Vivían hace tantísimos años los pehuenches. Los pehuenes eran su sombra y su abrigo, y los piñones su alimento.
Al final del otoño, las mujeres y los chicos pehuenches estaban dedicados a preparar la vivienda a los hombres, que se habían alejado durante semanas. Hechas de días empleados a cazar, mientras que las mujeres se quedaban en la toldería a cuidar los hijos y las pertenencias.
Como todas, la mujer de Kalfu-Kir esperaba a su hombre. Su hijo mayor, Koná, ha juntado por última vez cestos de piñones. Ha traído agua del torrente y ha preparado el chafid para el reencuentro. Y ha enhebrado un collar nuevo, que mantiene reservado para la ocasión. Pero Kalfu-Kir tarda. Sus compañeros lo vieron por última vez en los pinares altos y le han perdido al rastro. El invierno no se demora.
Con la primera nevada la mujer toma una decisión. Llama a Koná y le pide que salga a buscar a su padre por las montañas. Elige una cesta y la llena con tortillas de pehuén, piñones y una manta.
Con la cesta en una mano y sus armas en la otra se va Koná.
Hacía sólo unas horas que caminaba, cuando en medio de un claro vio un gran pehuén. Se detuvo a la sombra del árbol sagrado y, sintiéndose tan sólo, rogó que no le faltara el valor para seguir adelante. Antes de retomar el camino dejó sus zapatos, como ofrenda, colgados de una de las ramas bajas del pehuén.
Al día siguiente, se encontró con un grupo de indios desconocidos que se mostraron amistosos al principio, pero aprovecharon la confianza creada para robarle las armas y la cesta al muchacho pehuenche. Le amarraron los tobillos, le ataron las manos a la espalda y lo dejaron solo, indefenso y sin abrigo en el medio del bosque.
Mientras tanto la madre, que había presentido la desgracia salió a buscar al muchacho. Encontró primero los restos de Kalfu-Kir, con una herida en el costado y el rostro querido sucio de sangre y de tierra. Con su cuchillito de piedra se cortó dos mechones del largo pelo negro, los colocó sobre el pecho del muerto y siguió adelante, al tiempo que empezaba a nevar.
Con la luz de la mañana se sintió tan aterrado de morir que todas las fuerzas que le quedaban se anularon en un grito desesperado: "¡ Ñiuque! ¡ Ñiuqueeee!", que quiere decir mamá. Y cerró los ojos. Los abrió de nuevo cuando sintió que la nieve no caía sobre su cuerpo, que el viento se había calmado. Era el pehuén, que se había sacudido hasta desenterrar sus raíces, que había caminado hasta el para no dejar su grito sin respuesta, el que había extendido sus ramas sobre Koná para protegerlo, que le brindaba el toldo más verde, más fragante y más milagroso.
Poco tiempo después llegó la madre, que encontró el refugio cuando distinguió entre las remas los zapatos de Koná. Llorando, abrazó al muchacho. Lo desató y lo reanimó soplando su aliento en la cara rígida y los dedos agarrotados de Koná. Después agradeció al pehuén como de madre a madre, y colgó sus zapatos al lado de los de su hijo.
Juntos comenzaron camino a casa. Detrás de ellos venía el pehuén, que sólo se detuvo al ralear el bosque, cuando su protección dejó de ser necesaria. Y desde ese día el lugar se llama Ñiuque, nombre que derivó en Neuquén, donde los pehuenes siguen creciendo y ofreciendo a quien quiera sus regalos. |