10. El exhibicionista
Viví 12 o 15 años, con este problema del arrimo de una megáspora, que me oprimiera a todas horas. Se fue compasivo con el ser y no conmigo.
Tanto se protege a esos invasores que fornicamos con ellos. Los abrigamos con nuestras cobijas y echamos por la punta del capullo el chorro del ens seminis. ¡Que sigan multiplicándose en los vientres de las vírgenes! No sé por qué remiendos, o componendas, el ser de Don Nadie les tiene comprados a todos y, a pesar de las ofensas que comete, se permite que individuos como yo salgamos a la calle, oliendo a una poesía de odio, que él nos inspira e inyecta.
La encarnación del Gran Payaso, su ente singular, pícaro, cachondo, ya es cosa del pasado. Ya entiendo aunque sepa que el juicio y el entender no son la verdad.
El fue invocado en los templos del fascinum y en el Yo soy de la confesión mística. Para él, inventamos la Shekinah, ¡aleluya a su Gloria! Y, por tanto, se acomodó en el círculo primario con la quieta pachorra del iluminado. Dijimos que le amamos... ¡Pues venga Tu Reino y aguas, que se azota el consuelo! Hecha sea tu voluntad.
Llegó por quien lloraban, ¿no es así?
El ahora es el centro oscuro, como decir el sótano donde yo me cuelgo de los pies. Por seguir iguales ritos, allí y con los otros tontos que esquivan el soluto, estuve en aras de la búsqueda y el rezo. Fue mi lugar más desquiciado porque fue mi lugar de reposo. En la universalidad de las transformaciones materiales, o nos atrapan las moscas, o nos derrumbamos en el caos y dejamos el ser por los hadrones.
En otra ocasión el Gran Opresor me dijo que me obsequiaría unas alas si lo dejaba vivir dentro de mí. Dijo que soy muy hermoso, que tengo el cuerpo (sattva / bodhi) que él quiere. Le dije que no volviera. Soportaré mi dolor. Me entraron las ganas de matarlo.
A la tercera visita, él ya sólo hablaba de puras cochinadas. Después de sus puterías me agarró las bolas... Me descolgué hecho una fiera para matarlo, pero él desapareció. Se había metido dentro de mí. Lo supe porque, en esos días, tuve la obsesión muy grande de volar y lo sentía dentro de mi estómago.
El doctor Maltzman no halló úlceras gástricas, ¿me puede creer? Ni tengo alas ni tengo espíritu. Ni úlceras ni impotencia. De modo, que siempre caí de panza en la lona.
Pendejo no fuí: pedí un matress para ensayar mis caídas sobre Las colchas. Caídas peligrosas. Sólo que el delirio de ángel alado me duró poco tiempo...
El engañador dentro de mí se creyó tan hermoso que cuando estaban pintando los ángeles para los murales del Banco, anunció: Este putillo se soltará la correa sideral, se bajará sus luengos pantalones, el supercluster, y exhibirá dos míseros guisantes, planetas que jamás se cocieron.
No tuve que ver nada con su propuesta. Así me ridiculizó...
... pero es cierto: ¡me desnudé para una clase de Arte en la Ibero! Serví de modelo. ¡Qué vergüenza! No tuve que quitarme los calzoncillos; pero, ahí de fresco, me encueré completito.
Ya sé cómo es mi cuerpo. Yo, a veces, pinto. Soy artista y poeta, yo digo tlacuilo... No me interesa dibujar el desnudo de los cuerpos que ya sé cómo son.
El Gran Payaso propuso: Pintemos a Pirri alado. Fue cuando posé para todos. En realidad, no fuí yo quien se atrevió; sino el gran payaso. Píntemosle el alma. Nadie me vio el alma; yo no tenía alma propia. No me conocía a mí mismo. Yo también fui Don Nadie.
Una guarra me pintó desnudo y tituló su cuadro El purusha...
Veamos si ahora, mujeres infinitas del mandala, insistís en vuestros juramentos, porque el dios que conocemos llegó desbraguetado, en aras de la amada, y el universo de sus canchondeces se mantiene expansivo para siempre...
No me gusta el modelaje. No sirvo. Se me arrecha la verga de volada y después las pintoras no quiere coger.
Yo sí quise, pero ellas no...