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Conduce tus propósitos a lo largo de las dificultades y las agresiones como el general a su ejército, y el gaucho a su arreo, esto es: sin olvidarse del destino que has elegido y sin desintegrar el núcleo de tus ideales, en beneficio de uno solo de ellos.
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Defiende tus intereses como defenderías -si eres noblemente organizado-, los intereses de tu vecino confiados a tu honradez, inteligencia y laboriosidad.
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Vive la vida como una vida ajena; es decir: como quisieras que tu compañero, tu hermano, que tu hijo, vivieran la suya.
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No hagas tragedia. No des a tus dolores las proporciones de una catástrofe, ni la resonancia de una entrada triunfal a cada una de tus glorias.
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El día y la noche son las tarjas métricas del año; tu tarjarás hasta tus horas y tus minutos, con tarjas de luz, y llenarás tus días de tanta labor y de tanta presencia de espíritu, que cada uno de ellos pueda ser recordado con justo orgullo.
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No hagas punto final ni en el buen éxito primero, ni en el primer contratiempo: que tus derrotas y tus victorias te estimulen.
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Que tu vida sea justa y que tu muerte sea tachada de injusta.
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Deja trabajo en preparación para los que te sobrevivan. Procede como las mujeres hacendosas: ellas reniegan siempre de la entrada del sol y presencian su salida.
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No seas frío como el témpano, ni abrasador como la boca del horno: la displicencia, lo mismo que los locos entusiasmos, son dos pequeñeces.
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Por más personales, por más contingentes que sean tus ambiciones, siempre habrá algo en ellas que pertenezca al ideal humano: piensa, pues, que tus fracasos y tus triunfos no son del todo tuyos.
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Consuélate, apláudete y repróchate a ti mismo y serás el fuerte.
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Detrás de cada fracasado hay un Cristo que pudiera decir: "No lloréis sobre mí, mujeres de Jerusalén; llorad sobre vosotras y sobre vuestros hijos".
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El mundo está lleno de genios anónimos que esperan su turno: tú eres uno de ellos, cualquiera que seas.
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Ser propietario de una cabeza cualquiera es lo fundamental; la oportunidad de la coronación es lo de menos. Porque nadie podría hacerse una cabeza; pero todos, con un poco de esfuerzo, y otro tanto de buena suerte, pueden conquistar una corona. Esto parece paradojal; pero es verdadero en el fondo, como es verdadero decir: "he perdido la cabeza" o "perdí la cabeza"…¡cuando la llevamos sobre los hombros!
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Y si tu corona no llega nunca, no te vuelvas taciturno, agresivo y mal pensado; ni vayas a entregar a la madre tierra el cráneo roto del desesperado, o la pulpa adiposa del vicioso, ya hedionda antes de morir: que baje a tu sepultura el cadáver sin mortaja de uno que hubiera podido reinar y merecer el homenaje del mármol y del bronce.
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Merecer una cosa es lo mismo que poseerla: el que así no lo piensa es porque no es digno de la cosa aquella.