14. Dios y la soledad
Cuando uno quiere hablar solo, Dios queda inventado. Dios no es otra cosa que nuestra soledad. Por spinoziano y monista que soy, vuelco mi ternura en los conejos y veo mi alma hambrienta, mi milagro de milagros. Cuando hablo a los conejos, mi hermana me adora. Usted sabe, Catherine.
El alma hambrienta bien sabe lo que son sus cucutúes: multiplicidad en la unidad. Yo sé que es un conejo de peluche y uno que es real; pero ya no me importa si hablara a uno u al otro.
En realidad, a los dos, a cualquiera de ellos mis preocupaciones filosóficas valen cacahuate.
Como todos los imbéciles reales, yo solía convertirme en vecino asincrónico y él, cualquier engañador, aunque en vano se delegara en mí, era más feliz que yo. Ni limitaba ni predestiné. Fuimos dos permanentes irreconciliados. El sí se jacta de ser un objeto absoluto...
Y yo, la sombra encarnada orgánicamente. Y él supo que yo viví en cuatro patas, desplazado en tierra de los mortales. Por eso quise a su chamaca cuando supe que me quiso; puede que se haya reído si lo quise matar.
¡Fracasé tantas veces!
Ella siguió a su lado. Yo seguí en la esfera del silencio. Da la casualidad que él nunca me dio otra cosa que dolor y celos. Puede que ella y él se hayan reído de mí.
Otros advinaron que mi corazón rechazó los falsos deleites, se empozó en el rencor y no en lo que predijeron. Se asombraron de que dijera que me alegra la muerte de Campas. Que ahora podría reconquistarla. Quitarle la novia. Obtuve un lenguaje rencoroso, mi pozo de ira y de soledad, que un día estallaría como una granada. Lo supieron. No sé si fui injusto al odiar a Jeremías, pero estoy seguro que es honesto pelearse contra la incorporeidad y pelear con los ángeles desde alguna trinchera. Por esto no tengo remordimientos.
Esto me ha permitido volver a la sustancia, a la raíz, al placer.
Se sorprendieron al descubrir que tengo mis propios deleites, jamás definidos antes.
Había sido difícil matar a Don Nadie. Lo admito, ¡pero no hubo de otra! Esperé pacientemente. Fue necesario que muriera el que sorbe el escapismo por las narices. El que prostituye a la niña de mis ojos. Tragué la amarga tolerancia antes de actuar. Malviví al ser para que él me dejara. Por esto pienso que soy prudente aún en la desesperación del presente. He prescindido de su novia, ya no la codicio; pero no he dejado de pensar en ella.
El habría preferido que yo siguiera leyendo a Berkeley, yendo los domingos a la misa... Corté de tajo esa costumbre. Inventé, por primera vez, algunos placeres para mí, no para él.
Don Nadie desprecia a los solitarios. Esto es lo mejor que yo soy y que fui... alguien que se aburrió de tanto dar gracias a la Misericordia de Dios, a los médicos, a los loqueros, a las criadas, a las carnalas, a las solemnes urracas, a las venenosas moscas... alguien que anheló el juguete más peligroso, o sea, la mujer... En verdad, me comporté sospechosamente, al ver lo más curioso que existe en la Naturaleza. ¡Las chamacas!
Tampoco tú me comprendíste. Jeremías. Consuélate con saber que me alegra tu muerte, pero que Celinita no es mía.