19. La coneja de pilas
Confieso que bajo el microscopio he visto la oosfera dentro de las gamias. He localizado los zigotos en marcha y he visto los gametangios, masculinos y femeninos, a ese nivel minúsculo de la oogama y los flagelos; pero nunca a partir de un muñeco de felpa o peluche.
Mi hermana puso sobre la cama una hermosa criatura de felpa o peluche. Un ser extraño que terminó siendo una coneja. Me asomé a la habitación de Catherine, donde escuché unas voces desconocidas.
Miré nomás tantito. Sí. Catherine se había sentado en la cama. Ella metió unas pilas eléctricas por el culo de la gama. Sí, por el culo.
Do you ever see the like?
Eres de lo peor, hermanita.
Para ella, la vida es reventón, gozo. Cargar las pilas y hacerlo a dedos ahí, me estuvo de lo más gracioso. A ella, por igual.
Gente hay que dice que mi hermana es putangona, discotequera, modernista, peor hereje que yo. Soy un místico de mierda si se me compara. El juicio es freudiano: «La anatomía es el destino». ¿Y qué saben ellos del destino? ¿Habrán sufrido para alimentar el amor y hacer que hable primero el corazón que su racionalismo animal?
Eso me duele porque la juzgan quienes menos valoran su ternura, es decir, quienes no son como mis huesitos.
¡Es la envidia, la puta envidia, usted sabe!
La vida parece comenzar en las ingles; el descanso, te lo da el sexo; la emoción, las piernas abiertas. Yo no puedo elevar lo más visible de mi ser, confiado en las palabras. A Catherine, o a mi alma, no se llega por el camino del discurso. A ella hay que sentársela en las piernas. A mi alma, se baja por un túnel. Debo bajar lo más que pueda, al pragmático y vulgar aquí-sin-allá y proveer mi voluntario descuelgue. Ella me dice mi amor muchísimas veces porque soy como ella. Cariñoso, cachondo.
Sólo a ella compartí los códigos más simples del sótano. Del sótano que yo tengo por espíritu, por comprensión.
Ahora me vería en una situación extrema. Estaba deseoso de matar y fornicar, estaba odioso en el mundo, enojado con los cielos divinos, peleado con la filosofía y el consuelo.
Estuve dispuesto a explicárselo: el pájaro negro sufrió un gamobio. Lo ví entrar por una ventana. Y halló refugio en el cuarto de ella, en esa mona que trajo, en ese muñeco con pilas en el culo.
¿Te gusta la coneja?... me preguntó.
Veo una gama...
¿De qué me hablas, mi amor?, preguntó la zonza sin quitar su vista de mi falo endurecido que babeaba.
Cuando dice mi amor, verifico que no está enojada. Que la puedo tocar y besar, que poblaría mi mundo con sustancia, que puede ser invencible y aún morir conmigo.
... Te compraré una Coneja más grande que ésa, que tenga una voz grabada, que no sea tal chilladero, con las pilas insertadas en el pecho, porque el asunto de atizarla no te late, me dijo. No tiene que comprarme nada. No lo he pedido.
Eché mis ojos escrutadores sobre ella. Se echó a reir la maldita y preguntó: ¿Qué ves a la mona? si está resimpática...
Ha pasado otras veces. Otros no observan lo que veo.
Okay, nada, dije, pero ya había pensado matarla y se la pedí prestada para asesinar lo que dentro de ella se había metido. Todavía el pájaro negro estuvo atrapado en la Coneja.
Advertí: Déjamela esta noche, te la guardes. ¡Por favor! Se lo supliqué. No tiene que comprar otra coneja.
Muy bien. Te presto la Coneja. No te sientas triste, ¿me lo prometes? Ni te colgarás de los pies. Nunca más. Okay, le dije.
Previo/ 18. Kyrie Eleison
20. La visita de Don Nadie
Don Nadie me llamó con la voz de Gabi Ruffo. Me senté en la bacineta, cagado de miedo. Me traicionaron los nervios. No salió ni mirringa de caca. Entonces me desvestí y entré bajo la regadera, con el chorro a todo hender y el agua fría. Y cepillé mis dientes y me vacié unas gotas de medicamento en mi ojos.
Otra vez quise echar unos pedos. Abrí la puerta nomás tantito y ví a la gama, expresando una animación inesperada. Se estuvo masturbando y ahora jugaba con una de las pilas.
Aluciné con una camélida, con dos cuernitos y las ubrecillas con manchas blancas. Cerré la puerta y metí otra vez mi cuerpo, si es que tengo, bajo el chorro de la regadera porque el agua fría me quita las ganas de llorar y los delirios alucinatorios.
