6. El señor que dice pendejadas
Todas las formas de materia son indeterminadas por su propio carácter: David Bohm
Pude haber sido un gran intelectual, astrónomo, o médico. La demencia me truncó. Soy un loco, orgulloso y con suerte. Mi mamá heredó muchos millones de pesos. Fíjese que hay muchísimos locos en México. Los tratan a las patadas. A mí, aunque les duela al hacerlo, me tienen que llamar señor, no paso por tan loco hasta que abro mi boca y digo pendejadas.
Cuando platico, a todo concepto lo salpico con sabiduría. Todo lo que he leído, desde niño, trato de asociarlo a una síntesis. ¿Dónde está el Dios de Berkeley y su Santa Percepción? ¿Dónde el arjé, principio básico que llamé la sustancia, mi pantano? Pero yo me ubico, aún con lo sentencioso, en la dosis de racionalidad que se espera. Sé que estoy loco y la mitad de lo que platico, ya ni yo mismo lo creo.
Prefiero callar, así paso por más cuerdo y las moscas no se meten en mi boca... Si no me perciben, mejor que mejor. Si el Dios subjetivado / Espíritu absoluto berkeliano no me ve, que no me eche la biga. ¡Que no diga que es mi puta culpa, que es el pecado original o mi miopía premeditada! Aunque cierto sea que yo he transitado por esos caminos no dualísticos de los eleátas y pitagóricos presocráticos! Hasta con el padre de todas la patrañas en Meteponto, hice números, tiré semen a distancia y comparé tamaños...
Los sentimientos utilizan el lenguaje común, el que yo detesto. Un conejo me entiende. Cree todo lo que digo. Ese es mi verdadero país de las maravillas; pero Carroll era impuro y se inventó esa niña, sentándola en sus rodillas, desnudándola en su depa; llenándola de algún tipo de poesía sensorial, frontándosela encima. Hipócrita. Niñas siempre deseosas de creer que él es un dios y que la maravilla surje sin la líbido y sin la morronga chipocluda... Ni yo, mejor dotado que Jeremías, más tiernamente físico que mi padre, que fue un alcohólico y golpeador, me comporté tan cachondo y putanguero.
No me gusta decir que nací, pero ¡si es preciso! digan que he nacido. Pero born-again Christian ¡guácala! Ojalá se me diera otra vez la tradición de Alicia y las maravillas; porque odio la de los obispos, desde los tiempos de Abelardo... Bueno, digan que tengo un yo y pocas ideas. Analícense dualísticamente. No sería la primera vez ni la última.
Al menos, sigo con la fe. Opto por un lenguaje neutro y sus significados lateriales, a los que puedo esconder en mis bolsillos, pese a que ando en la austeridad de lamadriz.
Digan que todo lo que acerca de mí se dice es cierto. Toda mi existencia ha estado plagada de los análisis ajenos. Por eso, aprovechándome de esta ocasión, voy a explicar mi crimen. Declararé la verdad. El hecho. La cochinada del acto en sí.
Escúchame, Jerusalén.
Devine absolutamente del reino de las asimetrías y de las reversiones hasta que un día me dieron la relatividad temporal del reposo. Esto se lo agradezco a Parménides de Elea. Me cansé del Devenir. La conceptualización me llenó de la idea de ser médico, brujo-yerbero, auténticamente útil y mágico... Creí, por fin, que arrebaté mi ser compacto a la nada. Uno y todo, en la unidad del cosmos, pero con verdad y opinión. ¡Tuve esperanzas, o bien, quise tenerlas!
El reposo consolidó mi existencia. Me hizo denso y lo surgido de mi movimiento, al reposar, fue alcanzado por los pájaros negros y engañadores. Regresé a la mierda, amigo mío. Me agarró la Migra por El Paso, o los desiertos absolutos de Pacoima. Me ví sin escapada en las manos del monstruo. Llegué a creerlo invencible. Creí muchas de sus mentiras. Tardé en concluir que lo imperecedero de los monstruos es mera alegoría.
La mayor falacia fue que el Testigo Falso sólo moriría gravitacionalmente, molido a dentelladas por una estrella rotatoria y errante de neutrón...
Pero mire usted, cuando apenas han pasado tres décadas, lo chingué. Su cadáver es visible.
