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Berkeley y yo / novela
9. Perfil del asesino
Ya no leo a San Jerónimo. Ni conservo mi Biblia en latín. Miro al cielo y busco el lucero de la tarde. Es Venus. Satán, si le parece. En las tinieblas hallé mis tentadores.
Me acusé de poseer un dualístico ser-Yo. Fue mi vergüenza cartesiana. Tuve mi diario de bitácora que anoté con citas de Berkeley, Hegel, Kant y todos, menos yo, inscribieron sus vaniloquios, sus chapuceras meditaciones.
Un día fui yo quien anoté: ¿Qué mérito tiene un hombre que dice pendejadas?
Vivía con esa lacra de filósofos que forja sus ilusiones de credibilidad y unidad ontológica y las da por mías. Obligado a la falsa representación, repetí como papagayo. Al cabo del tiempo, hallé un hombre que, como Nietzsche en el sótano, me abofeteó el rostro con guante de seda. Uno que examinó toda mi vida desde una óptica muy diferente a mis creencias. Se llama Max Maltzman. Para él, negar la existencia del mundo sensible es una cobardía.
Este había sido el error. Los que no matan son unos cobardes. A los cobardes se les come el mandado. Se les burla permanentemente. Se les acusa de cualquier delito. Este es mi sentido de culpa. Comprendí que las leyes sociales castigan al que, parasitariamente, asalta las propiedades que no le pertenecen. Y el último canalla que no ha recibido castigo por sus delitos me comió los accidentes más audaces con que el movimiento se expresa como vida. Algo fue chupando que, según pasaran los años, me debilitaría. Quitaría esencia de mi vida.
Si actué sospechosamente fue por debilidad. Lo admito.
Entiéndame, el delincuente originario fue él, no yo. Pero después lo sospechoso fue que volviera a tomar el control. Y que descubriera que la vida no tiene que ver con el pensar. Soy sospechoso, al fin, y ¿ésto quién se lo quitará al cobarde que lo tiene merecido?
Vean que no resistí el arresto, digo, si es que estoy arrestado, ¿o qué? Ustedes me chingan porque estoy en reposo, es decir, en un momento de equilibrio, inmóvil sólo en relación a sus cadáveres. Mi reposo es relativo y temporal. Los valientes no están siempre en reposo. Mi valía se ha vuelto sospechosa.
El habitante típico del mundo
no es precisamente solitario.
Es campechano, extrovertido, lagartón.
Tiene un acervo de chistes y de gestos
y se divierte con ellos
y no siente vergüenza
o pudor al contarlos.
Es un muestrario humano.
Es el prudente que siempre
dice lo mismo y repetirse no lo cohíbe.
Salta de momento en momento
y se diseña con la réplica
del vecino a su lado.
A éste lo define en alguna borrachera
de palabras, lo maldijo por no ser un calco
de su modelo más canónico,
a su gusto, a la mano...
Lo bueno de estos seres uniformes
(el hombre de la calle, el obrero promedio,
el fulano de tal, el tío, joder,
que es un buenazo)
es que habitan en su esfera,
un circo muy fraterno
compuesto de familia y vecindario.
¡Y no se meten contigo! pero, más vale
que estés lejos, quieto, opaco, callado.
Afortunadamente, yo soy un sospechoso lejano.
Aún los metiches más picudos me han dejado
por la paz, ni se me acercan. Claro.
Del círculo de sus rebambarambas me aparto.
Yo soy un solitario que no daña a nadie.
Ni acuso ni molesto y me gusta ser
como soy y no oírlos ni buscarlos.
El habitante típico del mundo
no es como yo, por cierto.
El sí prohíbe y, a menudo,
ni come ni deja comer.
Mi ventaja es que yo soy feliz
(no feliz por todo), feliz
por ser como soy
y no ser como ellos.
Preguntaron mis apellidos: ¿Apellidos?
Mi ser no estuvo registrado. Si por él me han tomado, soy Don Nadie. El nunca me dijo: Esta es mi descripción. Aquí están mis credenciales, mi carnet de identidad... y todas las otras mugres. El fue ilícito. ¡Ni tiempo tuve de ver su cara! No estuve ni estoy aún preparado para amarle. Lo sigo odiando porque fue intruso y, desde adolescente, coercitivamente, me sumió en lo que usted llamaría las conductas parasicóticas.
