13. Jonás y la Ballena
... Y en la bodega sin fin, el vientre de ballena que El es, se concluye que sí hay un Universo y condicionalidad histórica. Un pinche aquí. Es Jonás jode que jode. El dios del tiempo reversible, el ingobernable estrafalario de las curvas soledades del cosmos, el que saca terremotos de la manga.
Su escupitajo galáctico arropa a las enanas de todos los colores y a las gigantes de todos los tamaños. Aún así, se equivoca si piensa que yo lo puedo querer eternamente... Y, es verdad, a menudo lo quise, sin reparar la absurda alegoría de la eternidad y recé, invocándolo:
Crece, diosito mudo.
Agigántate ad infinitum,
payasito del horizonte eventual.
Echale ganas.
Sube como una enredadera trepadora.
Ven por tu Iglesia,
la amada que espera que la tragues,
tu hembra en los puertos, megáspora navegante.
Que venga Tu Venganza, bengalí sin bengalas.
Mándanos redención a los mandalas
porque nos cegó el Segador con hacha de deshonra
sólo porque te amamos, payaso primicial.
E invocamos Tu oscuro nombre de pirata.
Llévanos al rapto.
Restáuranos la visión, agujerito de carita pintada,
hoyito que estás en los cielos.
Baja a las azoteas, descubre a los que cuelgan
de los pies y olvidan su cabeza.
Sean las torres Tu reino.
Clávate en ellas, cáenos de nalga,
consuelo de Babel y no perdones el escarnio
de aquellos que nos ultrajan a diario.
Mal rayo los parta, a los que sacan boleto
con nosotros y contra tí,
morungas los pongas. Amén.
En realidad, las cosas más simples me las obsequia el silencio. Los placeres jamás serán tan complejos y tan inconvenientes como él propone. Don Nadie los señala como su batalla espectacular para derrotar al Caos y forjar las almas devotas a las temperancias cósmicas. El engañador se encela de que consumas los placeres y la incredulidad, pero no puede evitarlo.
Te da la oportunidad de revolcarte en una tierra neutra y baldía, la terriblemente instransferible de tu verdad subjetiva. ¡Aunque se queda mortificado! Se cree el Alma Pura, la Nada llorona e incólume. Después de todo, el dueño de las moléculas, el indio que muere soy yo. Otros cuerpos hay que no son del invasor...
Muchas veces le dije: Tengo la sustancia; yo soy mi propia causa; mi naturaleza es eterna en el tiempo e infinita en el espacio. El monigote del ser no puede ser dios en mí. Puede ser mi invasor. Quizás, por el contrario, soy yo quien soy dios en él.
Pero es un mero decir: yo no creo en Dios.
¡Menos en él que se llama Señor del Bien, dios humanitario, ético y protector de las virtudes colaborativas del género humano y encarnó al mundo en el Desmadre y en la Transa Universal!
Cèline Voisin es una malinche en ciernes. Es la india que espera que el Ser le provea del paraíso. Espera al Redentor y una civilización extralocal. Ella y él son cómplices voluntarios, reconciliados y cínicos.
El miente cuando le dice: «Yo soy el rendentor, el mejor tornillo que abrochará tu raja ranurada. Y la guarra entorcha el rabo para que él, ¡papas! se la atore con el opus laudi a toda extrasensorialidad. Supongo que ella ocupa la marginalidad de las tierras baldías. Se le escapa para poder culiar a gusto, sin la culpa teológica. Al ser que la ocupa lo asusta la concupiscencia, el caos del placer. Las malinches tienen doble facha: son buenas y malas, indias y tecolotes, dualistas y metafísicas, divinas y pecadoras.
Tras la irracionalidad de la realidad, no hay una actividad providencial y escondida del Espíritu Absoluto. No hay siquiera espíritu, sólo musarañas zoolátricas, como las megásporas que se agigantan y forman otros cuerpos más complejos, capaces de meterse en las bestias con apetitos, como somos usted y yo. Quise que, al menos, ella tomara un arma en sus manos y disparara contra Jonás, el que se esconde, cocaíno, en la bruma de la mota de lo espiritual y que tomara en serio los mitos berkelianos. Esperé en vano por ella y la perdí.