Narrativa de Carlos López Dzur
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17. La última vez que me colgué

Veo que los carpinteros, con delantales de luces, serruchan en mis costillas y lluevo el aserrín. Ellos cantan y me dicen: Gracias, arbolito. Colgado, como cruz invertida, Cristo ha caído del Absoluto y platica cómo rehacer al habitante de la matriz integradora y primaria.

Los fieles me buscan. No se cansan. No tienen miedo. Se han tomado el espacio que está libre, las tierras baldías del opus gloriae y construyen con agresiva productividad el reino, donde son príncipes y reyes, con la corona del propósito. Los animo a seguir construyendo. Y ellos elevan las escaleras para desatarme y toman de los cielos los frutos que la piel esconde. Ellos me aman desde el tiempo de las orugas y las larvas. Para ellos, existo y no necesito ser ni apariencia de misericordia ni envoltura de cordura.

Me llaman Arbol de Justicia.

Los querubines del Karma los codician. Lo admito. Dicen que son ladrones y que yo los vestí de sudor y locura. No ven que el sótano oscuro está lleno de luz. Pueblan las esquinas con pájaros negros, ciegos en melancolía, pájaros que se vuelven polvo y telarañas. El Tiempo. Creen que soy una vieja cortina, sucia y llena de años. Clavan sus garfios en lo que es el corazón mío. Sin embargo, en vano, se mortifican. Sólo me conmuevo por los soles.

Don Nadie no hará sombra a la copa de los árboles con las tuercas exactas de su praxis porque mi raíz sigue honestamente sedienta de porvenir. Todas las víboras y los pájaros negros se suben a mi tallo, me muerden sin provecho. Los mixtificadores se enroscan en aras de chupar de mi fruto y me endurezco. Echo las cortezas rugosas. En mis enramadas se prodigan los espinos. Protejo mis células, me quiero.

No permito que ellos, los engañadores, muerdan un pedazo que yo llamo mío. Para lograrlo, elaboro unas metáforas que ellos no comprenden. Sobro analógicamente, me parapeto con placer y apetito. Por desgracia, me desatan. Odian que gire. Que rote. Me llevan a la tierra de los violentos y los cómplices, en una fijeza que postra, que vacía. Aún para ustedes que, tan cómodos se refocilan en los altares con heboides cochambrosos, no es deseable el cisma entre el infinito y lo finito, no importa que no sepan pagar el precio de su máxima intensidad por aquello que es el objeto de sus adoraciones. Me han dañado. Quise girar con Dios y han detenido la mano con que él meciera mi conexión con el infinito. ¿Quién entre ustedes adorará, sin pataratas y sin protestas, el día que no haya premio y los días se vuelvan muy oscuros por exceso de pájaros negros, el día que el dios Amor exhiba por cara al propio báratro? Ustedes son etruscos de la fe, ociosos en el lujo, agentes simoníacos de místicos placeres. ¿Quién, entre ustedes, los godeos del protocolo y el ritual, los pietistas del canonicato, continuarán siendo los devotos cuando la carne a podrigoria lepra se les caiga a pedazos?

¿Cuántos, metidos hasta las trancas en desprecio, irán a la comunión del gozo santo y la franqueza primitiva del espíritu? Segurolas... que ninguno...

Mi hermana pregunta: ¿Por qué te colgaste de los pies? Has vuelto a hacerlo otra vez.

Sentí mi alma hambrienta. Me tendí a beber la luz. Quise estar en paz.

¿Te sientes triste por la ausencia de mamita Cata? ¿Por Alma, por Patty? ¿Por qué no estás en paz, hermanito mío?

¡Qué tierna es Catherine! Gracias por lavar el jacket, le dije.

En verdad, pensé, me alegra que se hayan ido quienes no me comprendieron. Estar a solas con ella es conocer a las diosas, a los seres puros y verdaderos.

Continuación / 18. Kyrie Eleison

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