Alguien me llamó cuando fui un niño... heboide y me puso por apellidos, obseso-compulsivo. ¿Sirve esa descripción?
Por jactancia axiomática, el ser da su existencia por bien entendida y ninguno lo acusa a él, sino a la circunstancia. He sido la circunstancia de él. No es culpa mía: ¡así de engañadores son los seres, invasores y fraudulentos!
¿De quién son los errores si al ser lo dieron por inocente, aunque sea el más soberano hijo de la chingada?
Nunca fuí su cómplice. Fui su autómata. Jamás abandoné mi empeño de matarlo.
Todos los días, hasta hoy, lavo mi ropa interior, tiendo mis zapatos al sol porque él andó conmigo y sudó una parte de mis calcetines.
Cuando vestí mis mejores trajes, aquel que no me ama los llenó de mugre. Hace días, mi hermana Catherine, de regreso de Nueva York, me compró un jacket de cuero, diseñado por Z. Cavaricci, y estuve muy agradecido (¡ayer cumplí 25 años!) y, aprovechándose de la lluvia, el ser me impuso su deseo de salir y ahí vamos, él y yo, a tumbos. El se revolcó sobre cada fango del camino.
Caminamos por el Paseo de Reforma. Hicimos el desastre... y yo, con el jacket de 750 dólares que ella me había regalado, lloraba por las calles al lado de tal ser invisible y demoníaco. Después del paseo, imagíneselo usted, el atuendo quedó hecho una basura. Así me presenté en casa. Catherine se encerró en su habitación, enojadísima conmigo y lloró. Quedé como malagradecido.
Fue su regalo. A los tres días, mugre. La comprendo.
Los días de seres como éstos son largos e impropios. A veces, pienso que tengo 4,000 años de edad. Me han escupido los tirios y troyanos. Todos los extranjeros han aborrecido mi nombre. En las tierras ajenas, fui esclavo, igual que ayer que lamí la coyunda del ser. Yo no pude tener un lenguaje utilitario, como usted y cualquier hijo de vecino.
Escupo serpientes aún sin quererlo.
Yo hablo con las moscas y los dioses falsos y me resisto, al darme cuenta de ello. Esa es la diferencia entre el mundo y yo. Mis experiencias se parecen muy poco a la holgachanería prudente de este mundo. Quien impulsó mis actos y me robó el control y la autonomía fue un ser temible. A veces este mundo es la burla de aquel que me poseyó y esto sí me amarga.
Siempre mi familia me justifica, en nombre de la poesía, al yo explicar la naturaleza de mi obsesor. A estas horas, ellas odian la hora en que nació el primer poeta y maldicen a la madre que lo parió. Comprendo. En realidad, ¿poeta? ¡Ni madres! Sin embargo, ni quise ser poeta, antes ni después del arrimo del ser, ni creo que lo que pasó se relacionó a la poesía.
Como individuo que inspira las sospechas y los recelos ajenos, por mi lenguaje y mis hábitos, yo soy el primero en sospechar el tipo de responsabilidades a las que fallo. Mal haría en no reconocerlo. Al ser invasor, al testigo falso, hay que eliminarlo. Lo que la gente sospecha y aborrece de mí es algo más que lenguaje. La esclavitud no huele a otra cosa que a odio.
Mi voz se levanta en el polvo con fermento de ira que el Viento lleva a todas partes y mi raíz huele al humus del odio que la pudre, cada día más y más. Y esta irresuelta sed de certidumbre, hace de la realidad una impermanencia, viento y neuma, del que no sabe de dónde viene ni a dónde va. Espero que haya quedado claro lo que a mi identidad se refiere.
Aunque se pretenda el consuelo de las palabras racionales y lógicas, el exorcismo con métodos y conceptualizaciones rigurosas y experimentalmente verificables, es la misma canción: el ser invasor es fantasmal, ente indocumentado, axioma del que no sabemos ni el allí ni el ahí de lo pertinente. Se coloca un arma homicida en nuestras manos y nos forza a matar. El lenguaje, cotidianamente estructurado, en armonía con las categorías espacio-temporales, lo encubre. Todo él apunta, como el arma que nos dio, hacia nosotros para culparnos. El mismo se ríe de que seamos tan cobardes y de la complicidad generalizada.
