7. El inconforme
The solidity of bodies is merely apparent: George Berkeley
... ¿Cómo no estarlo? El que vivió por mí, sustituyéndome en el pensar, fabricó una leyenda... El sujeto se volvió loco por leer a Nietzsche. Dicen que fue marica. Vago, junior, fresa, pedante, afrancesado, mitómano, brujo, ateo, delincuente, obseso, poeta, inmoralista, retrógrado y conservador...
Neta: no recuerdo si alguna vez dije que mi vivir fue lo que quise. O se dijo. Me descubrí de repente como fenómeno obligatorio. El axioma se declaró antes que el epistema.
Nacer no tiene ningún mérito. Valioso es redimir el azar y comprender. Sin esta comprensión del valor, como Nietzsche dijo, la nuez de la existencia estaría vacía. O mejor decir, la inercia a la inautenticidad de lo vivido equivaldría a nacer. Ser a priori y sentido sería la misma mierda. Vivir implicaría este absurdo sicológico: lo nacido, a la postre acabado, sin garantías de felicidad, es un determinismo en cada uno de sus años. No hay recompensa ni castigo.
¡Vanidad de vanidades! Vivir es trillar paja, es quemarse sin entrar en calor.
La manifestación del ser hizo de mi vida un berenjenal. Y no tuve el tiempo de concluir que el ejercicio conceptualizador de mi vida se desarrolló evolutivamente antes que cualquier lenguaje y aceptación del yo. Distinto a los elementos de cualquier idea o construcción discursante, mi habilidad conceptualizadora no depende de una presentación secuencial.
Los conceptos no son convencionales ni arbitrarios. No, señor. No dependen de su comunidad de idioma ni del aplauso histórico de los hablantes y opinantes ajenos, sino de mi corteza cerebral, mis memorias, mi hipocampo y mis valores, el si quiero o no sobrevivir.
Mi compadre Nietzsche dijo: El Ser tiene que ser eternamente acto y culpa. ¡Qué ilusorio es decir nacemos y vivimos sólo porque se fluye como una meada a prisa, accidentadamente, y el límite del flujo lo fija la luz en el vacío! Y que la gente aplauda por ésto, ¡qué vulgaridad!
¿Cómo fue que pasó, en definitiva? ¿Cuándo nací, quién soy y qué nombre se me dio? No me acuerdo. La gente me dice, Pirri, ven aquí, Pirri, házte allá; Pirri, te vemos, te tocamos... Si soy tan imbécil como parezco, dije: Okay, nazco. Aquí me tienen. Ego sum.
Desperté de entre los muertos.
¡Amé a los que ya no gimen ni corrigen sus vidas, a los que esperan más gusanos y sólo dejaron memorias inútiles y fábulas de agarrapendejos! Me hastié del olor de los cadáveres y los sepultureros. El mismo asco con que desperté al mundo me dio la energía y ahora pido mi cocol. Yo quiero al mundo, tan gacho como es. La muerte se vence por sí misma y los creadores se mueren sin comenzar a crearse. Crearé a mi creador, aunque tenga que corromper, despreciar y matar, a los que antes creí mis redentores y me dejaron en la más embrutecedora crucifixión.
Tengo que matar a muchas moscas en la plaza, a los bufones solemnes, a los inventores de valores nuevos, a los jactaciosos de ser grandes hombres, a los mediocres y los miserables. ¡Los seres son moscas! ¡De veras, son moscas venenosas! Son pájaros negros, muñecos de estopa. Tendré que matar a muchos de ellos antes que yo mismo sea la víctima.
Créame: yo con el alma defino, exclusivamente, al movimiento eterno y absoluto, al anima mundi. Este simulacro de lástimas y violencias, hic et nunc, no es el paraíso de mis movimientos y me parece que es el peor de los mundos posibles. Esto será una apariencia que hemos tomado por verdad.
Para Berkeley, el espíritu es simple e indivisible. Y poco espíritu debo tener, amigo mío. Pienso que me caigo a pedazos y que mi sustancia pensante, mi sujeto, se detuvo en las sombras. ¿Dónde mi actividad ejemplar se halla que no tengo hallarme y Don Nadie me encuentra en la distancia? Si es que percibir y ser percibido es la misma cosa, ¿quién me percibe? ¿Habré de vivir con la pasiva herencia de una idea que no es mía?
Neta: yo no recuerdo que nací para admitir pasivamente todo ésto y no recuerdo si vivir fue lo que anduve haciendo... Siempre existí, colgado de una pierna, meciéndome en la luz y en la sombra sin origen. No me importa caer, ni aún morir. El hombre es puente, no fin. Pero mi hora del Gran Desprecio es también mi hora del Gran Amor.
Aún así, me acuso de que un Ser, con el oficio de último hombre que todo lo empequeñece, me dijo: Si tanto odias al ser, mátalo. Y opté por lo único que pudo ser la opción, asesinarlo. Mátalo para que no hayan más santas ni asesinados mártires ni vidas vanamente empequeñecidas por el ser. Mátalo para que no te empequeñezca a tí.
¡Cosa diferente será la vida prelógica! Antes tenía mi estilo, una dimensión vertical, secreta, una profundidad casi biológica y sentimental; yo era lo que quise ser /estando ahí, en mi pantano... pero a trancazos me han despojado y me despedazan. Ahora pues, en la horizontalidad de la carne que aluden como mi descarrío, si me siento parte de los rebaños. Con la palabra y la historia, soy un solidario de la mediocridad. Se me asignó una misión. «Debes ser moral y vivir con una edad; deja de ser un niño», me dijeron.
Pero la vida después de la razón y las causas comprensibles es la que importa. La vida increada no muere y el ser (que no es vida) muere por más pingos que traiga. El asesinato es la vía de la comprobación. ¡Por eso matamos, sin cansarnos de hacerlo! Ontológicamente, estamos irresueltos, irredentos, en dolor.