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Camba Nambí |
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A la vera de una inmensa selva se alzaba el rancho de un honrado leñador que vivía allí acompañado de una niña de corta edad, que era todo el tesoro que su difunta esposa le había dejado como herencia. Aquel hombre que era un bizarro negro, la cuidaba con abnegación y trabajaba feliz a su lado porque la niña le correspondía con igual fervor. Una tarde misteriosamente su hijita desapareció del lugar, perdida acaso en la espesura del monte. Fue tanta su desesperación de padre que el pobre comenzó a correr sin miedo día y noche por entre las malezas, llamando a la niña de su corazón, y acostándose de trecho en trecho con el oído pegado al suelo, para poder percibir mejor el retumbe de los tiernos pasos de su adorada compañerita. En esta actividad le sorprendió la muerte, ya rendido por el cansancio, después de haber recorrido vanamente casi toda la inmensa selva. Entonces, Ñandeyara como recuerdo del leñador caído, hizo brotar de su cuerpo el árbol del "timbo". |