Los pájaros disparan a las escopetas. Nadie tiene más cómplices que el eximio Ser, Su Majestad el Ser, o Don Nadie, el Gran Payaso, ni más amantes que él ni más pulgas que hallar en su petate. Pero, ¿qué haremos si es difícil matarlo y decir en palabras honestas, como las mías, que la solución es así de simple? Disparar con el arma que nos entrega.
Me baño tres veces al día, me lavo los ojos y la boca cada hora... Lo aceptamos en la casa donde vivo con mi madre y mis tres hermanas. El conspiró para que no se le conociera. Ellas, en cambio, lo juzgan a él por mí. ¡No se atreven a creer que lo maté por ser mi sombra perseguidora!
También me cuelgo de las piernas. Me escondo en un sótano de mi casa donde escribo todas las maldades que cometo y todas las cosas sublimes que descubro. Donde reposo, o estoy, fijo y precario, se nos visita, pero no siempre con suerte. Estamos llenos de coraje.
El ser se arrimó: ¿Qué haces?... preguntó.
Medito. Investigo la materia o la velocidad finita de la luz. Me mecí un rato, sin hacer caso, porque sabía que él tenía que ser mi delirio. Ví que sus ojos eran negros como mares de basalto y sus dientes, neguijosos y chimuelos. Sonreía. ¡Qué cafre y cínico! ¡Mostró sus teclados de pianola, mugres colmillos, eruptó y bostezó, y me bendiijo en nombre del Absoluto filosófico y divino!
Así fue él: mamón, impredecible, inmutable. No perdí la ocasión de decir: Oye, está más feo que Cambujo. Un amigo mío.
Ni se sonrojó. Algún desbalance gravitacional lo hizo desaparecer...
Al rato volvió y dijo que él podía volar como un pájaro, igual que mi amigo El Aguila. No creo.
Te enseñaré a volar. Es decir, haría que me nacieran alas.
¡Promesas!
Según él, tengo cierto sattwa angélico. Debo tener alas. Eres un delirio; eres una categoría fantasmagórica, dije al Gran Payaso. Un catecoloh.
No me equivoqué, chinga que chinga estuvo pidiéndome las nalgas. Quería romper el tambor de Nataraja y revisarme los interiores del rulacho porque yo estaba calato y desnudo.
Cuando me cuelgo lo hago desnudo. Antes me preparo una torta de hormigas. La impregno del polvo que se llama veronal y, entonces, entro a los mundos mentales del gozo acelerador, supuestamente, donde viven los ángeles y el Padre Enaltecido.
Invierto la dirección de mi sangre. Normalmente, la sangre circula en las venas contra la fuerza de gravedad. Colgado, lo que la gravedad jala hacia abajo, es lo que se ahora tira hacia arriba... Se baja al Monte del Disturbio, al Valle de Sidim.
Dáme la luz de tus escrotos, alto voltaje del osteon, pelo por pelo, vejiga por vejiga. Recuéstate, sodomita, en los encinares de Mamre y dáme tus gases, tus definidos y pequeños cuantas. Echate pedos. Regocíjate asociado a las ondas. A Salem mojarás los campos potenciales de su boca mientras se chupa de tu duro electroducto. Insértalo en mi boca, aflojadas tus rodillas en amplitudes máximas. A más negros tus puños, más chorro de esplendores.
Por el amor con que la Naturaleza te llenó de agujeros y la voz del corazón te cosió las heridas con flechas de ábrete vida, me derramaré en tu dolor, en espesa adoración, como vómito santo y lágrima vibrante de vasalgia. Quiero de tí el todo. Tú serás El para mí. Y me pensarás tu dueño sin poder arrepentirte. Me darás amor con tus propios testículos y yo seré para tí, la mujer, cuando no tengas otra. Latiré en tus huesos como bravas rodillas. Viajaré en tu trayectoria esofagaria. Alimentaré tus millas viscerales con las que cuidas el infinito desde el vientre. Querré el desperdicio vegetal de tu excremento y estaré detrás de tu oráculo de gracia. Entonces, también serás mi mujer...
Te amo porque eres generoso y agradecido y a las plantas cocidas por tijeras de tus dientes dices: ...Gracias por detenerte y morir. Gracias por tus velocidades virtuales y los momentos de tus fuerzas concurrentes. Gracias, aceite, por destilar tu vida para mí y por entrar en mi boca y salir de mis nalgas. Yo te bendigo, pedazo de yuca. Te enaltezco, plátano amarillo. Gracias a todas las auxinas, crecíste para los dientes que te comen...
