Narrativa de Carlos López Dzur
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15. El suplantador

Le dí mi casa, mi ropa, mis gratitudes por todo lo recibido, para que él me ofreciera el auditorio de las consciencias limpias, lejos de la plaza y las moscas. Donde empieza la plaza, empiezan también las estridencias de los grandes comediantes y los zumbidos de las moscas venenosas. Esta es una cita de Nietzsche. Sin embargo, el yo sabihondo, logrero, sin gloria, me traicionó. Desfigurándome.

Quedé sin abrir la boca como el hombre intenso que anhelé, mudo año tras año. Mudo y triste, a no ser para echar el rollo que le dije: Estoy loquito, gracias a Dios, y él en su misericordia me dio la mamacita más chula del mundo y tres hermanitas hermosas como soles.

Todo cuanto fue callado, reprimido, estorbado y prohibido, frenó mis ansias de sobrevivir y me dio su asqueroso amor, amor que obedece, actitud silenciosa y pasiva de rebaño.

Nietzsche dijo que sólo la mala consciencia dice yo. Nadie me ha tratado como un individuo. El ser me trajo al Yo del agradecido enfermo, me condujo a la mala consciencia de siervo. Esta es la moral del esclavo de la que lucran los comediantes de la plaza, los diseñadores de comportamiento y de tablas de valores. El que buscó su provecho como ladrón y se valió del rebaño fue más listo que yo, pero no pudo evitar que lo odiara. Me volví muy sospechoso.

¿Para qué es el Yo?

Ciertamente, el Yo del Sattva, el que se me pegó, dice que el Yo piensa, discierne, anhela y sufre. El Cojito Cartesiano, bastón en mano, cum mica salis, se da alas a sí mismo. Evita caminar sobre el opus gloriae del Esse. Prometió la felicidad como ubi abundavit vita, si no lo asesino y, en esa voluntad de que un día pueda salir ante mis ojos, sin que yo lo asesine, me siguió a todas partes. No me lo pude separar. ¡Vaya terquedad!

Este ya no fue una cosa, arrimada a mis huesos, fue mi camino. Fue la maligna variedad de ciertas posibilidades determinándose dentro de mí como el moscardón y el chupasangre, llamado espíritu.

¿Dónde vivo? ... se atrevieron a preguntar.

En la Naturaleza. ¿Dirección? No tengo dirección. Sólo el ser tiene su alojo y la meta de pervivir, enchufado a mí como clavija.

¿Dirección? ¡Hipócritas! ¿No han visto que me arrebató la mía? Fui su camino, su techo, su circunstancia más segura. Se metió en mí, que soy un cachito de algo inorgánico que se hizo orgánico, y él me desalojaría, si no tuviera el proyecto de matarlo como mi único recuerdo.

Se quedaría con mis camisas y los Edwin Jeans de mi closet, con mis hermanas se iría a la cama, y robaría a mi jefa. Sólo que, para el desalojo, él tendría que salir y mostrarse ante mí por otra vez y, entonces, yo no perdería ocasión de apuñalarlo o matarlo a golpes.

De la única manera que he sido libre fue dejando de ser su cautivo. El practicó el juego de esconderse y su yo, en mí, el juego de creerse libre cuando no lo fue. El nos halla, nosotros no. Estuvo más protegido que cualquiera de nosotros. Estuvo impune e ilícitamente encumbrado, siendo Don Nadie.

Me entretuve con el artha del Atharva Veda. Derribé la anagogía, estrictamente mística. Le eché mil kilos a la magia y llamé por su nombre a todos los manipuladores apodícticos. Me gané el odio de todos los que me besaron las mejillas.

El ser me odió a través de Mateo Estirado, Jeremías Campas, Porfirio Voisin, Elvira, Cèline, Alma Valdez... Me quedé solo, solo, solo... pero esta soledad sirve para algo. Uno ve al falso dios su cara cuando está en el límite del amor esperado, la esperanza. A veces se rescata la esperanza del odio. Cuando no hay suerte, te mueres.

¿Con qué tipo de odio me odiarán ahora que saben que no tuve ni tengo ni tendré temor a los gozos del sexo y mi frase favorita declara Concubitus, non nuptias, sed consentus facit? No sé si ésto es un privilegio.

Otros no lo piden porque no saben pensar. Dije al doctor Maltzman: Dáme tus notas, ladrón. Todo cuanto se relacione a mi vida es mío. Esta locura hermosa es mía. Tengo, pues, cada una de sus observaciones clínicas, su libreta de notas, sus grabaciones. Todo cuanto dije bajo hipnosis y en los raptos de intenso gozo, o por el más consciente capricho, ha sido fotocopiado y recaudado para el análisis propio.

Ya estoy en control. Yo maté a Don Nadie. Corté sus cabezas. Le fumigué todas las moscas. Corté la cabeza a la peor de las Gorgona.s

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