Narrativa de Carlos López Dzur
Links

Berkeley y yo / 1 y 2

3

4

5

6

7

9

Poesía social

Epica sobre Pepino

La casa

Cartas sobre Pepino

Ateneo Pepiniano

La pianista negra

Puerto Rico a la distancia / Entrevista

Antología el erotismo

Cuando se es niño

El Charkito/ Lcdo. Ektor Henrique

El Charkito / 2

¿Qué es el corazón después de todo?

Homenaje a las tortas

Memorias de la caverna

Marco Antonio y Cleopatra

Homenaje a Hebe

Elegía a mi madre

Memoria del ultraje de Floris

crucito el feo

Tantralia

Los pintores de San Sebastián / Puerto Rico

Mi araña predilecta en el congal

Angustia de Occidente

Gabriela crece

El motín

Berkeley y yo / novela

8. El crimen

... el yo mental por sí solo no puede crear la realidad fenomenológica, sino después de formar previamente la magia de su propia sustancia mental como un instrumento operativo.

...la realidad no es algo en sí mismo, sino una confusa y caótica base estructural de la que la mente selecciona formas arbitrarias, según el criterio que elige o le viene impuesto: Diego de Villarroel

Me acuso de asesinar a Don Nadie por voluntad propia. Mas, si se descuidan, me llevo la evidencia, corpus delicti. ¡Le saco al parche! Me chiflarán en la loma sin poder alcanzarme porque saldré por esa puerta como el pedo del diablo pelón!

No me entregué a capricho. ¡Me agarraron!

Me comporté sospechosamente. Lo admito. Si digo que esta boca es mía es para hacer el favor. No se forcejée en vano para atrapar mi sombra. ¡Gorilas, no empujen! Fue un homicidio ejemplar. Verdaderamente sólo yo puedo explicarlo. Indicaré cómo exhumar el cadáver y traerlo a la plaza, lleno de las moscas, todas las que tuvo dentro de sí. Exhiban su cuerpo, se los ruego.

De alguna manera el occiso supo que yo como ronco, duermo... Ni imaginó que moriría en el culo de una mona. Se metió en el callejón sin salida ante mis ojos. Le maté mientras dormía. Creyó que me falta el artha, el deseo carnal por las formas sublimadas que forjé por Agueda de Palermo. Se confió en las inútiles valoraciones de la ciencia de Maltzman.

Dijo: «Usted no puede ver lo que no existe. Esse est percipere».

El era un continuador lockeano, pero más negador. Sin abstracciones: ¿hay mente activa? Sin ideas, ¿lo pasivo, qué otro remedio hay sino colgarse de la mecánica de la indeterminación e incertidumbre? ¡Esperar, esperar a dónde nos lleve una corriente, o un devenir más fuerte que el destino y el azar? En el inmaterialismo el ser que percibe, el que ve y siente y reaciona, perece en las humaredas del fuego fatuo, de entidades extravagantes e inciertas. Juega uno a la magia como la Alicia de Carroll o la mujer de Jeremías, santa de día y poquianchis de noche... Dios como el único representador, ¿será quién se inventó el mágico mundo de Disney, el país de maravillas, arriba en las nubes, el humo de la pipa de la Oruga? Dios como Dador, ¿piensa por mí los seres a su exclusivo capricho? ¿Agota mi yo, mi extramentalidad, mi sustancia? ¿Será el ladrón de sustratum inmutable del Ser en mayúsculas? ¿Querrá que tenga alguna abundancia, por ahí o por allá perdida? ¿O debo ser tan pobre como ahora, que no tenga nada, aunque dicen que lo tengo todo? ¿Por qué me llaman el Perdedor Escénico? ¿Por qué me preparan un libreto, no pedido? ¿Para que no me exprese ni mencione a Dios o la libertad o la política como justicia universal? ¿Para que me vendan a las agencias publicitarias y las corporaciones, a cambio de respetar mi cordura?

Yo soy heredero; pero, alegan, señor investigador de la PGR, que soy un imbécil. Que no se hablar como la gente decente. Que soy vulgar. Que todo cuanto hago apesta al mundo de otras vidas más pudridas y frustradas que la mía. Toda mi libertad y mi imaginación crítica se ha trastocado como imprudencia o idealismo místico-cabronoide... La idea es que descarte el origen objetivo de la realidad y me tire al abismo de un origen subjetivo de mi consciencia personal y me pierda en ondas concéntricas, tragado por un punto geométrico de obediencia, sin extensión para el placer y sin materialidad útil para mi mundo social.

«Mejor, ya cállate», me dijo.

«No estás hablando con Sergio Andrade y Gloria Trevi ni Raúl Velasco ni Adal Ramones, Jeremías», me quejo tras oírlo.

«Sí, lo sé. Hablo con un looser. No sabes qué hacer con tu lana, cuate; pero andas mafufo con el opio de tus libros de mierda. ¡Pobre pendejo!»

