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| Berkeley y yo / por Carlos López Dzur |
| Pepino | Schiller | Poemas | Poesía social | Estéticas mostrencas y vitales |
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1. Yo también la quería
A parte de la conciencia y de lo percibido por ella, no hay otra clase de seres o realidad sustancial, extramental. Dios es el orden y la coherencia de esa realidad sicológica, dadora del ser: George Berkeley Pensé que yo asesinaría al ser, cualquiera sea el aspecto y el cimiento ontológico desfigurado de tal, antes que Jeremías. Se me adelantó por un día. Murió trágicamente. ¿Homicidio? ¿Fue suicidio? Un proyecto desigual. El consentía al ser más que yo; empero, fue apurón como el descocado estudiante de química que fue. Yo, todavía estuve con mis ideas pasivas, más abstractas, pero feliz en el pantano. Fuimos amigos. Extraños amigos. Nos odiábamos a güevo, literalmente. Pero fuimos amigos... Con su novia no pude platicar sobre Berkeley. Ni con él. Para ella, él es el nombre de una calle. Nada más. No entienden de que se trata la existencia de un filósofo. Siempre tuve deseos de compartir algunas de mis ideas sobre Berkeley con los dos, gente más cercana a mi vida y fue pedir peras al olmo pero, ¡qué casualidad! el apartamento de Jeremías estuvo en la Calle Berkeley. Colonia Polanco. El se sentó allí y Cèline donde está parado usted. Te escucho: ¿quién es el mentado Berkeley? Es un amigo que dice que el mundo material no existe. Es decir, la esquizofrenia es general. Por eso, Jeremías, estás tan demente como yo y también tú, primita. ¿Me creerían? Por las carotas que pusieron, grrr... No sé y no me importa. Cierto día Cèline fue a mi casa en Coyoacán. Pidió que le prestara un libro de Berkeley porque dijo que tenía miedo de no existir. Lo presté. En fin, no creo que lo haya leído. Tampoco me devolvió el libro. Ni lo pedí. Ya no creo en Berkeley. Ya no creo en ella. Ni creo en los cuentos de Carroll, el pedófilo inglés que se inventó a Alicia en el país de las maravillas y, por un lado, la Alicia de mierda corría detrás del Conejo blanco de las pendejadas y, del otro, se reducía de tamaño cada diez minutos. Tal vez medité que a la chava mugrienta sucedería lo que a Alicia en el país de los delirios y paraísos de Carroll. El síndrome de la Alicia displástica. What have you got against me?, recuerdo que Jeremías me preguntó. Me obsequió el odio tan grande como el que yo le tuve y callé. Cuando te gusta la vieja de otro, odias, envidias, alucinas y traicionas al mismo tiempo. Tanto alucinamos, aún con fingida amistad, que nos hicimos la guerra. Nos tirábamos huevos pudridos en la Ibero, uno al otro y yo tuve una mejor puntería. Lo que sea de cada quien. Nos expulsaron a los dos, ¿me cree? Teníamos las paredes hechas un desastre. Un desgüeve. Ese exceso de violencia lo recuerdo. Fue la primera vez que me trataron como a un delincuente; a mí, que soy un santo. Gente de silencio y de paz. Pregunta usted: ¿Tengo alguna idea de qué impulsó a Campas al suicidio? ¿Qué tal si supongo, no por complicar las cosas, que aquí ha ocurrido un triple asesinato? Antes de que un pájaro negro produjera el asesinato de Jeremías, el occiso tuvo planes de matar al pájaro. ¿Qué tal si yo produjera para el uso de Jeremías una serie de herramientas letales? ¿Hice con mi conceptualización su móvil criminal? ¿Qué tal si que tal se quetalizara? Se lo dejo de tarea. Investigue usted que es el Dick Tracy de esta megambrea... Todos actuamos por impulsos, ¿o no? Alguna vez sabremos que achaques quiere la muerte para llevarse al difunto y que el ser que no nace jamás, pues ya nació calavera. Y sabremos que no todo lo real es racional. Precisamente, mi obra gloriosa no está determinada por el pensamiento o el racionalismo unilateral. Nihil est in intellectu, quod prius non fuerit in sensu. Pasadas unas semanas, Cèline me contó que Jeremías se dio un pasón, pasonsote con tamaños zapatotes, murió el cabrón. La droga no perdona y, por última vez, él la sedujo. Le comió las nachas, antes que el cuerpo le desapareciera, berkelianamente dicho. Ella estaba arrepentida de aflojar el horno, pobrecita... porque estuvo enamorada de mí y Jeremías ya lo sabía. Era virgen, indecente, calenturienta, pero vírgen en ese entonces. Se peleaban. Ella quería ser virgen por un rato más. O por chantajearlo y conservar para el amor algún misterio o no irse en apurones por el mundo, se hacía la apretada para ese momento de joder y recibir el aguayón torneado. El libro de Berkeley que presté a ella les desquició a los dos más allá de lo que yo había esperado. Yo estaba negando el mundo, por la boca de un santo. Asesinando lo real. Hay distintas maneras de matar. El libro de Berkeley fue como un puñal. O sea, si terminaron fue por culpa de Don Nadie, quien habla berkelianamente como si realmente no existiéramos. El tomó al ser por invención y, como siempre. Berkeley asesinó a Jeremías, diciéndole: No existes. Tú ni a pájaro negro llegas. Tanta culpa tiene el que mata la vaca como el que le agarra la pata. En cierto modo, dí el arma homicida. Puse ideas matadoras en la mano de ella y él. ¡Es que yo también la quería!
