Berkeley y yo / por Carlos López Dzur
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3. El silencio está lleno de voces

Con el odio y el amor, descubrí que toda la vida es mía. Y descubro los peces que hay en el aire, las burbujas de luz que hay en los cielos. El silencio está lleno de voces más extrañas que las canciones de los tecolotes. La cabeza es una caja de música y los ojos no son necesarios para observar la cochina mundanidad, oscurecida. Berkeley me odiará por decir ésto con mi lenguaje del rencor. Este no es el mejor de los mundos. Es el peor. Con la mujer de Campas, comencé a conocer el silencio y el callar.

Me maldijíste, me maldijíste. Ah, también recuerdo... Cèline se echó a llorar. Igual que hace diez años. Lloró ayer cuando supo la muerte de su ex-novio, aunque ya está casada. No necesita para nada la verga de Jeremías, porque su marido tiene una. El muerto al hoyo y el vivo al retollo. Eso sí, ella está balconeada. El ser se la balconea si pregunta por mí...

La quise porque se parece a Agueda de Palermo que lo tuvo todo, pero prefirió irse a un convento y no tener nada; la quise porque me conoció (y yo sería como Felipe el Hermoso) y ella tenía reinos en Castilla, en Africa, en América, pero por mi amor tan evasivo prefirió enloquecer.

¡Juana la Loca; Cèline, la Diabla!

Es verdad. Jeremías Campas me salvó de echarme al vacío. Interrumpió mi cura. Aplazó casi todos mis procesos de amor a mí mismo, de libertad y regocijo. Así contribuyó a que conociera más a fondo al pájaro negro, al granuja que se rasca en mis huesos. En diez años aprendí la paciencia amarga, la divinidad del dolor. Y me deleité con las bestias provistas por mi propio reposo.

Son migajitas del placer que la carne tiene y que alguna vez nos harán vivir la plenitud del movimiento. El ser que antes se me había propuesto no puede ocupar lo suyo y lo mío al mismo tiempo. Hay cierto espacio baldío y exento al que él no penetra. El juega rudo dentro de los espacios elípticos de Riemann, pero rebota en lo homogéneo. Yo apenas conozco lo que es mío y no me interesa conocer lo que es suyo. Estoy en faldetas para una metafísica. Esto es lo que explica que dejara a Cèline en sus manos. ¡Yo la quería! pero se la dejé, año tras año.

¿Quién supo, antes de la invención del tiempo y el carbono, las células y las algas, cuál es la dicha y la fortaleza perfecta: el equilibrio térmico, sin mengua y sin agonía, a 100,000 millones de grados Kelvin? El gran desparpajado caminó delante de mí, como tarado que se jacta de todo los misterios encubiertos, y dijo: Yo supe, ergo sum. Dice que se apasiona al rojo vivo; pone su fondillo, super-duro y super-denso, en el asador. El tenía a mi novia, a la que me chupó la pinga ricamente, siendo yo apenas adolescente, ¿qué más quiso?...

Dice que con ella hizo de todo. Bajó, subió, se orinó y se cagó en cada infierno.

Quiso matarme de celos.

¡Ay, glorioso cabrón, cómo aguantas, si eso fuera verdad!

Y la temperatura se redujo al coño de los fríos, y él resistió hasta las cachas, sin decir ¡ay!, bravísimo, y que lo hizo por dar como herencia a nosotros su pellejo en forma de quarks y gluones. Esas son mensadas de canijo: presumir de tocho cuando es sólo un remolino de pellejo.

Los hijos de la ingratitud somos nosotros. Mas él, ¿quién cree que es? sigue creyendo que es el Jerarca de la Dura Noche y los Rotos Infinitos... Dijo que moriría por amor como un Cristo. Que la quiere o la quiso más que yo.

Al alcanzarse el cero absoluto, en el escenario del aniquilamiento (R.I.P., quarks y leptones), dijo que el frío peló los huesos de todo lo que existe, excepto los suyos. Los conservaría para Mi Novia, Su Novia, Nuestra Novia... Y por eso le vimos, le vemos y veremos, tan perfectamente extraño, insólito, simple, bruto y caliente, como el que no ha cogido, siendo simple y hermoso, juvenil y potente. Dijo ser más antiguo y primario que el primer núcleo visible y la primera estrella neutrónica en el cosmos. Pronunció como primer discurso el vaho: Hágase el Ser. Deténgase el No-Ser.

Solito se pinta el buey. Debió pasar por la tupida selva de los púlsares, donde los caníbales danzan como ménades y hay supernovas heridas y sangrantes entre sus dientes.

Con toda la química que Jeremías aprendiera, o se jactó de saber, no supo explicar para mí ni para nadie los cuatro mundos emanados del Ain Soph. El era judezno. Quizás pedí mucho a ese narizón. Su comentario sobre este universo físico, el Assiah, su mundo judío explicado por sus materialistas. ¿Acaso no estudia ciencia? Se explayaba sobre cómo enrolar un porrito de mota, o preparar químicos para inhalar y subir al cielazo de los huele-gomas, pero, ¿qué hay de explicar un quinto mundo, una raza cósmica, el ángel humano, el ser avatarizado?

Bájale, manito. Disfruta de la vida, aprende a culiar, tú que eres carita y olvida el rollo. Pónte mafufo conmigo y después explicamos el Gran Pedo sideral...

No, este como judío es un macuarro. No es hijo del linaje santo. Odié a ese hijo de papi.

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4. Por celos podría matar

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