«Hablas con un enemigo de Berkeley», insisto yo.

«Tú que te cachondeas a mi novia otra vez y yo que te parto lo que te queda de madre!»

Intervino el espíritu del Dr. Maltzman, quien propone un lenguaje lineal, binario si es posible, para todo, y dijo:

«Ubícate, joven. Hoy estás conmigo. Todavía no comprendes contra lo que luchas».

Sí. Yo entiendo. Grito al viento. ¡Con la esquizofrenia del mundo! ¡Con los celos de ese pinche cabrón!

El anotó que, por algún exceso de prolactina de mi hipófisis, no tengo pasiones. Ni erección ni ganas. Sigue que soy un niño bueno que no mata ni una mosca. Que no debo hablar de tres crímenes y menos visualizar al Obispo como el Gran Inquisidor.

Usé mi verga como garrote. Despierta de los muertos, ser de estropajo, tú que fuíste víctima. ¡Desmiéntelos! Ríos de leche y miel te cubrieron. Vomité mis aguas vivas. Grita con voces de hembras hermosas, coneja de peluche, tú que fuíste el muñeco del desquite y la trampa mortal.

Yo desmiento al Obispo. Todo obispillo tiene una zarpa, con uñas afiladas. Yo brindo mis arrebatos de amor y él me engarfia, con hostilidad solapada. Mi madre lo acepta: Berkeley me inspiró lo que a ella más asusta. Que yo me suicide, que yo no quiera mi cuerpo, que yo peque con mi propia mano contra mí... Ahora yo quiero mis deseos, mis reflejos cualitativamente nuevos. El mundo exterior me excita y no siento vergüenza...

No puedo echar atrás.

Otras Agueda de Palermo estarán en manos de otros quincianos miserables, cuyo dioses no mueven la mano para salvar sus hermosas vidas. El Hijo del Hombre dejará que la opriman, la torturen, la santifiquen con sus conspiraciones. Alguna mujer caerá en tal caos, sin que yo lo sepa. En vano, me colgué al pecho esta medalla con el rostro de la mujer que amo: Santa Agueda, patrona de Malta. En vano dejé a los amigos irse con mi chava, con Cèline, con las hermanas más adorables de mi carne.

El ser pordiosero, el Ser inextenso, se me pegó crédulamente. El fantasma. El Coco. El Diablo pelón. Se me adhirió a las moléculas que yo no sabía que existían porque siempre las ignoré como parte del delirio, que dice yo soy. Esa criatura que yo tendría que matar es una lepra. Y aún me siguió falderamente. Quiso ser un ladrón de objetos estelares, tifón de las mareas celestes y de la curvatura infinita del espacio-tiempo, sustentado parasitariamente en los tránsitos undívagos de mis movimientos y la soledad quemante del centro de mi mundo; pero el ser eligió mal. Yo sufro delirios, vivo de bravata en bravata con la Constante de Plank. No me importa ser minúsculo para luego ser enorme como una galaxia.

Finalmente, por su causa, desperté de entre los muertos que se consuelan con el espíritu.

El payaso su cadáver retira de la tierra y la selva es su red de llamas. Las bestias son el acervo de su comunidad de energía y acometida. Ya no hay tiempo que envejezca al payaso en el éxtasis ni rosas dormidas, valvas tronchadas. Su sexo todo lo despierta, germinándolo con vocación de humus. No hay distancias ni territorios ni colapso entrópico. Ni censura que prediga que su simiente ha muerto por la homicida traición de la palabra organizada...

¡Cómo danza el shaman, cómo se parte en rayos y centellas! ¡Cómo se viene desde sí, duro y vital, corriéndose sin la prisa de morir, con esa muerte de pájaros negros! ¡Cómo se amarra a la luz, cómo se crece, se armoniza, se aliviana, se amaciza! De esta manera, él se eleva, se comunica, se dispensa, se irrumpe, se declara, se pervive!

Todo, todo, todo, aún la vida que está viva, perfectamente endemoniada, para él es madrugada. Toda la tierra que conocemos, el acervo de las selvas, las redes del fuego, las magnéticas trenzas, las arrugas ocultas bajo el ceño y las melenas, el prado de cualquier alcoiris, es madrugada.

Todas las montañas, los cráteres de la piel, los tibios cautiverios de las flores, las rosas dormidas y túrgidas valvas, bajo el ombligo, los vellos y los lunares que arropan las galaxias, los planetas de cilios, madrugan. Todos los suelos de la posibilidad, las burbujas que impregnan los túneles, los espasmos siderales y los latidos serenos, las vacuolas negras y las sordas catedrales, los libros prohibidos, la predicción de árboles y el hallazgo de raíces, toda la vida que está viva, perfectamente endemoniada por la angustia y la violencia, por los tránsitos irrefrenables de lo nuevo y los saltos de azar, son madrugadas.