¿Quién se atreve a velar en su sepelio?
No hallo uno. Las moscas no entierran al dios que les da de comer. Dicen que soy un señor que dice pendejadas.
En una ocasión Zaratustra cargó un cadáver, su primer discípulo, pero, a final de cuentas, dijo: El hombre creador busca compañeros, no cadáveres, ni tampoco a rebaños ni adeptos de credos... ¡Qué tiene que ver él con rebaños y pastores y cadáveres!... No he de ser pastor, ni sepulturero. No hablaré más a la gente; por última vez he hablado a un muerto.
La generación del Quinto Sol ha sido menos afortunada. Todavía los hijos del Sol cargan el cadáver, los huesos robados al mundo de los muertos, humedecidos por la verga de Quetzalcoatl. Creemos en la sangre generadora, en los viacrucis de pájaros muertos, en la acusación vengadora, en las venas abiertas y los tristes boleros.
Toma este puñal... / Abreme las venas.
Quiero desangrarme hasta que me muera...
Por otra parte, ni con una mirringa de mi propia alma me plazco. De seguro ni hay ángeles ni espíritus como yo los deseo. El Obispo Berkeley se adelantó y me los predefine. ¿Y qué importa si no lo agradezco? El los inventa por mí. Me los da de comer. Los digiere; yo comeré de sus vómitos. ¿Tendré que excretarlos en su nombre y el mío? Ahí está él, quien me dice: Pontifico sobre la Fuente Primaria y fundamental de percepción, sobre toda idea, o realidad. Ya soy tu belleza, tu gozo y tu Nada. Lo sólido no existe. Lo bello de tu amada es neurosis.
Tuve el alma de cordero sólo porque no supe mandarme. Me subyugaron las paradojas y la ficción del Así fue. Te dije así fue, Quetzalcoatl. Te lo dije, Cristo. Ahora estoy cansado de creer y confiar. Me hallé como siervo que obedece y, al final, otro fue mi amo... Quise llevar una corona llena de angelitos y veladoras a todos los grandes santos. ¡Ya no!
Ahora tiro los perros a Agueda de Palermo, me enamoro. Fornico con las amigochas que no conozco. ¿No le dije? Ni la misma Celinita, la chava de Campas, se me fue viva. Eso fue mucho después que esos dos truhanes (los realmente físicos que conocí) se burlaron de mí. Me hirieron gacho.
No es que yo quiera ahora ir a prender las veladoras por lástima. Entendí sus pretensiones después que salí de aquella escuela de talentos de la Ibero, donde posé. Querían que yo fuera guitarrista, bailarín y cantante, tres cosas en que soy hijo de la torpeza. ¿Qué representarían conmigo si no un fraude? Buscaron eso sí un fotógrafo de penes y pechos lampiños. Un jilipolla estuvo dispuesto a elaborar un calendario con mis ficciones orgánicas y sociales. Pasarían gato por liebre; me dieron un libreto para que mi boca quedara censurada . Si habría de abrirla para decir sandeces, que no sea ante el público y la prensa. Mi equipo hablaría por mí; yo sólo pondría mi pinche cara.
No, ya Jeremías no necesita veladoras, sino mis ojos abiertos, mi cuerpo en acecho, erotizándome. Mi admiración por él haber matado a los falsos dioses antes que yo. Uno no perdona hasta que logra el perdón, perdonarse.
A alguna que amo y a quien ya no llamo santa, en secreto, también la odié por su rechazo. Entristecía si ellas no enaltecieran mi carne con sexo.
Pedí mi cocol, ¿qué más pude hacer a esta altura?
No sería capaz de oprimirla como Quinciano, pero no perdono las guevonadas ni los misticismos. Ahora soy libre y puedo odiar por exceso de amor. Sigo con la medallita colgada al pecho, sin fe. Agueda está muerta, como Cristo, Nietzsche y Berkeley. ¡La muerte ya está muerta y la vida viva y no hay eterno retorno! ¡Ni resurrección ni dharma de retribución!
Lo siento, Agueda, ya no soy católico ni espiritista, sólo un señor que dice pendejadas, y si vivieras y me vieras, a lo mejor nos trenzamos en amor y sexo...