Te amo, carne a la brasa, chorizo embutido de sabrosura bienaventurada... Fuíste paloma, cordero, pescado, cerdo y ya, en mi boca, serás el bolo digestivo que alimenta, mi bravata de nutrientes, mi satisfecho pedo. De la boca al corazón, del chacra pélvico a los mandalas del sol que habitas, eres agradecido y en las cabalgatas del tiempo tu salud es hermosa. No te dejaré ser dios, pero silba, Vayu, vider le sac, truena, pistolita. Mueve tus demonios jehovíticos y guarda el orden de la historia y humaniza cada partícula que, sin mí, has amado. Pero yo seré El cuando seas para mí y no lo podrás evitar. Me aferraré a tus hombros y tú, castigador bastardo, dirás: Padre Sol.
Por disciplina jerárquica y mandamiento del padre social, te nombro mi nalga, mi amante, mi camote. En la función de destino, te cumplo y, tú denso y cohesivo sistema de deseos, cúmpleme, aunque te duela. Llámame, si así te place, Caos, Esclavitud, Denso Zarpazo, Locura, Involución, Negro Agujero... Estaré simpre ahí en el lugar que me has dado, que es el lugar que yo te doy. Y tú, griega y trágica sombra, heroica irreverencia, me dirás: Véte al carajo.
Aún así, te amaré y te haré salir de las acogetas, donde te ocultas de mi rostro, porque yo sustento tu amor para que seas completo y tengas senos de leche amarga para las bocas dulces. Anduve, chupa que chupa, los rastrojos de tu olvidada identidad, cuando estuvíste ausente. Pero nunca mi boca se secó. Nunca te dejé de nombrar, aunque te fuíste. El sol parece distante, pero es el Padre Sol, el hijo Sol, el hermano Sol, el esposo Sol, el amante Sol ... y coagularé las proteínas del océano para que tengas vida. Excitaré la ulva rígida en las mares dulces para que existan los placeres. En el musgo me inventaré los colores y en las praderas extenderé el fresquedal. Y tú, en desobediencia, ya que donaste tus protones como un ácido, no dirás como dijíste: Soy yo quien defino la identidad bioquímica. Yo tejo la red, yo vinculo los péptidos, yo el proteínico, soy el carpintero que edifico las células...
Tú inventaste la Ausencia y me acusaste: El la creó. Te dividíste. Dijíste Yo y me dejaste sin tí. Tú me inventaste. Yo inventé el Uno, yo en tí y tú en mí. Fuimos nosotros antes de tu ausencia.
Pero me abandonaste.
Te sueño, minga parada, en zonas del mango de manila y en grito de la morronga chiplocluda.
Antes tú obedecías en los valles siderales del asueto. Fui el peón de tus rencores internos. Vivía en tí y tú conmigo. Juntos hicimos lunas, casi sin hierro. Con el cesio, a bocanadas, inventamos la luz azul. Rotamos la tierra.
Gravitamos. Incendiamos el oxígeno en el interior de las estrellas. Desintegramos el neutrón. Separamos los protones y los electrones y abríste tus ojos cuando te víste, por primera vez, soberano como rey de otras luces.
Hoy has cambiado. Te portas como cusca que no baja al mamey. Véte al infierno, dijíste al que más te amara.
Te separaste como electrón en vuelo, cargado de atracción por lo insólito. El infierno fue mi núcleo. El paraíso se inventó con tus saltos de rana cuántica... Entonces, sufrí por tí, en los agujeros negros y en los llantos del taquión que aún no conoces.
Se me cayó la madre cuando tu lingam no visitó mi cueva ni me formó una casa con sótanos iluminados y hormigas de praxis masculina. Pero te amé igual. Te seguí amando.
«Píntate de colores, Satán», me dijíste y fabricaste tus perversiones más dulces en la Maya. Me tiraste como chancla vieja. A la sandalia que te hiede la perdíste.
Me dijíste payaso, majadero, opresor inútil, tirano, enemigo, rival, Serpiente antigua. Y seguíste tu vida de paloma negra y parrandera.