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2. Un pordiosero de ultratumba
El pordiosero de los grumos de este mundo parece un caco barato, mojón de primera. Lo llamo El Diablo. A veces le llamo Dios. Sin embargo, yo tengo aliento, pulso y proyectos. El no. Sólo vive a golpe de polaridades. A él tocó ser, sin tocar fondo, la micro-onda, radiarse en el vacío como sombra. Yo sí tuve el hambre de luz, yo si tengo ideas que sirven para algo, participo en la materia y mordí a las antipartículas como al pan. Como muerde un perro rabioso al hombre de la calle, al pordiosero de la esquina. Me llené de peso y de sustancia. Y tuve que descansar al séptimo día. Fuera de mi reposo, el gran payaso, pordiosero de sustancia, no tiene una piedra con óleo de reposo, su cuerpo bendito, donde recostar su cabeza de espíritu. Es decir, él está jodido. Su mundo está vírgen y vacío. Empero yo me destrocé el lomo por dar mis fotones cuando lo sospeché tan mísero, a la Luna de Valencia, más caliente que nunca pero sin chamaca... Cuando yo posé desnudo en la escuela lo hice por él. El no tiene más cuerpo que el mío. Para que echen un piropo a él, está cabrón. El dios o diablo que se hizo pordiosero es feo como un dolor de muelas. A mí sí me echan piropos. Sólo que me molestan. Me pongo rojo. Soy demasido hombre, o macho, para ese tipo de pendejadas. Me enoja que crean que soy un animal con el sólo propósito de la sexualidad y el narcisismo. Don Nadie pudo buscarse una vieja resbalosa y, en su lugar y por desgracia, se encaprichó conmigo. Lo mismo diría de la novia de Jeremías. Fui yo quien gusté a ella aunque andara con el otro. Quizás el Pordiosero, en ausencia de materia, vio mi duende en el vacío. Se enamoró de todas mis cosas, incluyendo el amor de mi chamaca, la cama sobre la que duermo y el calor con que la he anhelado, porque Cèline no ha sido mía. La desvirgó el que se suicidó, no yo. Sigo vivo. Quien agoniza vive más insatisfecho que solo. Aunque el enclenque oscuro sea un charlatán de feria, su corazoncito palpita ante las formas. Yo no soy el varón más bello que él ha visto; pero no fui el primero que se comió la fruta prohibida. El placer es lo único que juzgo espiritual y orgánico, primariamente natural. Es lo único que él no puede quitarnos. La subjetividad es consoladoramente práctica y perversa. Y, en el orden desordenado de la mente del Supremo Perverso, o con lo demás que El Pordiosero de Ultratumba pueda tener por trayectoria o peculio, él hace lo que se le pega la gana. Don Nadie obligó a mi amada a pensar que ella nació para pensar y no para dar las nachas. Convenida la prioridad del cogitatio sobre el fornicatio, el ser invasor le sacaría el útero para colocar su espíritu. ¡Qué desperdicio si fuese posible, en verdad! A diferencia, la quise cuando no tuvo, o aspiró a cargar con el espíritu. Entonces, fue un centro en el círculo. Quiso nuclear, revolcarse como loca sobre un pino, no que la orbitarán con sermones. Cèline nunca mataría al ser, ni el suyo ni el de Campas. Sin embargo, no es el núcleo de nada. Es cuerpo que orbita. Don Nadie le da órbitas y lunas. Ella huye de su centro. Esquiva los retazos macizos.
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