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No se claudica de una religión cualquiera sin cometer apostasía, como no se ungen de estiércol las carnes y se huele a diamelas.
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Por más cobre que haya en el bronce, el bronce no es cobre.
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A los hombre superiores no se les mide, ni por las adhesiones que reciben ni por las agresividades de que son objeto: se les mide por la cantidad de propósitos que realizan.
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La misericordia no se hizo al amparo de los grandes, como el plumero no se inventó para desempolvar las montañas.
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Aquel que pretende que se le lleve cuenta de sus buenas obras, no tiene porque extrañarse de que le cataloguen sus malos actos.
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El que exige aplausos, acepta implícitamente los silbidos.
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El decoro de los amados por el pueblo no es de ellos; es del pueblo que les ama y hasta de la época en que actúan, como la dignidad de los padres es propiedad de sus hijos.
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Ningún censor más severo, que aquel ciudadano que más nos admira.
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Harto tiene un hombre con el respeto de los demás hombres, para que se tenga por desgraciado por el solo hecho de carecer de lo superfluo.
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Una vida entera llena de austeridad será causa atendible de atenuación; pero nunca de justificación.
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No se reproduce a Julio César vistiéndose a la romana, sino ganando batallas y muriendo trágicamente.
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Un arco de triunfo destruido inspirará toda la consideración que se quiera y podrá ser objeto de consideraciones profundísimas, en prosa y en verso y hasta en música…¡pero ya no es arco de triunfo!
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Las cosas adquieren denominaciones apropiadas al uso que se hace de ellas, y a los hombres se les titula por su último hecho: el soldado de Maratón pudo ser un miserable toda su vida; pero no es otra cosa que el soldado de Maratón.
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La corona de laureles más bien merecida, echada a rodar bajo los pies de los que reparten prebendas, ya no es corona de laureles: es una mala alfombra.
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Olvido, si, olvido profundo sobre vuestra claudicación, bufones gloriosos; pero sabed, que habéis perdido el derecho a la veneración y que os habéis convertido en una enorme piedra de escándalo.
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El perdón podrá honrar a quien lo dispensa; pero no purifica ninguna mancha y deprime, todavía más, a los que el absuelve.
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Los excelsos no tienen para sus hechos nada más que contragolpes sociales: o la impunidad, que no es la tolerancia, sino la sumisión; o la muerte, que no es el castigo, sino la supresión.
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Lord Bacon no se rehabilitó jamás.
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Los anónimos, los humildes, tienen la prerrogativa de la regeneración; pero, los que nacieron para ser eternos, no tienen otra salida que el "cordón de seda".
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Como sobre las manos de Lady Macbeth, la sangre de los errores cometidos por los consagrados, ni la borra toda el agua del océano, ni la perfuman todas las resinas aromáticas de Arabia.