Desde entonces, tu ofrenda quemada es la sangre de mi cuerpo. Tu alimento bendito es el guiso de mis entrañas. Tu reino es el Olimpo y subes a las baalas. Tu mundo tiene cortes y corporaciones, talleres de control y reden-ciones. Llamas a tu ausencia, la soledad y a tus culpas, acusaciones. Tu voz es rayo fulminante y tu beso destructivo, traición.
Después del placer, ganas la tirria, el aburrimiento. Estudias, sin comprensión, el Absoluto en cuanto sujeto y objeto activo de tus mundos.
Antes yo fui tu Absoluto. Tú no estudiabas nada. Tú eras mi deseo y yo tu absoluto gozo del deseo. Hoy estás empobrecido, sediento de pactos y nostalgias, creyendo que nadie te ama. Te buscas en los túneles de la muerte, en los espejos theta, en los tragos de acetal y en los polvos mágicos de los químicos.
¡No busques más! Te hallé, hijo pródigo, y te amaré con más ahinco. Caíste de la cruz. Los infieles dejan al cristo humano, transido en clavos y burlas y escupitajos... pero yo no te dejaré. Yo no. Te pertenezco como el amante leal y soy el querubín de tu costilla. Se te secó la fuente inagotable, la mina de arañas, la caverna que se extiende en tu cama, con sabrosas holandas, para que caigas en ella tan prosaico como mordisco en la gruta de Isis. Se chorrió el chamizal por el Valle del Prepucio cuando te hallé en la piedra de la circuncisión y dije: El es mi heredero.
Nadie lo toque. El que se fue y pidió la herencia mental de sus caprichos y comer de lo mejor de la Maya como cazador de destinos y renovador de la tierra del amor, es mi hijo. Yo lo recibo. El tiene su casa. No pedirá limosnas. No ayunará por causa de la necesidad. No necesita las reliquias de los célibes y santos. Satán lo ama todavía.
Este es el pacto: abrázame, tirano fálico, cazador hebreo, y te daré tu Espacio y tu Tiempo, el cielo nutricio, las delicias de mis campos morfogenéticos. Yo soy el que mejor entiende tu fuego y la humedad caliente de tu axila. Soy tu entropía, tu varón y tu hembra, tu hidrógeno en llama en el interior de tus estrellas. Te dí la intrepidez del pez fluctuante en el océano cósmico. Dejé que seas sin mí y no por mí.
Soy tu amante, el más apasionado de los hieródulos con que traficas tus polaridades cuando te vas a los desiertos a echarte con las bestias, o te sumes en los campamentos de misterios, incrédulo de los ángeles y de aquel que se arrastra hasta tus piernas, serpentino y zalamero, con la memoria de los secretos y soledades que ya no recuerdas.
Finalmente, él aceptó ser un elemento de crisis por la pérdida de protones. Soy el padre del Sol. Coagulo el albumen.
Lo acusé de ser una megáspora que huyó de los prótalos cósmicos o los espacios arquegónicos. Navegaría como gambuza en la barca del Mar Sideral; pero tomó mi sangre como saco embrional, como su ruta para los Lagos de Texcoco. Y el cabrón no me perdió ni pie ni pisada. Vivió conmigo, con nosotros. Y vive todavía entre muchas gentes que juegan a las bandas, a las que no se ha dicho: Jódete y aprieta el culo. Fuck yourself!
Mi familia sufrió. Por culpa del ser, fuí como un extraño para todos. ¿Qué importó que, como embustero de las esperanzas, inventara las metáforas de la felicidad y el buen comportamiento?
Este opresor del culo de su madre fue un monigote al que, en vano, fue cubrirlo de bendiciones y ampararlo como hicimos. Antes de él, se esperó que fuese un niño bueno: tal como me quisieron, loco y manso, agradecido y gentil. Uno que no ensucia la ropa, que es modoso y apacible, sin groserías y sin violencias, sin este odio; uno que ignora que puede ser el puente para el individuo superior...
Pero si cualquier pajarraco de estopa, cualquier mosca u hormiga de mierda, se acomoda en mí, forja su tribuna, se burla o se lucra de mis mansedumbres, algo cambia. Descubres que estás siendo herido y que te lastiman el futuro que el arco del tiempo flecha como tu dirección.
Uno se vuelve cobarde, irresponsable, dependiente y nunca deja de ser niño. Se evapora.
Continuación / 10. El exhibicionista
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