tales, y eran tantos, ¡que gemía la montaña!… Desde la torpe alimaña del alma vil de Nerón, al concepto, a la noción más alta del supergenio, en aquel breve proscenio ¡tomaron colocación! De aquella invasión mortuoria quedó repleto el calvario; resonante, tumultuario ¡cuál una copa de gloria! Bajo el tropel de la historia trepidaban sus cimientos, y se hundía por momentos, cual una nave inundada… cual una frente cargada ¡de sombríos pensamientos! Tremenda, enorme, sin par, genial, feroz batahola, lo mismo que cada ola ¡lanzando un grito en el mar! Formidable resollar de las almas con bandera, que imaginar no pudiera aquel que no imaginase, que al mismo tiempo bramase ¡cada punto de la esfera! Toda pasión, toda vida, toda excelsitud pasada, desde la cumbre sagrada quería ser comprendida… Y como la palma erguida sobre la mutable arena, presidiendo aquella escena con dulce, con noble ceño, yacía Cristo en su leño ¡cual una blanca azucena! Los humanos, los vivientes, los que todavía somos, con toda el alma en los lomos, estaban allí presentes: Pensándose delincuentes, del genio ante los secretos, mustios, miserables, quietos, inanimados, pasivos se reducían los vivos ¡en sus propios esqueletos! Y en el valle acurrucada, yacía la humanidad, tal vez sin otra ansiedad ¡que la ansiedad de la nada! Ni un gesto, ni una mirada, ni un suspiro producía, en tanto que recibía, genial, vibrante, notoria, la confesión de la gloria ¡sobre su testa vacía!… Poco a poco, lentamente, todo el mundo quedó calmo, lo mismo que palmo a palmo, va cediendo la creciente; de aquel olamor prepotente ni leve rumor se oía, de aquella loca porfía ya no sonó ni un reproche y en el silencio y la noche ¡quedó la extensión vacía! Perfecto, conciso, frío, quedó el calvario a la luz, con sus dos brazos en cruz acariciando el vacío. Y en el silencio sombrío del aire y de las esferas aquella lumbre de hogueras demostraba sin rumor la impotencia del amor, ¡en una raza de fieras! |