Me escondía bajo la toalla cuando escuché la voz de Leticia Calderón. Pirri, ven. Catherine ya se había encerrado en su habitación. Supongo que dormía. Sólo que la voz que escuché fue inconfundiblemente la de Catherine. Mi hermana platica ronquito como Leticia.
Seguramente, me regañará porque el muñeco se volvió una camélida. El ser es pura gamucería, maldita sea. Y yo soy un mal compromisario. He debido matarlo, pero el ser-en-sí se va queriendo irse, se corona en sus tormos lógico-trascendentes. Me engaña.
El animalejo aseguró que, si lo mato a él, me haré ologámico y ovocelular. Nacerá una variedad de limos sobre la piel de mi pecho y otras levaduras. Me hechizará. Seré un sátiro.
Después seré echado a una fosa, junto con alacranes y darán mis vestidos de Calvin Klein a los pordioseros... porque mi jefita es creyente y ofrenda mucha caridad a los pobres. Aún mi madre me despreciará y no querrá un recuerdo mío en la casa.
A las siete de la noche, me acosté al lado del ser. Yo había planeado matarlo. Fuí a la cocina y busqué una daga turca y un trapo para meterselo en la boca. La celada fue perfecta.
Había prometido a Catherine que cuidaría su camélida, aunque usted sabe, fuese pez o rana quería matarla... Ella tuvo la noche libre en Xtabai, club nocturno donde administra y gana mucha plata. Estaría al pendiente de mís delirios alucinatorios. Creyó que el único reparo mío a la mona fue que tenga las pilas metidas en el culo. Se llevó las pilas a su habitación para que yo no cediera a la manía de meditarlo demasiado.
Dormir con la gama no es lo mismo que dormir con el mono de peluche. No pegué los ojos un segundo. Casi a las doce de la noche, me encaramé sobre la gama. Metí el trapo en su boca y acallanté la voz de Gabi Ruffo, con que me dijo: No me mates, Pirri. Puse la daga en medio de su entrecejo, dispuesto a sacarle los ojos y los sesos, a cuchilladas.
La gama, con la pata izquierda, me empezó a rozar el carajo. Y levanté la daga para clavársela en los ojos. Con una patada, más rápida que la puñalada anunciada, el animal tiró mi cuchillo fuera de mi puño. Sentí cuando pegó en la pared. Mi mano quedó entumecida. Lo descubrí al apoyarme sobre el colchón para bajar del lecho e ir por la daga.
La bestia se puso en cuatro patas. Corrió de un lado a otro. Rumiaba con pánico para que Tío Lucas o Catherine despertaran y vinieran a mi alcoba. Encendí la luz y la ví brincar una y otra vez sobre la cama. Echaba los bofes para zafar el trapo de gambruna que le hundí en la jeta.
Cállate, le dije. Te odio y ella rumió: Te amo. Tenía los ojos llenos de lágrimas, como Leticia en las telenovelas. Para probar que me amaba, el ser salió de la gama. O mejor decir, fue un pedo. Se paró en una esquina. Y ví la estopa, amasijo de ralas greñas del espectro. Pretendía ser una mujer. Quiso engañarme con su apariencia virtual. Sólo que parecía un monigote, un espantapájaros.
No me mates, Pirri. Necesito el ser para ser vida.
Mi corazon se abrió con primitiva osadía. Como la de los que han sido llamados a ver cómo se les corta la cabeza, se les escupe el rostro, se les queman los ojos y los huesos. Mi corazón dijo: Tú o yo: ambos no podemos ser. Quise morir, o matar.
Te veo cara a cara, por primera vez, en 15 años, tocayoh del rencor. Te veo, enemigo, con tu cuerpo de pánico. Te veo celoso de las riquezas que yo tengo en mi cuerpo. Has aniquilado, poco a poco, mi concreto espíritu de moléculas. Quise decir, ATP.
Lo dije con mis manos listas para asesinarla.
Y se metió otra vez en la camélida.
Déjame alojar aquí. No tengo dónde ir.
Me acerqué, brinqué sobre ella al saber que se metió dentro de la gama y golpeé su hocico. Luego puse mis manos alrededor de su pescuezo y apreté. Cerré mis ojos para oprimir con fuerza. Sentí el trapo que rozó mi brazo. Estaba lleno de las babas de aquella bestia. Ella no opuso resistencia, excepto que con la voz de Gabi Ruffo me susurró: Te amo, amor.
Fue su golpe más rudo.
Me conmoví y me puse a llorar.
Continuación / 20
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