De la Terrible Sombra, rajándose al unísono con la voz anhelosa del asombro, todo sale para que tenga categoría objetiva y aquello no sea ridículamente primitivo y posible. De esta manera, sin error premeditado, el dolor funciona para acumular lo que es mío cuando, desnudo de pies a cabeza, lo quiero, porción a porción, hueso a hueso. Así amo a las células, a las excitaciones, a los metabólicos caprichos, a la capciosa sangre. Todo se me obsequió, destornillándose de risa esquizofrénica, cuando mi payaso resbaló, cayendo a la tumba y se reacomodó bajo las cobijas de la muerte.

De esta manera se prepara mi mano para ser generosa. Me olvido un poco de mí, como él de sí. Significamos la gratitud para los huesos que nos han servido tanto, silenciosamente. Ya somos él y yo, yo y el mundo, yo y todo lo que estuvo pidiéndome el amor desde cien elementos. No sucede siempre que todo, todo como una geografía, se avolcana fraternamente y el puño ebrio se abre como una caricia, igualmente fértil de ímpetus y amor y madrugada. Exploramos los parajes de otros bosques. Acaudalamos otros cursos del agua. Navegamos con vientos inesperados porque toda la vida que está viva y que jamás percibimos... ¡ahora es vertida como suspiro, descrito sin palabras, como palomas en fuga!

Este trozo de cielo abierto es mi reposo infinito. La energía del éxtasis. La luz que salta y cuelga desde las masas protónicas de los techos y los ojos eléctricos que la orbitan desde el sótano.

¿Yo? ¡Siquiera supe que los seres existen tan perversamente! Siempre me interesó el valor mínimo de mi magnitud dinámica, el punto fijo de reposo. ¡Pero ya soy albúmina, chingadera metabólica! Tengo pasiones.

En las mañanas veo mi verga parada y platico: Hola. Elévate y descansa porque saldré a la calle. Que no digan que te ofreces. O estás en venta como una zarandaja.

Antes yo pensaba que mi cuerpo es sólo un pensamiento. Me negué a mirarme en los espejos. Desconfié de todas las sensaciones y de las percepciones recurrentes a la que asocié la imagen con que, a fuerzas, me topé. Me imaginé con las formas más variadas y caprichosas. Fue así que enloquecí.

El ser puro fue feliz con mi locura... pero, paulatinamente, la hipocresía de los profetas del ser me hizo sospechar que fue a la inversa. La opinión ajena es acusación viciosa. Mi pensamiento nació de lo corpóreo. Lo que no existe es el pensar. Una matriz que contenga pensamientos enfrascados en sí, heredables no sé cómo.

Entonces, decidí que me vestiría de luz, silencio, quietud y ausencia.

Me colgué del techo como una lámpara. Negué mi ser y mi pensar.

Otros han sido los que me descuelgan para que camine. Me abren la boca para que hable. Me inyectan sustancias en los sesos para que diga: Esta boca es mía, como ustedes, fatuos, ¡hocicones!... En Coyoacán se supone que platique sobre las mejores cosas, incluyendo ¡la gratitud, los amigos piadosos, la excelencia de la ciencia y the all modern conveniences!

Me aburrí de agradecer.

Sólo que estoy loquito, gracias a Dios, y él en su misericordia me dio la mamacita más chula del mundo y tres hermanitas hermosas como soles. Se me compran todos los libros que yo quiero, ropa en abundancia. Se me alimenta. Se me lleva a los conciertos y a la Catedral. Yo como bien. No me falta nada. Se me cuida cada paso que doy. Se preocupan por mí, noche y día. Mi casa tiene criadas. Yo no debo trabajar. Yo soy ilustre por mis apellidos; yo nací para ser amado. Así es mi destino venturoso, opus laudi en la tierra.

¿Qué importa lo demás?

Nietzsche vino, renco y sifilítico, a mi sótano. Lo admito. Fue un delirio. Comenzó a escupirme, a insultarme, a burlar mi camino. Berkeley es una cloaca. Húndete, cruza el abismo, crea tu dios con tu siete demonios. Sentimientos hay empeñados en matar al hombre solitario. Si lo logran, ¡ellos mismos tienen que morir! Pero, ¿eres capaz de ser un asesino?

Continuación 9. / Perfil del asesino
Previo

Indice / Berkeley y yo

Ateneo Pepiniano: Una presentación ||| Memorias de la contracultura ||| Berkeley y yo ||| Suerte que eres ilícita ||| Mantillita||| Carlos López Dzur en Blogspot ||| Indice / España ||| Lope de Aguirre y los paraísos soñados ||| Mi araña predilecta en el congal ||| El filósofo machista ||| El libro de la guerra ||| Las zonas del carácter ||| Las zonas del carácter /1